Ciencia postnormal en tiempos del Covid19 (y II)

El Covid19 se trata de una patología que abre muchos interrogantes, y sobre los cuales ni siquiera los científicos más reputados tienen una respuesta. El problema, o problemas, que plantea la crisis del Covid19 no pueden resolverse desde una óptica puramente científica o desde el saber y la experiencia acumulado por expertos en epidemiología, virología y salud pública. Muchos de ellos han errado en sus predicciones. Hasta no hace muchos meses, la morbimortalidad del coronavirus se relacionaba con la de la gripe, lo cual se ha demostrado falso. También hay información, tal vez aún poco contrastada, que indica que el Covid19 juega al escondite con el sistema inmunológico; esto siembra muchas dudas acerca de a) si nuestro organismo es capaz de generar inmunidad natural contra este virus y b) si una hipotética vacuna podría ser exitosa contra la pandemia. También, a pesar de los modelos complejos creados para predecir su comportamiento futuro, como el “flatten the curve”, nadie puede asegurar si tendremos uno, dos o más rebrotes de la enfermedad. Entre tanto, los datos acerca de los tratamientos son más que contradictorios: hidroxicloroquina, corticoides, tratamientos inmunológicos, antivirales…

El Covid19 es una crisis multisistémica, donde un gran número de factores se interrelacionan entre sí, de modo que no existe ninguna medida mágica que pueda ayudar a resolver el problema: se exige un abordaje multisistémico. Pero, además, un abordaje multisistémico en unas condiciones donde ni se cuenta con información veraz de la ciencia, ni experiencia de los expertos. Y donde, cualquier error en la toma de decisiones en cualquiera de los factores implicados (salud pública, economía, cohesión social, solidez democrática, relaciones internacionales…) puede ser desastroso y fatal. Es, por lo tanto, en estos momentos donde es más necesaria que nunca la ciencia, y donde hay que rechazar, expulsar, alienar cualquier comportamiento cientifista de las esferas de poder. Porque el cientifismo puede ser igual de perjudicial, sino más, que las teorías conspiranóicas y negacionistas de los populistas antidemocráticos. Porque atribuir a la ciencia unos roles de los que, realmente, carece, es situar a la ciencia en una posición de fuerza y de poder político que, además de inmerecido, puede resultar catastrófico. La ciencia ofrece respuestas precisas a preguntas precisas. La ciencia centra sus esfuerzos en una sola cuestión, de modo que el resto de dudas las transforma en constantes a las que no puede, ni debe hacer caso. Pero la crisis del coronavirus no solo precisa de resolver este tipo de preguntas precisas; no puede aislarse el problema médico (saturación de hospitales, UCIs…) de otros problemas. Si solo nos centramos en el problema médico, y abandonamos a su suerte la economía, la asistencia a los más pobres y los valores democráticos, tal vez, en un corto espacio de tiempo, nos encontraremos con un colapso económico irreversible, una sociedad empobrecida y hambrienta y unos gobernantes populistas que aprovechan el caos para destrozar los cimientos de nuestras democracias. Y, a cambio, en el mejor de los casos, habremos salvado algunas decenas de miles de vidas. En el peor de los casos, habremos fracasado, no habremos sido capaces de entender al virus, y las UCIs y las morgues seguirán igual de llenas.

Post-normal_Science_diagram
Cuanto mayor importancia tenga lo que se pone en juego en una decisión, y esta decisión tenga que tomarse en una situación de mayor incertidumbre, hay que buscar nuevas estrategias apra resolver los problemas.  Imagen de un diagrama de Funtowicz, S. and Ravetz, J. (1993) “Science for the post-normal age” Futures 25:735–55.https://dx.doi.org/10.1016/0016-3287(93)90022-L

Es necesario desarrollar un enfoque postnormal de la ciencia del Covid19, esto es, que los científicos, expertos y políticos puedan dialogar, dar su opinión y tratar de dibujar el complejo lienzo de la crisis que nos afecta. Un diálogo entre pares, donde cada cual acepte las limitaciones de sus conocimientos y capacidades ejecutivas. Un diálogo co-rresponsable, en el cual cada actor sea consciente de la importancia que tiene su papel, y se esfuerce en aportar su mayor valía: en el caso del científico, datos cada vez más exactos, más veraces, entorno al Covid19. El experto, tratará de adaptar esos conocimientos a experiencias previas que él pueda haberse encontrado en su práctica habitual. Y el político deberá recoger todo esos saberes y opiniones, interrelacionarlos entre sí, y ofrecer soluciones a todos y cada uno de los problemas, aun sabiendo que cualquier decisión es tomada en base a una gran incertidumbre y, por lo tanto, no existe programa informático, o programa algorítmico, que sea capaz de predecir el resultado de tales medidas.

Indignación y victimismo

Angelica_Kauffmann,_Ariadne_Abandoned_by_Theseus,_1774
Ariadna abandonada por Teseo. Angelica Kauffmann (1741-1807).

La indignación y el victimismo comparten algunas características que los hacen casi indistinguibles sin un análisis más o menos concienzudo. Por ejemplo, ambos concentran toda su atención en un sentimiento de enfado ante una negación o ausencia de justicia social. El core tanto del estado “indignado” como del estado “victimista”, se sitúa en la presencia de una condición social desfavorable que provoca una merma (de calidad de vida o, incluso, de la vida misma) a una persona o un colectivo. La razón de este sentimiento negativo no porque tiene por qué ser real, comprobable y bien determinada: tanto en la indignación como en el victimismo juega un rol muy importante la desobjetivación de su objeto. La subjetivización de la realidad, que convierte en causa general algo que es absolutamente particular, se trata de una conditio sine quanon para que, indignado o victimista, lleven sus reivindicaciones a buen puerto. Es por ello que los indignados y los victimistas utilizan los mismos medios para alcanzar sus metas: twitter, facebook, change.org… Y suelen aportar su punto de vista en entrevistas de aquellos medios de comunicación cuya línea editorial se justifica y apuntala con las opiniones de indignados y victimistas.

Hasta ahí llegan las similitudes entre indignados y victimistas. Las diferencias, aunque menos evidentes, tal vez son más definitorias. Porque el indignado es aquel que reconoce, analiza y critica una situación de injusticia de la cual se puede encontrar una solución que la resuelva de una manera más o menos universal. Esto es, que sea plausible aplicar esa solución de manera generalizada a todos aquellos que la sufren. Puede que el indignado sea incapaz de ofrecer una solución coherente con el ideario que le ha impulsado a exigir cambios. O, incluso, que las medidas que propone tomar sean, a la postre, contraproducentes. Pero, a fin de cuentas, lo que mueve al indignado es su deseo de resolver sistémicamente un problema que afecta de manera sistémica a muchos seres humanos.

El victimista, por su parte, solo tiene ojos para sí mismo. Y exige que los ojos de los que le rodean se posen sobre sus males y desdichas. Aprovecha las redes sociales, no para movilizar a la sociedad en pos de un ideal, sino para recibir muestras de simpatía y afecto. El objetivo de la publicidad social del victimista es la movilización de la ciudadanía en pos de una resolución de sus problemas. Poco importa al victimista todos los que, como él, sufren algún tipo de injusticia. El victimista exige soluciones individualizadas para sus asuntos, independientemente de que esas soluciones puedan resultar harto negativas si son aplicadas de manera sistemática sobre todos aquellos que sufren su propio mal.

El indignado lucha por una sociedad mejor. El victimista exige que se le ofrezca, a él y solo a él, una mejor vida.

El indignado se trata de una fuerza activa de cambio, dispuesto a actuar allá donde sea necesario. El victimista es un elemento pasivo, vacío de operatividad, en espera de que otros actúen a su favor.

La indignación es una herramienta positiva que favorece el avance de la sociedad hacia espacios de mayor justicia y entendimiento. El victimismo, al contrario, fragmenta la sociedad en “unidades dolientes”, cada una de las cuales se mueve en una dirección contraria a la de los demás. Contraria, porque cada victimista se mueve hacia sí mismo, en una rotación victimocéntrica, a espaldas de los otros miembros de la sociedad.

