Tradición y Poder (I): Introducción

 

Toda sociedad humana es un sistema de relaciones interpersonales, las cuales están regidas por diferentes cuerpos normativos. Estos cuerpos normativos organizan los  estratos dentro de los cuales está integrado cada miembro de la sociedad (familia, trabajo, polis…). Justas o injustas, rígidas o mutables, estas normas son las base sobre la que se sustentan las interacciones dentro de una sociedad. Si es que existe, la libertad natural y absoluta de una persona individual se ve en cierta manera “encorsetada” por estas normas. Encorsetamiento no significa obligatoriamente sumisión o pérdida de libertad de la persona, sino que sus actos para-con-los-demás se adecúan a la sociedad donde los realiza. Bien es cierto que todos los cuerpos normativos afectan también, en mayor o menor medida, a los actos para-consigo-mismo, pero en las entradas de “Tradición y Poder” se tratarán solamente los actos para-con-los-demás.

Los cuerpos normativos que rigen las relaciones interpersonales se dividen en dos grandes bloques: Tradición y Poder. Ambos imponen normas y leyes a la sociedad. Ambos son mecanismos de control, de alienación del individuo para-con-los-demás y para-consigo-mismo, pero difieren en sus engranajes y en el lubricante que los mantienen en movimiento.

Tradición es ilusión de inalterabilidad. Vista desde un punto de observación fijo en el tiempo, podrá parecer que toda tradición es estable, inmodificable, repetitiva; un poste fijo en la historia de la sociedad, erguida por los siglos de los siglos como faro de los hombres. Sin embargo, si hiciéramos un estudio de la historia de la Tradición, observaríamos cómo va transformándose según evoluciona la sociedad donde se haya anclada. Las tradiciones se crean, se alteran, se destruyen, pero a un ritmo tan lento y pausado que aparentan inmovilidad.

Tradición es también ilusión de independencia del Poder. Frente al Poder terrenal, voluble, caprichoso y pasajero se situa una Tradición constante. La Tradición apareció antes que el Poder, y seguirá allí cuando el Poder perezca bajo las garras de otro nuevo que le sustituirá. El Poder no puede influir en la Tradición, pues no puede alterar lo inalterable.

Esta ilusión de independencia del Poder lleva implícito una tercera característica de la Tradición: ilusión de pertenencia al pueblo. La Tradición nace en el mismo instante en el que nace el Pueblo, la sociedad a la que rige. Son los dioses, a través de los héroes fundadores del Pueblo, quienes diseñan, generan y dan hálito de existencia a la Tradición. Previo a la Tradición no hay Pueblo, tan sólo mitos. La Tradición hace al Pueblo. Y mientras ésta perdure, el Pueblo no desaparecerá en los abismos del olvido de la historia.

El Poder, por otra parte, se trata de un corpus legislativo creado a imagen y semejanza del soberano, sea éste un rey, una aristocracia, o el conjunto de la sociedad. A diferencia de la Tradición, el Poder contiene normas que han sido creadas “a posteriori” de la aparición del Pueblo, y que se van modificando según van cambiando las necesidades legislativas del soberano. Son normas temporales, pasajeras, que no pertenecen al Pueblo, sino al soberano.

Tradición y Poder son, por lo tanto, dos mecanismos de control de la sociedad. La Tradición, inherente a ella, atemporal; gobierna las almas de los ciudadanos; sus vicios y deseos; sus virtudes y pecados. El Poder, externo a ella, temporal e inconstante, promulga leyes que dominan el ámbito terrenal del pueblo: sus cuerpos, sus bienes, sus tierras, y los efectos de todos ellos.

La Tradición y el Poder necesitan ser coherentes entre ellos para así no generar confusión y desafecto entre los miembros de la sociedad, por lo que no pueden comportarse como cuerpos normativos aislados e independientes. Las relaciones entre Tradición y Poder pueden ser de cuatro tipos: premoderna-historicista, moderna-racionalista, postmoderna-líquida, y postmoderna-quilt.

 

8 comentarios en “Tradición y Poder (I): Introducción

  1. […] La dieta humana también es un dispositivo de control social. Todo objeto cultural exitoso que aleja a la persona de la tiranía de la naturaleza, le ata, al mismo tiempo, a una nueva ama y señora: la sociedad. Tanto nos alejemos de lo natural, tanto sentiremos el bastón de mando de la sociedad. La dieta humana es extensa, y amplía las opciones que se nos dan de forma natural. Pero es más limitada de lo que parece. Existen tabús alimentarios (el canibalismo). Hay alimentos que son considerados impuros (el cerdo en el mundo musulmán, o el marisco, en el judío). Aunque sin imposición religiosa alguna, también existen productos que no comemos en algunas regiones geográficas (aunque sí en otras): insectos, gusanos, babosas (¡pero sí caracoles!), murciélagos, ratas, perros… Hay ciertos alimentos que solo pueden comerse en épocas concretas del año, y en ciertas horas del día (¿quién come turrón en verano?¿quién desayuna un chuletón?). Hay combinaciones de alimentos que se consideran sacrílegas (untar un bocadillo de bonito en un café con leche), pero otras se convierten, incluso, en símbolos nacionales (como el sándwich de mermelada y mantequilla de cacahuete). La dieta está fuertemente influenciada por el poder de la Tradición. […]

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