Sobre las bondades de los partidos políticos en España

A pesar del pesimismo que reina entre los españoles acerca de la política en España, y a vista de los resultados de las últimas elecciones del 26 de junio, quizás deberíamos mirar un poco fuera de nuestras fronteras para descubrir vicios o problemas contra los cuales, por ahora, estamos inmunizados.

Quizás uno de los problemas más graves que asola a Europa es el antieuropeísmo, ya no incipiente, sino firmemente establecido en gran parte de los países que forman la Unión Europea. Muchos ciudadanos, aturdidos por la globalización, las amenazas exteriores (reales o inventadas) y la parálisis económica, culpan a la Unión de muchos de los males de sus naciones. Creen aún en la impermeabilidad de las fronteras, así como en la bondad de los “indígenas” nacionales frente la barbarie extranjera. Es cierto que la Unión Europea es imperfecta y que, en ciertos asuntos, ha fracasado, de momento.  Pero ningún sistema político, por grande o pequeño que sea, es perfecto, y en todos ellos se acumulan éxitos y fracasos. Lo perjudicial no es hacer mal las cosas, sino insistir en hacerlas mal. La Unión Europea, gracias a su enorme pluralismo político y social, tiene una inmensa capacidad de detectar y aprender de sus errores. Se trata de un engranaje mastodóntico de intereses heterogéneos, e incluso contradictorios, que adolece de una tediosa lentitud que llega a exasperar a los ciudadanos más impacientes.

Salvo excepciones, como la de la CUPs, ningún partido de España es antieuropeísta o euroescéptico. Pueden estar más o menos de acuerdo con el modelo de construcción europeo que se lleva implantando desde hace décadas, pero nadie propugna la salida de España de la Unión Europea.

Por otra parte, nuestro país es de las raras excepciones en las que la extrema derecha no ha encontrado aún un hueco entre el electorado. Mientras en la mayor parte de los países de Europa (Reino Unido, Francia, Polonia, Grecia, Dinamarca…) los ultraderechistas ya tienen sus cuotas de poder, en España no alcanzan ni siquiera a hacerse oir, no sea por alguna polémica manifestación o concentración en la que corean sus eslóganes antidemocráticos.

Existen tres razones por las que no hay una implantación fuerte de la extrema derecha en España: debilidad del estado-nación español, vehiculización de la indignación popular hacia la izquierda, y hegemonía monolítica del Partido Popular en la derecha española.

La España democrática no es un país vertebrado y rígidamente unitario. Tal vez por la asociación del concepto “patria española” a la dictadura nacionalcatólica de Franco, España nunca ha sido capaz de unir a todos sus ciudadanos alrededor de una idea nacional central. Ante la falta de esa fortaleza como estado-nación, otras naciones incluidas dentro de España tienen una fuerza y un poder político y social que no se ve en otros países europeos (véase Francia o Alemania). La bandera e himno español pueden levantar simpatías entre la mayoría de españoles, pero no un fervor patriótico irracional capaz de anular la voluntad política de la ciudadanía. La fortaleza de la extrema derecha europea está en la simbología patriótica, la lengua, la raza, la religión y la historia. Y en el miedo al extraño. En un estado-nación tan desgarbado, plural y heterogéneo, donde todos somos extraños y cada uno enarbola la simbología que más le apetece, la actividad proselitista de la extrema derecha no encuentra caldo de cultivo.

Podemos, con sus fortalezas y debilidades, ha sido capaz de vehiculizar gran parte del enfado de la ciudadanía hacia la clase política. Al contrario de otros populismos europeos, Podemos no reniega de la democracia. No es antisistema, como muchos detractores insisten, sino alter-sistema; no quieren destruir el sistema político, económico y social de España, sino transformarlo. A pesar de que en cierta medida quiere aparentarlo, y en muchos de sus discursos lo jalea, Podemos no es anticapitalista, aunque propugne la intervención estatal sobre la economía de mercado. En resumen; Podemos, a pesar de sus actitudes populistas y anti-establishment, está lejos de encarnar una ultraizquierda antidemocrática, al otro extremo de los Le Pen, Orban o Farage.

En el otro polo del espectro está el Partido Popular, que acapara sin rival todo el espacio conservador de la política española. Como elemento que condensó, entre otras, las fuerzas ideológicas del franquismo, a las que consiguió dar una voz democrática, ha sido capaz de impedir que ningún otro partido político ocupe su flanco derecho. No hay nada más a la derecha del Partido Popular, no porque su política sea de extrema derecha, sino porque su fortaleza ha anulado esta extrema derecha. La debilidad del PSOE permitió la ascensión de fuerzas políticas a su izquierda. Posiblemente, mientras el Partido Popular mantenga su hegemonía en el ámbito conservador, España estará libre de populismos de extrema derecha.

A pesar de todas las carencias y limitaciones de los partidos políticos en España, podemos dormir aliviados: estamos muy lejos de sufrir un Donald Trump o una Frauke Petry. La debilidad del estado-nación español, la canalización de la indignación popular hacia Podemos y la hegemonía del Partido Popular en el ala conservadora nos protegen, por ahora, de cualquier deriva populista antidemocrática.

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