Por lo tanto, aunque sea tarea poco fácil, sería muy útil diferenciar en nuestras redes sociales y en los medios de comunicación entre indignados y victimistas. Y, a los primeros, otorgarles nuestra comprensión, aunque no compartamos, o incluso rechacemos, todas aquellas  soluciones que puedan proponer. De este modo, tolerando el hartazgo del indignado, se puede iniciar un fructífero diálogo que lleve a la resolución de un problema.  Gracias a esta labor movilizadora, la sociedad al completo, que está formada por los indignados, los no indignados y los muy dignos, puede formular compromisos que se ajusten a la verdadera naturaleza del problema planteado.

Por otra parte, y al mismo tiempo, sería tarea no menos sana silenciar al victimista o, por lo menos, no ofrecer nuestras redes sociales como eco de sus reivindicaciones egocéntricas y egoístas, las cuales no tendrán, nunca, un efecto positivo, ni en nosotros, ni en otra persona que no sea la del propio victimista.

Ciencia postnormal en tiempos del Covid19 (I)

Si hay algo que, desde el principio, ha dejado en evidencia la crisis del Covid19, esa es la fragilidad innata de la ciencia a la hora de predecir y resolver uno de los problemas de salud más graves de las últimas décadas. Con el inestimable freno que ha supuesto la ocultación, por parte de los dirigentes chinos, de la magnitud de su “Chernóbil” particular, los científicos han sido incapaces de predecir en tiempo y forma tanto la extensión como la gravedad de la epidemia de coronavirus. Esto ha imposibilitado la implementación de barreras tempranas contra la pandemia. Segundo, la comunidad científica se encuentra “noqueada” ante el comportamiento de un virus que se aleja de los modelos clásicos de evolución de las pandemias, y ante el cual, incluso el sacrosanto paradigma de la inmunización natural, se pone en tela de juicio.

Es cierto que gran parte de los masivos datos acumulados en revistas científicas acerca de este virus son, técnicamente, “fakes” o “basura”, por lo que el científico que trata de documentarse acerca del Covid19 tiene que navegar en unas procelosas y contaminadas aguas, donde nada es consistente. De ahí que se hablara de la relación entre el ibuprofeno y la agravación de síntomas debidos al coronavirus. De ahí que se elevara la hidrocloroquina a rango de medicamento milagro en la lucha contra la pandemia. De ahí que, hasta que el virus empezó a hacer estragos, una gran parte de científicos, médicos, políticos y personas de a pie (entre las que yo me incluyo), consideraran al Covid19 como una “mera gripecita”. Y eso, dejando a parte las barbaridades que algunos no-científicos y negacionistas, como Trump y Bolsonaro, tratan de extender a lo largo y ancho de la opinión pública.

También hay casos, generalmente ensalzados ad hoc por los medios de comunicación, de científicos que “predijeron” el caos en el que se iba a instalar el mundo a causa del Covid19. Pero, a fin de cuentas, nadie hizo caso a sus predicciones. Nadie. Ni una comunidad científica avezada. Ni tampoco los políticos. Independientemente de estos casos aislados de científicos proféticos que, desgraciadamente, no tuvieron la repercusión necesaria para hacer cambiar las cosas, la mayor parte de científicos erraron en sus predicciones.

La gran diferencia entre el político y el científico es que, mientras el primero debe saber trabajar en la incertidumbre, al segundo tan solo se le puede exigir saber manejarse en la certidumbre. Mientras al primero se le encomienda la labor de ejecutar soluciones efectivas a problemas generales, el segundo debe ofrecer respuestas precisas a preguntas específicas. El segundo puede (y debe) asesorar al primero a la hora de la toma de decisiones. Pero el político cometería un flagrante y tremendo error si apoyara y basara toda su acción gubernamental en las opiniones fragmentarias de los científicos. Para la acción política se necesita de una visión global, tan amplia como alcance todo el rango de implicaciones que tienen todas y cada una de las decisiones políticas. Demasiado vacuo, generalista e impreciso para un científico que se dedica, en cuerpo y alma, a desenredar los arcanos misterios de una pequeña porción del saber del Universo.

En tiempos de Covid19 los políticos se echan en los brazos de los científicos. Uno, para que estos les den digan qué tienen que hacer para resolver los problemas advenidos de la pandemia, en base a criterios científicos. Y dos, para que, en caso de fracaso, las culpas puedan ser endosadas, no a aquel que detenta la acción ejecutiva, sino a la misma comunidad científica. Los científicos se convierten, de la noche a la mañana, en los asesores más preciados de los presidentes de Gobierno. Y estos, ungidos de una pátina de incorruptibilidad y veracidad, son expuestos a la luz de los flashes sobre un pedestal en el cual se deberían encontrar más que incómodos.

La ciencia contemporánea se centra en problemas específicos. Y de ahí su éxito. Pudiendo emplear todos sus esfuerzos en una única pregunta, el científico tiene tanto la libertad como la capacidad de analizar meticulosamente el objeto de su estudio. De tal modo, que si tiene éxito en sus pesquisas, responderá eficazmente a la pregunta que se ha planteado. Así, cuando se presenta en la vida cotidiana el problema específico que ha sido estudiado por este científico, se le podrá dar una respuesta válida y eficaz. La aplicación de los resultados de la ciencia tiene éxito cuando el juego de decisiones se limita única y exclusivamente al problema concreto del que se conoce la respuesta. Un teléfono móvil es muy fiable porque es él un mero repositorio de soluciones concretas a problemas concretos. Aquellas aplicaciones de la telefonía móvil a las que la tecnología actual no sabe encontrar respuesta no son instaladas en el terminal, sin merma alguna de operatividad.

Sin embargo no todo funciona como los teléfonos móviles.  Hay veces que los datos aportados por la ciencia son insuficientes, o incluso contraproducentes para obtener el resultado deseado. El cirujano que opera un paciente aquejado de una enfermedad cardíaca, basará su criterio médico en la evidencia científica. De eso no hay duda. Pero, además, en la intervención quirúrgica, aparte de lo leído en los artículos de las revistas científicas más actuales, empleará todos los recursos que ha aprendido a lo largo de su ejercicio profesional. Algunas veces se tendrá que desviar de la evidencia científica para salvar la vida de un paciente, simplemente, porque durante sus largas jornadas en quirófano ha aprendido que, de ese modo y no otro, él obtiene mejores resultados. Lo mismo se puede decir de un experimentado ingeniero civil, encargado de construir un puente en un terreno inestable. El asesoramiento de los profesionales más avezados y fogueados en la práctica del día a día es útil a la hora de resolver problemas concretos en los que existe una gran dosis de incertidumbre. A la falta de un criterio universalmente válido, como son los que ofrece la ciencia, se puede recurrir a la opinión de aquél que ha resuelto problemas similares con una gran dosis de empirismo y de ensayo-error.

De monarquías y repúblicas

La_familia_de_Carlos_IV,_por_Francisco_de_Goya
La familia de Carlos IV. Francisco de Goya (1746-1828)

Yo me considero republicano. Creo que, en un Estado democrático liberal como en el que vivimos, la elección democrática del Jefe de Estado es más lógica y natural que la transmisión hereditaria de dicho cargo. Pero también estoy seguro de que un hipotético advenimiento de la III República a España no nos va a hacer mejores como país; ni tan siquiera más justos. La influencia que tiene la figura del rey o de un supuesto presidente de la República sobre la acción política de un gobierno es muy limitada; y mucho menor en el primer caso que en el segundo, según cómo se establezcan las funciones ejecutivas de un Jefe de Estado electo (no son iguales las funciones del presidente de la República Francesa, que el de la República Italiana, por ejemplo). Pero es que, además, la influencia que tiene un gobierno sobre la vida en sociedad también es muy limitada, y se restringe (afortunadamente) a la legislación y a la ejecución de leyes. Que es mucho (muchísimo), pero no llega a alcanzar todo el vastísimo conjunto de actos, decisiones y opiniones que bullen en el interior de cualquier sociedad democrática. Por lo tanto, si el Jefe de Estado influye poco sobre el gobierno, y el gobierno tiene sus funciones de control social limitadas (tanto por la Constitución como por la pragmática vida real), es lógico esperar que un cambio de régimen político apenas afecte en el día a día de las personas.

