Sobre la visibilidad de las minorías en democracias liberales

No está lejos el día en el que diferentes minorías establecidas en España empiecen a reclamar mayor visibilidad en la sociedad. A efectos de que estas reclamaciones no vengan acompañadas de actos y declaraciones desagradables, podríamos tomar medidas, sencillas, baratas, y bastante dignas, para que, cuando llegue ese día, hayamos cumplido bien nuestros deberes.

Las democracias liberales son sistemas que promueven la igualdad de los ciudadanos, pero sólo son capaces de asegurarla a nivel de la ley. Así todos los ciudadanos somos iguales ante la ley y la justicia, independientemente de nuestro sexo, origen, religión, ideología política o nivel social-económico. Y esta igualdad ante la ley se respeta más bien que mal, aunque, como toda obra de la sociedad, siempre existen fallas puntuales y errores sistemáticos que, una vez detectados, conviene corregir.

Que todos seamos iguales ante la ley es un paso fundamental e imprescindible hacia una igualdad más democrática y justa. Pero no vale que el Estado garantice sólo y nada más que la igualdad ante la ley. La ley está escrita en papel, y éste todo lo soporta. Se trata de un elemento tan abstracto y alejado de la vida diaria que, sólo él, no garantiza una verdadera percepción de vivencia en igualdad.

Las sociedades de las democracias liberales, aunque tienden a ello, no son igualitarias. Todos los ciudadanos no tenemos las mismas oportunidades, independientemente de nuestro sexo, origen, religión, ideología política o nivel social-económico.

Un niño que nazca con apellido Serroukh probablemente tenga menos oportunidades de medra social que otro niño apellidado García. Incluso, a mismo nivel de estudios, el niño García lo tendrá más fácil en el mundo laboral que el niño Serroukh, abriéndosele al primero puertas con las que el segundo, tal vez, ni siquiera llega a soñar.

El niño García, cuando encienda la televisión, verá en todos los canales personas y temas con los que podrá sentirse identificado. El niño Serroukh, probablemente, sólo recibirá noticias negativas de su comunidad y, en ningún caso, aparecerá en la pantalla de televisión alguna persona con la que se pueda sentir identificado; excepción hecha de algún deportista que, desde los medios de comunicación considerarán un modelo a seguir -tal vez el único- para los chavales como el niño Serroukh.

Cuando el niño Serroukh acuda a las instituciones públicas, no encontrará apenas ningún representante de su comunidad. Entre los políticos, aunque bien se guarden de proclamar que respetan y defienden los derechos del niño Serroukh, pocos procederán de la amplia comunidad de este niño. No es que estos políticos sean incapaces de actuar a favor de ella, es que la comunidad del niño Serroukh difícilmente puede sentirse identificada con estos políticos 100% ajenos a ella. Esa identificación es muy importante; por ejemplo, los políticos-hombres pueden realizar una labor espléndida a favor de la igualdad entre hombres y mujeres, pero si esta labor no viene acompañada de una inclusión de las mujeres en el campo de la política, éstas podrán sentirse, con todo el derecho, no identificadas con el proyecto.

Cuando el niño Serroukh pasee por la calle con su madre ataviada de velo, podrá sentir como punzadas las miradas de desprecio y prepotencia de la gente con la que se crucen. En el colegio tal vez tratarán de prohibir que su hermana estudie con un velo cubriendo el cabello, aunque ella lo haya elegido por sí misma, en acto autónomo y maduro.

El niño García, si es que es creyente, podrá acudir a iglesia en las fiestas de guardar, pues las fiestas del calendario laboral español estás instituidas, en una gran parte, según la tradición católica. El niño Serroukh, en caso de que sea practicante, no podrá acudir a sus fiestas, pues éstas no coinciden con las del calendario laboral español.

La igualdad en la sociedad, por lo tanto, va más allá de la igualdad ante la ley. Al niño Serroukh poco le importa que su padre pague los mismos impuestos que el padre del niño García. O que, en caso de problemas con la justicia, ambos tendrán las mismas garantías procesales. Al niño Serroukh le importa sobre todo, que no se le considere un ciudadano de segunda por el hecho de proceder de una minoría. Lo que quiere el niño Serroukh es que el presentador de televisión, el ministro de economía, la funcionaria de Correos, o alguno de sus profesores proceda de su comunidad. El niño Serroukh desea que su madre pueda ir al supermercado o al trabajo como la madre del niño García, sin ser despreciada. El niño Serroukh quiere tener la posibilidad de exteriorizar sus creencias, bien en las fiestas de guardar, bien en los días de oración en su templo.

El niño Serroukh quiere ser igual que el niño García.

Cuando el niño Serroukh crezca y exija a la sociedad eso que se le niega, ésta, la sociedad, podrá sentirse ofendida con el joven Serroukh, al que “tantas oportunidades se le ha dado” y “que vive mejor que en su país de origen”. Se le negará el derecho a quejarse porque “en España todos somos iguales; no hay ciudadanos de primera o de segunda”. Si no está feliz aquí, que se vaya a su país. Llegará el día que cientos, miles, decenas de miles… de jóvenes como Serroukh levanten la voz y pidan igualdad. Si no se actua con mente fría, surgirán algunos conflictos sociales que ya hoy en día sufren algunos países europeos (véase, por ejemplo, el caso de Francia).

Por lo tanto, es justo que, antes de que llegue el conflicto, se trate de solventar el origen del mismo. Y, probablemente, esto se consiga con algo tan sencillo y tan difícil como el de dar al niño Serroukh lo que pide, esto es, visibilidad.

Hace años era impensable ver un político o un presentador de televisión abiertamente homosexuales. Hoy en día, es algo normalizado… ¿por qué no puede presentar un informativo una periodista musulmana con el cabello tapado por un velo?; ¿por qué no se puede animar a los jóvenes de la comunidad del niño Serroukh a participar activamente en organizaciones políticas, y ofrecerles cargos de responabilidad?

Existen gimnasios privados destinados sólo a mujeres. En ciertos lugares donde hay una petición expresa por parte de un grupo más o menos amplio, las piscinas públicas se reservan en ciertas horas para los naturistas… ¿no podrían reservarse las piscinas públicas, también, para un público exclusivamente femenino? La confusión de cuerpos semidesnudos masculinos y femeninos es algo que se tolera, no desde hace muchas décadas, en la cultura Occidental; y el hecho de no desear mostrar el cuerpo frente al sexo opuesto, no tiene nada que ver con el machismo, heteropatriarcado o represión sexual.

Entre tantos días libres por fiestas de caracter cristiano… ¿no se podría sustituir alguno por otros que visibilicen otras creencias? ¿se desmoronaría la nación y la cultura española si la festividad de la Asunción fuera reemplazada por el Eid al-Fitr o el Eid al-Adha en el calendario laboral?

He hablado del niño Serroukh. Musulmán. Tal vez de origen magrebí. Porque ellos serán los primeros en reclamar visibilidad social. Su comunidad es amplia y, a pesar de que pueda estar compuesta por personas procedentes de realidades muy distintas, poseen signos distintivos comunes que les permiten actuar como una unidad. A la comunidad musulmano-magrebí le seguirán las diferentes comunidades sudamericanas, las subsaharianas… Todas ellas pedirán lo mismo: igualdad social.

Estamos a tiempo de satisfacer una necesidad justa. Cuando surjan los conflictos, cualquier acto de desagravio será considerado como traición, venta de la patria al bárbaro, claudicación de la civilización occidental… Todo será más difícil y, por supuesto, más doloroso.

2 comentarios en “Sobre la visibilidad de las minorías en democracias liberales

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