Tradición y Poder (II): Antigüedad

Durante siglos, en Occidente, la Iglesia ha gozado del privilegio del cuasimonopolio de la Tradición. Y ese privilegio emana de su relación directa con lo único que es más estable, atemporal e independiente que cualquier tradición o poder humanos: Dios. Éste es previo a la sociedad y a la Tradición, y pervivirá cuando ambas hayan desaparecido de la faz de la tierra. Dios es garante de la Tradición, y la Tradición es testimonio de la superioridad de la obra de Dios frente a la de los humanos.

La Tradición no es un objeto inerte, inalterable, sino que se va modificando en el transcurso de las épocas, de modo lento pero constante, imperceptible a los ojos de un mortal que sólo tiene conciencia del tiempo en el que vive. La Iglesia ha aprendido a lo largo de los siglos de cristiandad a manejar los hilos de la Tradición. A golpe de prueba y error ha ido desenredando sus mecanismos internos. Y así, ha logrado el don de la manipulación no destructiva de la Tradición; esto es, la modifica pero sin corromper con ello la ilusión de estabilidad e independencia.

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