Pero, como he empezado diciendo, vivimos en un Estado democrático liberal. Las leyes que rigen este Estado proceden de un contrato social por el que cada ciudadano entrega, en usufructo, una parte de sus derechos políticos a un conjunto de representantes políticos elegidos democráticamente. De esta manera el ciudadano puede ocuparse libremente de las tareas que más le atañen en su vida diaria (familia, trabajo, ocio), sin tener que estar, como sucedía en la Grecia Clásica, preocupado por acudir al ágora para debatir acerca de leyes que, tal vez, ni siquiera sabe de qué van ni para qué sirven. Eso sí, el ciudadano no debe descuidarse de su cuota política, y así protegerla de demagogos y oportunistas a través de la libertad de expresión y el derecho a voto.

Todas las leyes de un Estado democrático no son democráticas; existen ciertas rémoras de un pasado predemocrático que, por su poder y conexiones, son difíciles, si no imposibles, de destruir. Así, a través del consenso de los ciudadanos, esas leyes predemocráticas se incorporan al cuerpo legislativo democrático. La monarquía es una de ellas: la ley que dice que la casa de Borbón regenta la jefatura de Estado en España, y esta se transmite hereditariamente, no nace en el momento en el que se constituye y aprueba la Constitución de 1977. Muy al contrario, surge en 1700, año de la coronación de Felipe V, una época en la que el espíritu revolucionario y democrático en Europa estaba aún por llegar. La monarquía es, por lo tanto, una institución no democrática que ha sido asimilada a la democracia a través de un acto de concesión de parte de la soberanía popular, recogido este en la Constitución de 1977.

La monarquía no es la excepción predemocrática española: tanto los Fueros del País Vasco y Navarra, como los acuerdos Iglesia-Estado se pergeñaron en momentos históricos en los que la palabra “democracia” estaba aún ausente del vocabulario español, y los españoles todavía siquiera habían recibido el título de “ciudadanos”. Se tenían que conformar con ser, simplemente, súbditos. A pesar de su incorporación a la vida democrática, las leyes predemocráticas emanan un aroma contrario a ella, y de ellas se pueden deducir ciertos privilegios a personas individuales, grupos o regiones. Nadie, más que el rey puede ser nombrado Jefe de Estado. Poco importa lo preparado y capacitado que yo esté para asumir las labores de representación de la nación; si yo no soy Borbón, no podré ser rey. Del mismo modo, por muy ventajosa que pueda ser la adquisición de una hacienda propia para, por ejemplo, el Principiado de Asturias o la Comunidad Valenciana, estas nunca podrán beneficiarse del control de sus finanzas. Ese es un derecho que solo se aplica a las comunidades forales de el País Vasco y Navarra. Y qué no decir de los acuerdos Iglesia-Estado, que permiten a la primera acceder, entre otras ventajas, a una serie de recursos económicos que superan con creces los gastos en acción social de esta entidad religiosa.

El advenimiento de la democracia en España ha exigido, entre otros pactos, la aceptación de estos hechos predemocráticos, con el fin de salvaguardar un consenso entre diferentes. Pero eso no significa que la corona, los fueros y los acuerdos con el Vaticano estén exentos de una pátina de no-democracia. Y es por eso que soy republicano; porque con la III República se eliminaría una institución predemocrática, y  se adaptaría la jefatura del Estado a una realidad absolutamente democrática. No se trata de una modificación esencial en el ordenamiento político de país. Como he dicho anteriormente, la república no nos haría mejores, más justos, o más guapos, puesto que nuestra bondad, justicia y belleza no están vinculadas con la representación de la nación. Razones estéticas, más que funcionales, pues, me llevan a solicitar el fin de la monarquía constitucional de 1977. Así, más que un republicano convencido, soy un republicano escéptico, puesto que no espero que la calidad de vida de la ciudadanía española mejore con la proclamación de un Presidente de la República.

El debate actual acerca de la monarquía gira sobre dos discursos absolutamente rígidos, implacables y excluyentes entre sí. Por una parte, están los férreos defensores de la Corona, que no aceptan críticas a la Casa Real y se amparan en la Carta Magna. Por otra parte, los republicanos antimonárquicos, que invaden el espacio público de opinión con soflamas, slóganes, frases hechas y tweets ocurrentes, en las que se percibe, al igual que en el caso del campo monárquico, una ausencia de reflexión, crítica constructiva y planteamientos pragmáticos. La virulencia con la que se enfrentan esos dos campos es tal que, aquellos que nos situamos en un área más moderada del debate, carecemos apenas de espacio para la expresión libre de nuestras opiniones. Nos convertimos, por arte de birbiloque en “republicanos de salón” o “monárquicos trasvestidos”. A los que hay que silenciar con insultos y desprecio.

Además, se corre el riesgo de transformar este debate en un melting-pot de exigencias y reivindicaciones que supere el ámbito de la jefatura del Estado. Y, así, aprovechar los cambios constitucionales que exigirían la transición de una monarquía parlamentaria a una república para obtener otros réditos políticos. Por ejemplo, la izquierda, impondría en la Constitución una serie de peticiones acerca del reparto de la riqueza que podrían lastrar, en ciertos momentos, el buen funcionamiento de la economía. O, a la derecha, se exigiría el supuesto derecho de autodeterminación de ciertos pueblos (pero no todos los pueblos). La constitución de una república en España debe ser guiada por los mismos espíritus que desembocaron en la monarquía parlamentaria que hoy en día disfrutamos: los de la reconciliación, la concordia y el consenso. Una república construida “a favor” de unos y “en contra” de los demás fracasará, como bien habría fracasado una monarquía en la que no se hubiese dado voz a los contrarios a la monarquía, como lo pueden ser los republicanos, comunistas o independentistas. Y, hoy por hoy, viendo que ciertos partidos políticos han tomado las riendas del republicanismo en España, y  lo utilizan como coto privado y exclusivo, con derecho a otorgar carnets de “buen republicano”, temo que el debate acerca de la jefatura de Estado no saldrá de la “pelea de bar” en la que se haya hoy en día enfangado.

En resumen, soy republicano, escéptico pero republicano. Tal como se enuncia ahora el debate sobre la monarquía, habrá quien me acuse de blando y capillita. Por ello, hago mía la cita de Tocqueville, que escribió en sus “Recuerdos de la Revolución de 1848”: “Pero, ¿de qué república se trata? Hay quienes entienden por república la dictadura ejercida en nombre de la libertad; otros que piensan que la república no solo debe cambiar las instituciones políticas, sino remodelar la sociedad por completo. También hay los que creen que la república debe ser conquistadora y propagandista. Yo no soy republicano de esa manera”.

 

Responsabilidad intra y supraepistémica

Una de las grandes preguntas de filósofos, juristas y sociólogos se centra en la moral universal: ¿realmente existe un sistema valores que debiera ser respetado por todos los hombres y mujeres de este mundo, no importa el lugar ni la época histórica? ¿Se pueden juzgar los crímenes cometidos por Julio Cesar con los mismos argumentos que se juzgaron a los nazis en Núremberg? ¿Hay que exigir a los habitantes de todo el planeta comportarse del mismo modo frente al empoderamiento femenino, derechos LGTB+, igualdad social…? ¿Y qué comportamientos son más morales: los que predominan en España, en Rusia, en Indonesia, o en Arabia Saudí?

La cuestión de la moral universal, aunque aparece antes de la Ilustración (ya hay brillantes ejemplos de ello en el siglo XVI, con Hugo Crocio y Tomás de Vitoria), toma especial relieve durante el siglo de las Luces. La moral universal no solo se labró desde el plano teórico, sino también práctico. Así, invocando a Kant, que desarrolló los principios de esa moral universal y atemporal, los revolucionarios del siglo XVIII y XIX trataron de establecer sociedades en las que se respetaran derechos ecuménicos y se cumplieran leyes igualitarias

Sin embargo, cuando se cree que se ha alcanzado el culmen civilitatorio, y una sociedad se comporta de modo que puede considerarse que cumple con todos los criterios y principios de una moral universal, aparecen nuevas exigencias éticas. Así, durante la Ilustración, ese “universalismo” implicaba únicamente a hombres, y no a mujeres. En la declaración de independencia de los Estados Unidos de América, los esclavos negros carecían de derechos. Hasta no hace muchos años, el colectivo LGTB+ era tildado de perverso y enfermo, y se le negaban derechos sociales. A principios del siglo XIX el racismo y el antisemitismo no solo no eran inmorales, sino que se justificaban en pro del establecimiento de una sociedad sana y equilibrada. Hoy en día las sociedades europeas diferencian con mayor o menor claridad los ciudadanos originarios, de primera, frente a los inmigrantes metecos, de segunda. Tal vez, con la moral contemporánea que manejamos en Europa, deberíamos condenar a los machistas ilustrados, a los antisemitas revolucionarios del XIX, a los racistas padres (y madres) de las democracias del siglo XX… Probablemente, dentro de cuarenta años, cuando realicemos una revisión crítica de la igualad de las sociedades de principios del siglo XXI, nos llevemos las manos a la cabeza al descubrir una condescendencia inmoral hacia la guetización y el aislamiento social de ciertos sectores de la sociedad.

