Tradición y Poder (III): Modernidad

Cuando las revoluciones de la Modernidad arrebataron el Poder al rey soberano, trataron también de arrancar la Tradición de manos de la Iglesia. Aunar así, Poder y Tradición en unas únicas manos. Controlar cuerpo y alma, el tiempo finito y el infinito; lo caduco y lo perenne.

Este nuevo control de la Tradición exigía cambios. Así, la patria sustituye a Dios. Pero este nuevo dios-patria ya no es absoluto, eterno, intemporal. La patria no transciende a la Tradición; como mucho, nace al mismo tiempo que ella, en la génesis del pueblo. La Tradición, por lo tanto, ya no está garantizada por un elemento fuerte (Dios), sino por un elemento frágil (Patria). De ahí que las revoluciones modernas fracasen en monopolizar la Tradición; no son capaces de ofrecer las ilusiones de estabilidad y, sobre todo, la independencia del Poder, que ofrecían Dios y su Iglesia.

Fracasan en acaparar la Tradición pero, eso sí, rompen el milenario monopolio eclesial. La Iglesia ya no manejará nunca más todos sus resortes, sino que tendrá que compartirlos. A su favor juega su ancestral conocimiento de los mecanismos de la Tradición; sabrá mantener la ilusión de la estabilidad, de la independencia. El Poder, por su parte, tratará de manipular la Tradición con sus armas. Legislará ciertos usos; tratará de crear nuevas costumbres; por el simple hecho de que favorecen cierta mística nacional, revivirá a golpe de decreto ritos míticos caídos en desuso siglos ha; acallará otros, a los que considerarán extranjeros a la patria. La primera reacción del pueblo ante estas nuevas tradiciones será el estupor, el rechazo, la negación. Se sentirá traicionado, robado. Porque la Tradición no pertenece al Poder, sino al pueblo.

Antes se levantará un pueblo contra el gobierno que quebrante una tradición, que contra aquel que promulgue leyes injustas. Porque cuando se altera la tradición, se siente como proceso irreversible, mientras que siempre se podrá vislumbrar un final, más cercano, más lejano, de la ley injusta.

Las revoluciones modernas no monopolizan la Tradición, sino que la rompen y la transgreden. Esto supone una herida en la confianza que tiene el pueblo en ella, pues la descubre voluble, vulnerable a los arbitrios gubernamentales.  La Tradición se confunde con el Poder.

Quizás la modernidad ha logrado emancipar al individuo de la Tradición, pero no del Poder. Es más, el Poder fagocita a la Tradición, y con ésta,  somete de manera eficaz al individuo. El pueblo se encuentra atrapado por un sistema alienante, del cual no tiene ninguna capacidad de control, pues la Tradición, antaño propiedad del pueblo y cedido en usufructo a la Iglesia, ahora es manejado en parte por el Poder. El poder moderno, así, gobierna el cuerpo, pero también el alma del ciudadano.

3 comentarios en “Tradición y Poder (III): Modernidad

  1. […] Sin embargo, independientemente de nuestra confesión y nuestro posicionamiento para con la Iglesia Católica, la Religión tiene una importancia tremenda en nuestras vidas, pues ella, para bien o para mal, ha forjado e impregnado gran parte del caracter de la sociedad. Por una parte, hasta no hace mucho tiempo, la Iglesia ha sido la garante de la Tradición en la sociedad, esto es, de las normas y leyes intemporales, no sujetas al gobierno caprichoso de la voluntad humana (ver Tradición y Poder (II): Antigüedad). E, a pesar de las políticas laicizantes de diferentes gobiernos, la Iglesia, aun habiendo perdido el monopolia de la Tradición, sigue conservando una importante parte de la misma (ver Tradición y Poder (III): Modernidad). […]

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