Sobre la prostitución, y su legalización

La prostitución, tanto en su ejercicio como en su promoción, es un acto delictivo perseguido por la ley. Sin embargo, sobre todo en España, todo el mundo conoce el emplazamiento de alguno de los miles de prostíbulos que pueblan la geografía del país. Policía, jueces y políticos no son ciegos, y saben que en muchos polígonos industriales y, a las orillas de muchas carreteras, existen locales donde se ejerce la prostitución. Si en vez de servicios con prostitutas, en esos locales se vendieran explícitamente drogas o armas, las fuerzas de orden público tardarían pocas horas en desmantelarlos. Sus dueños,  entre rejas. Y los clientes, investigados.

Por otra parte, la prostitución está considerada como una inmoralidad, y las prostitutas, como unas depravadas a las que la sociedad debe marginar. Sin embargo, pocas veces se juzga al que se lucra con la labor de la prostituta, ni al que hace uso de esos “servicios”.

La prostitución es un claro ejemplo de para-mecanismo de control social, diseñado de manera consciente o inconsciente por el Poder, y perfeccionado a lo largo siglos de pruebas  y errores. Cuando hablo de Poder no me refiero a una institución de hombres grises y oscuros que, desde un habitáculo secreto, mueven los hilos de la sociedad. No es un Poder vertical, ejercido desde lo alto de una pirámide por césares, sultanes, reyes absolutos, directorios o parlamentos. No es el Poder de unos pocos contra unos muchos. Es más bien un Poder horizontal, secular, de sometimiento por la fuerza física, la tradición y la ley escrita; un Poder ejercido por unos muchos contra otros muchos. Un Poder masculino.

El deseo sexual de hombres y mujeres ha sido reprimido en muchas sociedades, y entre ellas, las que actualmente dominan la esfera político-social del mundo (Europa-Norteamérica, naciones iberoamericanas, China, Japón, culturas del Islam…). La represión sexual de la mujer se ha asociado a un ideal femenino donde el sexo-penetración no debe ser ni buscado, ni deseado, solamente tolerado tanto por su finalidad reproductora, como para satisfacer las necesidades del hombre. El acto sexual femenino en el imaginario represivo de la Tradición judeocristiana tiene un algo de repugnante, de anorgásmico, de pasivo.

Por contra, la represión sexual del hombre ha ido ligada a una hipertrofia mitificada de la penetración, ya no sólo como acto placentero o reproductivo, sino como elemento fundacional e ineludible de la virilidad. A la mujer se le reprime sexualmente, pero no se le exige cumplir unas expectativas sexuales (quizás sí reproductivas). Al hombre se le reprime de la misma manera que a la mujer pero, a la vez, debe demostrar que es un verdadero hombre mediante sus actos sexuales.

Este doble juego de represión-transgresión puede tener también explicaciones biológicas a través de fundamentos anatómicos y hormonales. La biología puede explicarnos que el hombre, debido a ciertas hormonas sexuales masculinas, como lo es la testosterona, tiene un comportamiento sexual más activo, incluso agresivo. Pero no olvidemos que ya nunca más somos animales gobernados por los instintos de nuestros humores, sino que somos ciudadanos, y vivimos en una sociedad donde nuestros comportamientos más primarios son reprimidos desde nuestra más tierna infancia. Sin embargo el Poder no suprime, sino que se aprovecha de ese fenómeno biológico para satisfacer sus objetivos de control social.

La prostitución, más que ilegal, es inmoral porque corrompe el elemento represivo en el que se ha configurado socialmente la sexualidad. Al considerarlo inmoral, se esconde, se invisibiliza, pero no se erradica. Si siguen existiendo prostíbulos en la mayor parte de los países “civilizados” y “bárbaros” del mundo, es porque cumplen una excelente labor de control social:  permiten a los hombres ejecutar sus cuotas de penetración de modo clandestino, de tal manera que no se violenta la represión externa de la sexualidad.

El Poder es capaz de regular, a través de los prostíbulos, esos instintos anatómico-hormonales que, bien no ha sido capaz de anular, bien, como ente masculino que es, tampoco lo ha intentado vigorosamente. En los prostíbulos confluyen fuerzas y pasiones que, de no canalizarlas hacia esos espacios marginales, aflorarían en el corazón de la sociedad de los modos más imprevisibles e incontrolables.

El prostíbulo forma parte de un conjunto de elementos, entre los que quizás también estén inscritas la industria porno y la violación, con los que (como diría Michel Foucault) el Poder fracciona, clasifica y ordena la represión sexual masculina. Gracias a los prostíbulos, las fuerzas y pasiones reprimidas son vehiculizadas de manera controlada y previsible, fuera de los circuitos sociales.

De todos los elementos que participan en el sórdido mundo de la prostitución, la prostituta es la única que infringe leyes sagradas, pues ésta, aparentemente, busca y ansía tener relaciones sexuales con el varón, lo cual no es aceptable desde el punto de vista de la represión sexual femenina. Y es que la mujer no puede desear ser penetrada, aunque sea por remuneración económica.

Durante las últimas décadas, en nuestras democracias liberales, se han producido verdaderas revoluciones tanto en el ámbito de la sexualidad, como en el acceso de la mujer al Poder. La mujer ya no es nunca más objeto del Poder, sino protagonista del mismo. Su sexualidad se ve reconocida, y la represión sexual, tanto masculina, como femenina, atenuada. Atenuada, debilitada, dulcificada… pero no erradicada.

Quien habla a favor de la legalización de la prostitución, se ampara en la autonomía personal de la mujer, en su derecho a hacer con su cuerpo aquello que ella desee. Pero la prostituta no es autónoma; sigue siendo un objeto del Poder, por mucho que ahora las mujeres formen parte de él. La prostituta sigue siendo un eslabón, el más débil, del todavía vivo sistema de fraccionamiento-clasificación-ordenamiento de la represión sexual. Sigue siendo un ser inmoral, marginal. Se le niegan derechos personales de los que hoy la mayor parte de hombres y mujeres disfrutamos.

Si se legalizara la prostitución, tan sólo se beneficiarían los “propietarios” del cuerpo de la prostituta: el cliente, el proxeneta, el Estado. La mujer prostituta, carente de capacidad de decisión sobre su persona, apenas advertiría cambios en su situación y, si los hubiera, tal vez serían a peor.

Previo a la legalización de la prostitución hay que destruir ese para-mecanismo de control social en el cual la prostituta está atrapada. La emancipación de la mujer y la desmitificación de la penetración masculina son, entre otros, pasos que hay que dar para que algún día la mujer prostituta pueda abandonar esos márgenes invisibles de las carreteras y polígonos industriales.

 

 

8 comentarios en “Sobre la prostitución, y su legalización

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