Independientemente de nuestros orígenes, o de la época que nos ha tocado vivir, todos tenemos nuestra responsabilidad individual. Todos somos más o menos libres de realizar ciertos actos, dentro del rango de posibilidades y oportunidades que nos brinda la sociedad. Un esclavo obedece al amo, pero existen siempre ciertos pequeños actos del día a día, no fiscalizados ni controlados por nadie, que pertenecen a la esfera (muy exigua, eso sí, en el caso de un siervo), de privacidad y de responsabilidad individual. Así, por ejemplo, si el esclavo tiene mujer, y la pega todas las noches, en la intimidad de su alcova (si es que estos disfrutaban de intimidad conyugal y de alcoba), no lo hace obligado por el amo, sino que es una decisión tomada enteramente por él mismo.

Existen dos niveles de revocación o asunción de la responsabilidad individual. El primero ya ha sido esbozado anteriormente: el nivel de la orden, de la ley, de la disciplina. Si el amo obliga al esclavo azotar a un sirviente desobediente, este no puede dejar de realizar su tarea, so pena de acabar él y sus costillas en el mismo lugar del primero. Si, en el frente de guerra, un sargento manda a sus hombres acribillar una casa en la que se sabe que solo viven civiles, el soldado no podrá otra cosa que apretar el gatillo. El esclavo y el soldado no son responsables de los actos a los que se ven obligados a perpetrar, pero pueden comprender y presentir que estos son abominables y van en contra de los designios de su voluntad. El esclavo pega, el soldado mata, pero no son más que la extensión del látigo o del fusil que empuñan en sus manos. La voluntad activa en este gesto es la del amo o sargento que dicta las órdenes.

La revocación de la responsabilidad individual aduciendo órdenes superiores tiene sus limitaciones. Un súbdito castellano de finales del siglo XV que expoliaba a los judíos que huían de los pogromos de los Reyes Católicos, estaba actuando dentro de la ley, y siempre bajo la ley. Un funcionario nazi del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau cumplía órdenes emitidas por su comandante de campo, el cual recibía instrucciones del mismísimo Heinrich Himmler. Sin embargo, tanto castellano medieval como alemán contemporáneo, sabían que aquello que estaban realizando era un auténtico crimen contra personas inocentes. El castellano, dentro de la exigua libertad individual que poseía, tenía la capacidad de decidir si expoliaba o no a sus, hasta no hace mucho, cordiales vecinos. El alemán, a pesar del estado de guerra y la dictadura hitleriana, podía decidir si quería o no seguir trabajando en el campo de concentración. No son, como en el caso del siervo o el soldado, el objeto pasivo en manos de una mente criminal. Ellos no son responsables de las leyes antisemitas que justifican ambos escenarios, pero sí de las acciones individuales que se enmarcan dentro de esta legislación.

Sin embargo, hay otro nivel de revocación de responsabilidad que alude a mecanismos más profundos de nuestra naturaleza humana. Y este es la episteme, o marco de conocimiento que recoge todo el saber permitido por una sociedad. Dentro de la episteme se acumulan los datos “sanos”, sobre los que se construyen los discursos que dan vida intelectual a la sociedad. Fuera de la episteme hay una cantidad ingente de información, que bien por desconocimiento, bien por inutilidad, bien porque se les considera peligrosos, se les niega el derecho de entrada a la episteme. Son los discursos de los locos, de los marginados, de los enemigos de la patria y  de la nación. Quien hace uso de esos discursos anómalos, la sociedad lo rechaza, sin necesidad siquiera de un código legislativo que justifique legalmente la coacción o la censura contra ellos. Las personas necesitamos de unas referencias para poder movernos en el mundo, y en el caso del pensamiento, la episteme nos ofrece unos límites, una gradación (verdad-mentira) y unos mojones epistémicos que consideramos verdades absolutas (sin que en verdad lo sean), y que nos guiarán por las procelosas aguas de ese tinglado que los humanos hemos creado, y llamamos pomposamente civilización.

No se puede pensar “correctamente” fuera de la episteme. No se puede actuar “correctamente” fuera de la episteme. Todo acto extraepistémico se arriesga a ser considerado tabú, indecoroso, ineficaz, intolerable. No será el policía o el juez quien detenga al infractor epistémico. La sociedad, toda la sociedad, le dará la espalda y lo expulsará a la tierra de los tarados. No podemos ver por encima de los límites que nos ofrece la episteme, y todo aquel que se exponga a asomar la cabeza por encima de ellos, corre el riesgo de perder la cabeza.

Pero la episteme es un marco de conocimiento que va modificándose continuamente, de modo que lo que ayer era tabú, hoy puede estar permitido. Y viceversa. Lo excluido en un momento histórico por la episteme no puede ser motivo de juicio de responsabilidad individual. Podemos manejarnos intraepistémicamente, esto es, dentro del rango de movimientos y pensamiento que nos ofrece nuestro marco de saber. Pero no podemos actuar extraepistémicamente, porque cuando lo hacemos, si es que podemos hacerlo en nuestro sano juicio, somos automáticamente incluidos dentro del epígrafe “enfermos de juicio”. Así, tal vez, hay ciertos hechos pasados que, leídos desde una perspectiva presente, con nuestro código legal y nuestro marco de saber actual, son juzgados como horribles e indecorosos. Pero tal vez no se puede acusar de ningún crimen o inmoralidad a la persona que cometió tales actos; simplemente porque no se inscribían dentro de la gama de acciones de las cuales él era responsable. Tal vez, el esclavista del Antiguo Egipto no podía imaginar que aquellos a los que fustigaba con su látigo eran unos seres tan humanos y dignos de compasión como él mismo. Y si lo hubiera pensado, los otros egipcios tal vez se habrían reído y mofado de él o, lo que es peor, se le habría tildado de loco y habría sido expulsado de todos los cargos institucionales que detentara. En este supuesto, el esclavista no tendría responsabilidad individual en su trato vejatorio de las persona a las que servía. Simplemente, porque no existía una opción validada por la episteme que le permitiera tomar una decisión diferente.

Por lo tanto, a la hora de juzgar los actos pasados de nuestros antepasados, no solo debemos observar con cuidado las leyes y códigos de conducta bajo los cuales estos vivían. No solo hay que comparar sus mores con los nuestros. También debemos integrar todas esas leyes, códigos de conducta y mores dentro de un sistema más complejo y más amplio como lo es el marco epistémico. Y comparar ese marco con el nuestro. De este modo analizaremos las conductas de nuestros abuelos y tatarabuelos no ya desde la perspectiva de la historia de las ideas, donde se puede cometer el error de considerar el marco epistémico como un elemento estable e inalterable a lo largo del tiempo. Sino, también, realizaremos una arqueología del saber, y discerniremos esos movimientos, esos ciclos, esas olas que rigen las relaciones de los saberes permitidos y los saberes prohibidos. Porque podemos cometer el error de culpar a alguien de algo, cuando en realidad no tenía más opción que hacer lo que hizo. Y, a través de ese juicio, nos sentiremos superiores a nuestros antepasados, simplemente, porque estamos aplicando unas reglas de juego actualizadas, de las que carecían en el pasado.

Los culpables de esta crisis (y II): El nivel meso

Tal vez sea en el juego de los culpables a nivel meso donde la conspiración y la propaganda política se elevan a una categoría superior. Porque es en este punto donde entran en juego las instituciones de Estado y los gobiernos. El nivel meso de la responsabilidad de la crisis de Covid19 se sitúa en los ministerios de Sanidad y en los palacios del Gobierno. Hay quien acusa al Gobierno actual de España de falta de previsión: que esto se venía venir; que deberían haber cancelado las manifestaciones feministas del 8M cuando ya Europa estaba avisando de lo que se venía encima. También se critica cierta falta de estrategia frente a la crisis: día sí y otro también los diferentes ministros anuncian nuevas medidas que en realidad a veces son bandazos sin sentido (como el anuncio de la suspensión de toda actividad económica no esencial, en la que no se especificaban las actividades que se considerarían esenciales, y la posterior moratoria a dicha suspensión). Se le achaca una tremenda falta de coordinación entre proveedores y hospitales, entre diferentes servicios autonómicos de salud, entre sus propios ministros… Por otra parte, el gobierno acusa a la oposición de haber esquilmado el sistema público de salud, de haberlo transformado en un ente inerte, sin capacidad de respuesta ante esta crisis; de haber desmantelado el sistema público de salud para “hacer caja” con sus amigos empresarios.

Toda esta mala leche se vehiculiza a través de las redes sociales. Whatssap es un hervidero de mensajes, videos, audios y memes que narran la estulticia e impavidez de nuestros políticos, bien del gobierno, bien de la oposición. Todo depende de qué color sea la fuente del meme. O de quién le pague para crearlos. Porque las cadenas de estos mensajes, con claros objetivos propagandísticos, suelen ser iniciadas, no desde un ciudadano anónimo y cabreado, sino desde un laboratorio de trolls donde cocinan mensajes de odio y los venden al mejor postor. Es por eso que, cuando cualquiera de nosotros difundimos entre nuestros contactos uno de estos mensajes que critica al gobierno, a un ministro, a un líder de la oposición… sin haberlo previamente verificado, nos estamos comportando como meros vehículos de propaganda y manipulación política.

Es cierto que el Gobierno ha cometido errores de previsión. Si comparamos sus decisiones, no ya con la de países que probablemente se habían tomado en serio la epidemia desde antes de que esta cruzara sus fronteras (como pueden ser Alemania o Corea del Sur), sino con la de países con economías, formas de vida y situaciones políticas similares (por ejemplo, Grecia y Portugal), podremos observar que la decisión del confinamiento se ha hecho tarde y, tal vez, mal. Pero el cierre de un país es un tema demasiado serio como para tomarlo a la ligera. Las implicaciones económicas, sociales y sanitarias (porque en España la gente sigue enfermando de otras patologías diferentes al Covid19, y el confinamiento agrava estas patologías) son catastróficas. A un gobernante, por muy sólido y robusto que sea, le debe temblar el pulso a la hora de tomar semejante decisión. Que las medidas de aislamiento se hayan iniciado un día después de las manifestaciones del 8M son una muestra más de que el empecinamiento ideológico mueve muchas de las decisiones de los gobernantes. Hay veces que las cosas no se hacen porque sean correctas, sino porque a) gustan a los potenciales votantes y b) están en consonancia con el ideario político que se construye en ese momento. Ahora bien, no es lo mismo que la ministra Carmen Calvo cancele esas manifestaciones, que las cancele un ministro del PP. Porque ella tenía una capacidad de maniobra y una ascendencia feminista a ojos de la sociedad, muchísimo mayor que la que hubiera tenido cualquier dirigente conservador. Con una explicación somera, habría desactivado cualquier duda acerca de la cancelación de este evento.

Otro flagrante error de previsión se detecta cuando se analiza la captación de material de protección y de tests de detección del Covid19. Cuando la OMS alerta de una potencial pandemia, avisa que hay que prepararse, incluso cuando los datos de China no son tan devastadores (recordemos, menos de 4000 fallecidos en un país de 1400 millones de habitantes), el Estado ha de proveerse de las armas necesarias para actuar, en caso de necesidad, contra el germen. Probablemente si China hubiera sufrido un ataque terrorista con una décima parte de las víctimas que ya ha producido el coronavirus en ese país, el ministerio de Interior y Defensa habrían activado protocolos para comprar el armamento más eficaz para defenderse de esos terroristas. Si, además, Italia hubiera sido víctima de un ataque terrorista similar al chino, las medidas excepcionales habrían sido activadas en el minuto 1 de la confirmación del mismo.

Estrategia, táctica y operación. La estrategia es el horizonte a largo plazo de lo que se quiere conseguir: metas realizables, sólidas, realistas. Para el diseño de una buena estrategia es necesario, sobre todo, un buen olfato político: saber discernir de todos los cientos, miles de datos, a veces contradictorios, cuál es la dirección que hay que trazar para alcanzar el éxito. Y esto es lo que diferencia un buen político de un buen tecnócrata: el político sabe navegar en la incertidumbre, sabe trabajar en escenarios complejos con información sesgada e incompleta. El tecnócrata es un especialista que tiene un conocimiento exhaustivo sobre un tema concreto. El político particulariza desde un saber generalista. El tecnócrata generaliza desde su ámbito limitado de conocimiento. En momentos de crisis, el gobierno debe estar llevado por buenos políticos y no buenos tecnócratas. Estos últimos deben aceptar ser desplazados a otras áreas de decisión política, como lo son el asesoramiento científico y el planteamiento táctico. España, sin embargo, ha cometido el error, no ya de dejarse aconsejar por técnicos (eso es necesario y obligado), sino de no ser capaz de traducir a la acción política los consejos más o menos certeros que estos ofrecían. O, como en el desgraciado caso español, con el ejemplo de Fernando Simón, estos expertos han sido fagocitados por la política y se han convertido en meros títeres del Gobierno, con todos sus defectos. Los políticos españoles han abandonado cualquier estrategia, cualquier dirección fija que sirva de referencia, y han basado todo su trabajo en tácticas dispersas, desparramadas e incoherentes. El pollo sin cabeza camina sin dirección. Pero camina. Y si, tiene suerte, incluso hay veces que llega a la meta, que en su caso es el puchero.

El Gobierno posee un ejército de medios de comunicación progubernamentales, trolls y bots, a través de los cuales trata de descargar el pesado fardo de la responsabilidad con el argumento de la “herencia recibida”. Puede ser cierto que el Partido Popular, partido que hasta hace dos años y medio detentó el poder en el Gobierno de España, realizó ciertos recortes (bien por devoción ideológica, bien por imposición presupuestaria) en Sanidad e introdujo nuevas formas de gestión de lo público como lo son los hospitales de gestión directa con personalidad jurídica propia (empresas públicas, fundaciones públicas, consorcios públicos…). Hay quien afirma que si la Sanidad ha reaccionado tarde y mal, ha sido por culpa de los recortes y cambios jurídico-administrativos que legó el gobierno de Rajoy a Pedro Sánchez. Que fueron ellos, los conservadores, los que dejaron al Sistema Público de Salud en un estado de ruina tal, que ahora es incompetente en el freno de la pandemia. Sin embargo, por muy impactantes que fueran los recortes que se le atribuyen a Mariano Rajoy, la sanidad española seguía encabezando, por lo menos hasta hace pocos meses, los rankings mundiales de calidad, eficiencia y equidad. Puede que los supuestos recortes a los que se aferran los entusiastas de Pedro Sanchez hayan mermado la capacidad de nuestro sistema sanitario a la hora de tratar patología crónica, dependencia o listas de espera quirúrgicas. Pero en una situación de emergencia aguda, como lo es la pandemia de Covid19, esto no cuenta. Porque la sanidad pública española tiene recursos suficientes como para hacer frente a esta enfermedad. Lo que pasa que hay que dirigir eficazmente estos recursos hacia la lucha contra el coronavirus. Algo de lo que ya no tiene responsabilidad (salvo en las comunidades autónomas donde gobierna) el PP. Y tampoco se puede achacarle la falta de respiradores en las UCIs. Es verdad que Alemania tiene más camas de UCIs que España. Pero, hasta la fecha del inicio de la pandemia en nuestro país, este número de camas cubría las necesidades de la población, y con creces. Una sanidad pública con un millón de repiradores, así como un número similar de sanitarios especializados en su manejo, sería insostenible. No es, pues, un problema de recorte crónico de recursos, sino de mala gestión aguda de los mismos.

No es menos cierto que la oposición, con sus medios de comunicación afines, sus trolls y bots, atacan inmisericordemente la gestión de un gobierno desbordado (lógicamente) por una situación catastrófica. Le acusan de una serie de malas prácticas que, posiblemente, el gobierno no tenga responsabilidad ello. Cada cierto tiempo se activa una alerta de epidemia en el sur de Asia. En 2002 se produjo en Catón (China) un brote de SARS que, aunque no llegó a convertirse en pandemia, tenía todos los ingredientes para ello. En 2012 el MERS puso en jaque a la OMS y las autoridades sanitarias de Oriente Medio. El Covid19 era muy similar a estos dos virus. La diferencia ha sido que este último ha sido capaz de extenderse sin medida por los cinco continentes. El gobierno español no tiene responsabilidad en la gestión que se ha hecho a nivel “macro” de este virus.

Por lo tanto, culpa no. Responsabilidad. El gobierno español deberá rendir cuentas por su falta de previsión a la hora de manejar la pandemia, y su incapacidad de activar los recursos sanitarios disponibles en tiempo y forma para proteger al mayor número de personas posible. Ahora bien, en situaciones de histeria y descontrol, donde la información es inestable y poco fidedigna, comete errores el que tiene que tomar decisiones. No le falta parte de razón a Pedro Sanchez cuando habla del “sesgo retrospectivo”. Pero este sesgo, ni los supuestos recortes en Sanidad del PP, sirven para ocultar las sombras de una gestión más que deficiente.

Cordones sanitarios contra Bildu y Vox, pero no contra los votantes de Bildu o Vox

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La nave de los locos. El Bosco (1450-1516).

La política española contemporánea se presenta como demasiado frentista, poco amiga de pactos o cesiones y, sobre todo, excesivamente volcada en la ortodoxia ideológica. Es por ello que se tienda a tildar de “extremista” a todo aquel cuyas ideas no coinciden con las del presunto “centrado”, pues todos tendemos a considerar nuestras opiniones como correctas y sanas y, por lo tanto, situadas en el centro de una supuesta balanza política. De este modo las arenas políticas de nuestro país se han llenado de fascistas, filoetarras, bolivarianos, estalinistas, franquistas y un largo elenco de “istas” que denotan la escasa tolerancia hacia el contrario.

No solo se acusa de extremismo a los líderes políticos que actúan como representantes de esas opciones ideológicas, sino a cualquier ciudadano que ose, por un solo momento de su vida electoral, a introducir en una urna un voto con una sigla concreta. Porque si el PSOE pacta con Podemos que pacta con Bildu, cualquiera que vote a los socialistas se transforma, por arte de magia, en un miembro del brazo político de ETA y, por ende, en un blanqueador de los crímenes que esta banda ha cometido durante décadas. Por otra parte, como C’s pacta con el PP que pacta con Vox, todos los votantes del partido de Inés Arrimadas se convierten en fachas adoradores de Francisco Franco. Cuando se hipertrofia el valor y las supuestas bondades de una ideología política, se niegan los defectos y limitaciones de la misma, y se exageran los defectos de los contrarios, se corre el riesgo de convertirse en un grotesco títere manejado a capricho por aquellos que mueven los hilos de su discurso político favorito.

Quizás en España existan dos sensibilidades políticas que sí puedan considerarse realmente “extremistas”: Bildu y Vox. No solo los ajenos, sino que los propios militantes de estas siglas aceptan, con honor y honra, esa etiqueta. Se tratan de dos partidos con posturas excesivamente marcadas e inamovibles, que crean un ambiente de hostilidad hacia el contrario. Esta intolerancia puede, incluso, como en el caso de Bildu, llevar a justificar, amparar y jalear acciones de neutralización y exterminación de aquellos que ellos consideran “enemigos”.

Desde un punto ideológico Bildu y Vox son diferentes. No hace falta más que ver el programa electoral de unos (izquierda radical) y otros (derecha ultraconservadora). Pero creo que, más allá de la ideología marxista de unos y la neoliberal de otros de otros, ambos comparten algo más importante que la teoría política que les separa, y eso es el método de hacer política y su empecinamiento por la eliminación de adversarios ideológicos en nombre de un supuesto bien mayor: Euskal Herria los primeros, España los segundos.

Cuando alguien que lleva viviendo cuarenta o cincuenta años en San Sebastián, por ejemplo, y sigue siendo considerado “extranjero” y “maketo” o, como sucedía no hace muchos años, es considerado “analfabeto” por no hablar euskera, poco le importan los programas económicos solidarios o de lucha contra el racismo del partido político que le insulta. Este lucharía contra el racismo, sí, pero a través la aniquilación de lo extraño, de modo que, una vez desaparecido el extraño, acabado el racismo: cruel hipocresía que no solo se tolera, sino que se aplaude desde algunos sectores sociales. Lo mismo sucede con esa encendida defensa de los españoles que toma como bandera Vox: ¿qué es ser español? ¿Quién es extranjero en una sociedad globalizada como la española? Como no existe una respuesta exacta y universal a estas dos cuestiones, los líderes de Vox se encargan de contestarlas según los criterios de españolidad que mejor les vienen a ellos.

Por eso no quiero que Bildu entre en el próximo Gobierno Vasco. Por eso quiero que se cree un cordón sanitario entorno a esas siglas, como se debería hacer también con Vox. No es posible un acuerdo moderado con ellos si no es cediendo y aceptando las posiciones  ultramontanas que tanto unos como otros defienden.

Y llegados aquí creo conveniente diferenciar a los votantes de Bildu o Vox de los dirigentes de Bildu o Vox.

Introducir un voto en una urna no te define ni como ciudadano ni como persona. La personalidad no queda impregnada automáticamente de todo aquello que afirman o recogen en su ideario los líderes de las formaciones políticas. La identidad de una persona va más allá de su elección de voto, como también va más allá de su raza, religión, equipo de fútbol, posicionamiento frente a la ciencia, lengua materna o, incluso si le gusta o no la piña en la pizza.

“Todos los votantes de Bildu/Vox son etarras, fascistas, tontos…”. Falso. La información que te da un voto no es lo suficientemente amplia como para llevar a cabo esas afirmaciones.

Todo lo contrario que los políticos de estas formaciones políticas. Porque ellos son líderes de opinión por el mero hecho de expresar en los medios de comunicación su afiliación a unos ideales recogidos en unos estatutos. Porque su parte privada queda en suspenso mientras se presentan públicamente como representantes políticos. La res política invade toda su personalidad, y es entonces cuando se puede lanzar calificaciones generalistas hacia Arnaldo Otegui o Santiago Abascal, acusándoles a uno de filoetarra y a otro de filofascista. Estas afirmaciones son juicios más o menos subjetivos, pero juicios, al fin y al cabo. Acusar de lo mismo a un votante de Bildu o Vox sería, por el contrario, un prejuicio.

Tengo amigos y compañeros de trabajo de Bildu. Son gente maravillosa en las que confío y con los que puedo discutir de asuntos políticos sin que nos sintamos ni ofendidos ni insultados. Ellos respetan mi punto de vista y yo el suyo. No conozco a nadie de Vox, pero seguro que también se daría la misma situación. Y si eso es posible, es porque el tema identitario vasco no está hipertrofiado artificialmente por políticos descerebrados (como es el caso del tal Torra en Cataluña) y no invade otros aspectos de la vida en sociedad, tan o más importantes que la política. En el momento en el que se le da excesiva importancia al ser/sentirse español, vasco, francés o canaco, entonces se rompe esa convivencia en la que diferentes pueden expresar libremente sus diferencias. Chomsky, Rowling, Atwood y otros que firmaron el manifiesto contra la intolerancia de la izquierda y la derecha tienen razón en criticar la excesiva rigidez ideológica que actualmente impide un franco diálogo entre contrarios, que no enemigos.

Por eso no quiero que Bildu entre en un gobierno. Por eso quiero que se cree un cordón sanitario entorno a esas siglas, como se debería hacer también con Vox. El acceso al poder de unos u otros generaría un clima de crispación artificial que desembocaría en una crisis social de consecuencias dramáticas e imprevisibles.

 

Del relativismo a la incertidumbre: certidumbre o libertad

La verdad os hará libres
Juan 8:31-38

Hemos construido, por una parte, un mundo basado en el culto a la búsqueda de la Verdad, como si ese camino que recorremos con más pena que gloria a lo largo de nuestras vidas nos reportara, una vez llegada al destino, una felicidad completa. Por otra parte se ha llegado a relacionar Verdad con libertad, como si el hecho de alcanzar la completa aprehensión de todo aquello que nos rodea nos otorgara una capacidad ilimitada de albedrío en conciencia y acto.

No siempre hemos vivido apegados a la Verdad. Los antiguos, mucho menos arrogantes que los modernos, sabían de los límites del ser humano para alcanzar tan magna meta. Estos colocaban la Verdad en manos de Dios, y solo si este era único y todopoderoso. Porque los dioses politeístas, viciosos e imperfectos, jamás podrían alcanzarla. Existía entonces una Verdad pero, como mucho, esta podía ser revelada a los mortales a través de los oráculos y los libros santos. Que les fuera revelada no significa que fuera comprendida: las vías divinas de publicación de la Verdad eran tan tortuosas y equívocas. Pocas personas (los sacerdotes) habían sido ungidas con el don de la interpretación.

Tras el corto periodo escepticista del Humanismo, Descartes, por una parte, y Newton, por otra, forjaron las herramientas con las que las personas podrían, de una vez por todas, atrapar esa Verdad externa a sus cuerpos y sus mentes: el racionalismo y el método científico. Y al dominarla, utilizarla para construir un mundo, una polis de ciudadanos, cuyas normas de convivencia, usos y costumbres estuvieran invariablemente sometidos al arbitrio de esa Verdad. La no-verdad era un elemento indeseable que había que expulsar, tanto del interior de la sociedad, como del interior de la mente y alma de las personas que la habitaban.

Hay mucho de loable en ese intento de expulsar la no-verdad del espacio de lo humano. Es cierto que las personas podemos vivir en la no-verdad: de hecho, se han forjado grandes imperios, y se han creado fabulosas obras culturales en base a supuestos no-verdaderos. No es menos cierto que, desde que la Humanidad es humana, no ha habido un solo momento histórico y, tal vez, prehistórico, en el que una comunidad haya vivido en la Verdad. No-verdades hay muchas; tantas quizás como mentes humanas. Y algunas de esas no-verdades son incompatibles, incluso antagonistas entre ellas; fuente de discrepancias, querellas, e incluso guerras. Imponer una no-verdad sobre las otras no-verdades implica un acto de violencia, que es la de arrasar, arrebatar la supuesta razón de unos muchos para exigir obediencia plena para con la supuesta razón de otros pocos.

Verdad, a diferencia de las no-verdades, solo hay una. Una construcción política basada en la Verdad ofrecería a los ciudadanos un único camino a seguir, en el que confluirían todas las almas y cuerpos y un único punto de vista, al que todos obedecerían, no ciegamente o por acción de la violencia coercitiva, sino por la convicción de que se está enfrente de lo verdadero, de lo correcto, de lo no-contradictorio y no contradecible.

 

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El hombre controlador del Universo (Fragmento). Diego de Rivera (1886-1957). Fuente: Eclusette

Europa, desde el siglo XVII, se ha edificado desde la asunción de que el racionalismo cartesiano y el método científico ayudarían a la consecución en esa utópica “Cosmópolis”. Ha habido momentos, incluso, en los que se ha considerado que se había alcanzado la aprehensión de esa Verdad, y se ha intentado imponer con las armas, bien de la persuasión, bien de la destrucción. El resultado siempre ha sido ominoso: dictaduras totalitarias, guerras de aniquilamiento, y estados de opresión de la opinión pública con los que jamás soñó tirano antiguo alguno.

Aunque extraordinarias en pos de la búsqueda del progreso, el racionalismo y la ciencia tal vez no sean las herramientas más aptas para la consecución del fin que les fue encomendado en la Modernidad. A pesar de esa capacidad de revolucionar el pensamiento y los modos de vida, así como de ofrecer enormes posibilidades tecnológicas para la mejora de la calidad de vida, nunca podrá alcanzarse esa mítica Verdad a través de los métodos inaugurados por Descartes y Newton. Sin embargo, la sociedad moderna deposita su fe en estos instrumentos, del mismo modo que los antiguos creían en las revelaciones que los dioses transmitían a oráculos y profetas.

El producto que se obtiene a través del racionalismo y la ciencia no es la Verdad, sino la certidumbre, que no es más que una no-verdad investida de Verdad a través de un criterio de autoridad. En las épocas premodernas ese criterio de autoridad recaía en los sabios doctores de la Antigüedad y en los representantes de Dios en la Tierra. En la Modernidad, esta se entregó a los filósofos racionalistas y los científicos. Tanto antiguos como modernos ofrecían a la sociedad una certidumbre, más no una Verdad. Los primeros tenían la humildad de reconocer la debilidad de sus argumentos; humildad que contrasta con la insolencia de los modernos, sin reparos para asignar a sus no-verdades el atributo de Verdad.

Desconozco si la Verdad nos hará libres, como decía San Juan. Pero lo que sí creo es que la certidumbre, esa asunción de que ciertas no-verdades, o verdades incompletas son verdaderas, nos esclaviza. Porque nos exigen aceptar ciertos postulados que, aunque son falsos y contradictorios, las autoridades las imponen como verdaderas. Nos limitan nuestro rango de movimientos, de acción, de pensamiento. Porque si no estamos con ellas, si no pensamos como quieren que pensemos, no es que estamos en contra de ellos (que puede que sea verdad), sino que nos ponemos incluso en oposición a la Verdad no-contradictoria, esa verdad ecuménica que, en teoría, pone de acuerdo a la Humanidad entera y permite la constitución de una polis basada exclusivamente en ella.

Hoy en día abundan los profetas de la certidumbre, de verdades a medias que, aunque bien fundamentadas sobre  principios racionales y científicos, no dejan de ser no-verdades. Nos exigen obediencia a esos principios. Y nos prometen libertad. Sin embargo, todo es una mentira, porque nunca podremos ser libres si renunciamos a nuestras construcciones, racionales o irracionales, científicas o espirituales, del mundo que nos rodea. Nunca seremos libres si cedemos en nuestra errónea visión del mundo para abrazar otra visión del mundo, tan errónea como la nuestra. Eso no significa renunciar al entendimiento, a buscar nexos de unión, a compartir nuestra opinión y visión de las cosas. Eso no significa desafiar a la certidumbre que nos imponen las autoridades. Simplemente, lo que tenemos que hacer es dudar de ella, transformar la certidumbre en incertidumbre y, a pesar de ello, aprender a vivir con ella. Aceptar que ni ellos ni yo tenemos razón. Porque jamás persona alguna logrará alcanzar una certidumbre que, a la vez, sea enteramente verdadera.

 

 

Los culpables de esta crisis (I): El nivel macro

Acostumbro a escribir las entradas de este blog aproximadamente tres meses antes de que se publiquen, lo que me ofrece, por una parte, tiempo suficiente tanto para una revisión tranquila y relajada, como para observar con perspectiva las ideas que, unas semanas antes, aparecieron por mi mente. En este momento medio mundo se encuentra recluido en casa debido a la crisis sanitaria provocada por la pandemia del Covid19. Ojalá que, para cuando estas palabras vean la luz, todos nosotros ya deambulemos libres y desprejuiciados por las calles. Para entonces, algunos de los vaticinios que aquí recojo ya se habrán cumplido, o no. Independientemente de ello, expresan una opinión y un sentir personal en un tiempo y circunstancias concretas, por lo que no hay que juzgarlos en base a su veracidad, sino más bien en su voluntad de verdad.

Una de las reacciones más humanas que surge en momentos como el que vivimos es el de la búsqueda de culpables de la crisis que asola nuestras casas, calles, empresas y hospitales. Y, como no, solemos encontrar a nuestros chivos expiatorios en las figuras de los políticos que tienen que dar la cara día tras día en los medios de comunicación, además de tomar decisiones a veces drásticas e impopulares; pocas exitosas, muchas inefectivas y, todas, desde la incertidumbre. En el mundo en el que nos ha tocado vivir, poseemos unos excelentes sistemas de salud y de control de epidemias. Excelentes pero imperfectos: no podía ser de otro modo. Aunque los sistemas digitales y los algoritmos que cada vez más controlan nuestro día a día se afanen en convencernos de lo contrario, la vida humana no puede reducirse a hechos y acciones que puedan manejarse desde la no-contradicción aristotélica o el racionalismo cartesiano más estricto. Nuestros sistemas no son infalibles. El futuro no se controla a través de modelos complejos de predicción.

Esa parte trágica de la naturaleza de lo humano no es aceptada por la sociedad, la cual exige cabezas cada vez que algo sale mal. Y los políticos lo saben. Y se protegen. Cualquiera que estos días encienda un teléfono móvil o abra una cuenta de redes sociales va a recibir decenas, cientos, miles de mensajes “reenviados” donde bien se critica la gestión del gobierno, bien se achaca al gobierno anterior la incapacidad del sistema sanitario actual de absorber una avalancha masiva y sin precedentes de pacientes infectados con Covid19. Y eso dejando aparte las teorías conspiranoicas, los victimismos de unos, las ansias de heroicidad de los otros, los expertos en todo y en nada, o los “cuñaos” 2.0.

La culpa de la gestión de la crisis del coronavirus se puede repartir a nivel macro, meso y micro. Según cual sea el momento y las necesidades emocionales del sujeto en cuestión, este podrá echar mano de alguna de estas figuras para descargar la tensión que le supone el estar encerrado sine die en casa, haber perdido el empleo, o no tener noticias de algún allegado que ha sido ingresado en la UCI de un hospital colapsado. Y si el cuitado no posee imaginación suficiente como para tejer por su cuenta un hilo argumental que apoye ese sentimiento, solo tiene que encender la pantalla del ordenador para encontrar cientos de ejemplos y alternativas.

Los macroculpables imaginarios de la crisis del Covid19 son las naciones y grandes corporaciones industriales que, con la expansión del virus, buscan algún funesto beneficio. Así, hay quien cree que el coronavirus se gestó en algún laboratorio chino, con la complicidad de Corea del Sur, para acabar con la estirpe blanca occidental y, así, convertirse en dueños y señores del mundo. O que cierto magnate de la informática financió la gestación de esta pandemia para luego lucrarse con la venta de las vacunas que alguna de sus filiales farmacológicas ya habría sintetizado. La culpabilidad a nivel macro suele adolecer de tufo a telefilm de serie B: unos señores oscuros y poderosos, con capacidad de predecir y controlar el futuro, lanzan un virus mortal a través del cual conquistar el mundo. Sin embargo, la historia del coronavirus es tan insulsa y aburrida como la de cualquier vulgar virus de la gripe: pertenece a una familia de virus con alto potencial mutagénico. Entre las millones o miles de millones de posibilidades de mutación, una lo convierte en un potencial agente patógeno muy infectivo para la especie humana. Solo hace falta que el vector animal que contiene ese virus mutado entre en contacto con una persona para que este se disemine a lo largo y ancho del mundo. Sucede así, todos los años con el virus de la gripe y del catarro. Y este año, también le ha tocado el turno a un coronavirus. Se dice que el virus estaba en un pangolín, en un murciélago… Quién lo sabe. Tal vez sea imposible localizar el origen de la pandemia, y todas esas especulaciones alimentan la mítica y mística entorno al coronavirus.

A nivel macro hay dos grandes responsables en esta crisis: China y la OMS. El gigante asiático se ha visto desbordado por un problema que, primero ignoró, segundo silenció y tercero manipuló. El gobierno chino nunca sabrá realmente cuántas víctimas se ha llevado por delante el Covid19 en Wuhan y otras zonas del país. Pero, probablemente, maneja unas cifras de infectados y fallecidos que para nada tienen que ver con esas irrisorias estadísticas que ha publicado oficialmente (y que nadie se atreve a contestar). La censura a la que nos tiene acostumbrada esa tiranía ha permitido que no se conozca la realidad. Solo sabemos de China lo que el gobierno chino quiere que sepamos de ella. Tan solo hemos recibido la propaganda manipulada con la que China ha tratado de demostrar al mundo su capacidad a la hora de luchar contra el virus. La OMS tendría que haber sido más valiente en sus denuncias contra las autoridades chinas, y haber elevado el número de víctimas por Covid19 en ese país multiplicándolo por un factor logarítmico de 3.

A la vez que se lucha contra la enfermedad, en los gabinetes políticos de todo el mundo se está gestando una batalla geopolítica sin precedentes por silenciar las víctimas y mostrar al público una gestión sanitaria sin error ni mácula. Quien quede en lo más alto del pedestal contará con más medios y recursos financieros que aquellos que, aunque tal vez con menos víctimas y mejor sanidad, hayan sido demasiado transparentes en la comunicación de este desastre. No solo se está jugando ahora mismo la batalla por la vida presente de los enfermos, sino la vida futura de sociedades que ya han visto mermados sus recursos económicos y tienen que posicionarse en la línea de salida de una carrera por la recuperación donde decenas, sino cientos, de participantes se van a dar de codazos para ser los primeros en llegar a la meta.

Los Beatles y la episteme

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Paul, George y Jon. Fuente: Beeld en Geluidwiki

¿Son The Beatles la mejor banda de música popular de la Historia? Han pasado décadas desde la disolución del grupo de Liverpool y todavía resuenan en las cabezas del siglo XXI las canciones que compusieron e interpretaron. Todo el mundo conoce a The Beatles y, aunque pueden causar amores u odios, nadie niega la calidad de su música y el impacto que esta, no solo en la generación en la que permanecieron en activo, sino también en las posteriores.

Tal vez sea verdad que The Beatles sea el mejor grupo de música popular de la Historia. Tal vez no, pero si tenemos la impresión de que estos se sitúan en lo alto de la pirámide de la música popular contemporánea, junto con otros pocos más grupos (estos generalmente más discutibles, como pueden ser los Rolling Stones, Pink Floyd o Queen), esto es porque la música popular contemporánea se mide, se clasifica y se juzga en función de la música de The Beatles. Y me explicaré.

En los años sesenta no había una cantidad ingente de grupos musicales, como sucede hoy en día. La producción de un disco era costosa, y los escasos sellos discográficos editaban un número reducido de LPs al año. La variedad musical era escasa, por lo que todo el mundo escuchaba, bien en su aparato de alta fidelidad (los más afortunados), bien a través de la radio (el común de los mortales), los mismos grupos musicales y las mismas canciones. Y The Beatles apareció justo en ese momento donde la industria musical empezaba a dar sus primeros pasos.

Si The Beatles tuvo éxito, no lo fue por la ingente labor de marketing y propaganda que se llevó a cabo desde el sello Parlophone,  el productor de los primeros discos de este grupo, sino porque las canciones que esos LPs guardaban poseían un algo de genialidad que las convirtió en únicas e inigualables para la época. Todo el mundo escuchaba a The Beatles. Todo el mundo tarareaba sus canciones. Todo el mundo se mataba por obtener una entrada para acudir a uno de sus conciertos.

Y así, las canciones de The Beatles crearon, o formaron parte, de un marco epistémico de relaciones  hasta entonces desconocido, que daba soporte y dibujaba los límites de un nuevo mundo cultural que se abría, por lo menos, en Europa y EEUU: el de la música de consumo. Aunque puedan no gustarnos sus canciones, estas marcan las referencias de lo que es música de calidad y música miserable. Y. así, toda canción que escuchemos, ya no en los discos de 33 RPM, sino en nuestros dispositivos mp3 o aplicaciones de internet, la juzgaremos según un conjunto de reglas y relaciones que, impuesto por la sociedad donde vivimos, ha sido, en parte, elaborado siguiendo los ritmos y melodías de los geniales músicos de Liverpool.

Si The Beatles hubiera surgido en los años setenta, su estela de popularidad no habría sido tan amplia. Mucho menos en el siglo XXI donde, al contrario de los años 60, hay una oferta musical tan amplia, que lo difícil es elegir qué canción se va a escuchar en spotify o youtube. Tal vez haya hoy en día decenas de grupos tan grandes o mejores que The Beatles, pero las circunstancias son diferentes. Ahora es más fácil hacerse oír y publicar y disco, pero es imposible que todo el mundo escuche tu canción, y muchas veces. La capacidad de influir en el marco de conocimiento de la música de consumo se ve limitada por el exceso de oferta.

Extraordinarios o no tanto, lo más importante de The Beatles no ha sido la calidad de sus canciones, sino el momento en el aparecieron. Se han convertido, aunque inadvertidamente, en el patrón oro de la música de consumo. Si nos parecen que son la mejor banda de la Historia, no lo es porque en realidad lo sean; sino porque estamos juzgando la música contemporánea en base a sus “A hard day’s night”, “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” o “Abbey Road”. Lo que es bueno hoy, recuerda a los “The Beatles” de ayer.