El equilibrio identitario en el País Vasco

En el País Vasco de hoy en día, apenas existen tensiones sociales en temas de identidad nacional. A pesar de que en esta pequeña comunidad autónoma se mezclan sensibilidades que, en algunos casos, podrían considerarse contradictorias y hasta cierto punto incompatibles, la identidad vasca y la española conviven libres de conflictos sociales, incluso políticos (lo que no quiere decir que existan divergencias que, afortunadamente en la actualidad, son encauzadas por vías exclusivamente políticas).

Y esto sucede a pocos años de haber desaparecido la violencia absurda de ETA… ¿Cómo ha sido  la sociedad vasca en tan poco tiempo capaz de eliminar todo atisbo de conflicto identitario nacional?, ¿Cómo se ha podido fraguar una paz social a partir de unos moldes tan imperfectos?

La tesis que voy a plantear en este artículo es la siguiente: los conflictos identitarios entre vascos y españoles existen, pero están perfectamente anulados gracias a un complejo juego de equilibrios entre la autocensura interna de lo español y  la preeminencia externa de un suprapoder español.

La autocensura hacia los símbolos españoles es un hecho claro: mientras las ikurriñas pueblan los mástiles de todos los pueblos y ciudades, apenas se ven banderas españolas fuera de los edificios oficiales. En cualquier barrio podrán verse balcones engalanados con ikurriñas, mas jamás con banderas españolas. Por las calles de Bilbao, o de San Sebastian, muy pocas personas visten una camiseta de la selección española de fútbol y, en caso de que las lleven, suelen ser o niños, o turistas. La palabra “España” desaparece de los discursos oficiales, siendo sustituida por un “Estado Español” o, mejor aún, un aún mas indefinido y escueto “Estado”.

Por otra parte, las instituciones vascas tienden, de manera consciente o inconsciente, a visibilizar más a los vascos que a los españoles. Así, en igualdad de condiciones, una persona con apellido vasco tendrá más posibilidades de medrar en el sistema institucional vasco, que otra persona con apellidos españoles (Ver: La selección nacionalista de los apellidos vascos). Mientras en Londres hay un alcalde de origen pakistaní, o en París, un primer ministro de antepasados españoles; en el País Vasco cuesta imaginar unos representantes políticos con apellidos españoles. De hecho, no hace muchos años, hubo mucha gente que menospreciaba al lehendakari Patxi López por no ser un “vasco de pedigree”.

Eso no significa que nadie en el País Vasco se sienta español, ni que se apoye a la selección española de fútbol, ni que se considere a “España” como algo más que un simple “Estado”; lo que sucede es que esas personas no expresan hacia el exterior esos sentimientos y opiniones. Se los guardan para sí mismos, o para círculos íntimos, evitando toda vehiculación externa de sus sentimientos identitarios. Durante los años de plomo de ETA esta autocensura era un acto de supervivencia; y es que, si tu vecino, que apoyaba a ETA, no sabía de tus sentimientos, mucho mejor.

Bien de manera independiente, bien apoyándose en ese terrorismo censurador, el nacionalismo vasco ha ido, durante décadas, engendrando en el seno de la sociedad un sentimiento de menosprecio hacia lo español. Vasco bueno; español malo. El discurso de la superioridad de lo vasco sobre lo español ha calado en lo más profundo del alma de los ciudadanos vascos. Incluso hay quienes que, avergonzados de sus orígenes, se apresuran a esconder su identidad española. A sus hijos, les ponen nombres en euskera, cuanto más complejos y enrevesados, mejor; camiseta del Athletic y de la selección vasca de fútbol, trajes de “arrantzale”, bailes vascos…

La sociedad vasca oculta su naturaleza española y muestra hacia el exterior únicamente su faceta vasca. Esto, que a primera vista, es un desprecio hacia una sensibilidad identitaria, no causa ningún tipo de desafección en aquellos que se identifican más con España que con Euskadi. No hay nadie que, en el espacio público, saque banderas españolas como símbolo diferenciador frente al monopolio de la ikurriña. Ni que lance proclamas en contra de ese supuesto trato de favor hacia los “vascos de pedigree”. No hay enfrentamiento dialéctico entre los que se sienten españoles y los que se sienten vascos… ¿por qué sucede esto?

En términos de sensibilidad nacional, por encima de las instituciones políticas vascas, y funcionando más como gobierno supranacional que como propio gobierno nacional que es, las estructuras centrales del Estado Español actuan como solución tampón de los conflictos identitarios. Por encima del gobierno vasco y sus instituciones están las instituciones del gobierno español que sí dan representatividad, visibilidad y apoyo a las sensibilidades identitarias de los que se sienten españoles en el País Vasco. Al contrario, el sentimiento vasco, muy minoritario si tenemos en cuenta la extensión de España, queda muy poco representado dentro de las instituciones del Estado Español. Alguien que se sienta vasco se sentirá, lógicamente, poco identificado con España. Lo cual es también un problema, al que habría que encontrar una solución.

Juego de equilibrios: el sentimiento nacional vasco monopoliza la visibilidad y la identidad de la sociedad vasca; el sentimiento nacional español en el País Vasco, por otra parte, está protegido por la existencia de un “supraestado” como es el español. Hablo de “supraestado” porque en términos de identidad nacional, España no se comporta como un estado-nación al uso (llámense Francia, Alemania…), sino como un supraestructura política que, sin llegar a condicionar el funcionamiento interno de las sensibilidades nacionales de cada una de sus partes, absorbe gran parte de las contradiciones de esa “multinacionalidad”. Podríamos decir que España es, en términos de sentimientos nacionales, una “mini Unión Europea”, con una parte de soberanía compartida, y otra de soberanía retenida por cada una de las partes.

Juego de equilibrios precarios: como en la Unión Europea, la exacerbación nacionalista de una parte genera un conflicto de ésta con el Todo. Y viceversa. De nuevo el “supraestado” actuaría como barrera para evitar que esos conflictos políticos se transformen en auténticos conflictos sociales. Aunque el precio sea convertir el Estado Español o la Unión Europea en auténticos “punching balls”.

Según esta tesis, en caso de que algún día el País Vasco se independizara de España, el equilibrio identitario se rompería, ya que el Estado Español no podría actuar como solución tamponadora. Sin reparto de soberanías identitarias, el monopolio de lo vasco no hallaría oposición externa, y aquellos que se sienten españoles se encontrarían sin la visibilidad que les ofrece España. Sería entonces cuando brotarían los conflictos entre españoles y vascos. Los primeros, se sentirían ninguneados, despreciados por las instituciones vascas; alzarían su voz y sus banderas españolas para manifestar que no desean ser unos ciudadanos de segunda. Los vascos, por su parte, no cederían terreno de visibilidad a un sentimiento nacional que considerarían “extranjero”, e invitarían a irse del país a todos aquellos que no estuvieran dispuestos a aceptar ese monopolio identitario.

Pocas veces he tenido menos ganas de ser un profeta que en este artículo, pero si esta tesis es correcta, preveo una sociedad altamente conflictiva en un hipotético estado vasco independiente. Las estructuras supranacionales como lo son, por ejemplo, la Unión Europea, son instrumentos muy eficaces para amortiguar estos conflictos identitarios, aunque el precio de esta tarea sea, inevitablemente, su desgaste y debilitamiento.

3 comentarios en “El equilibrio identitario en el País Vasco

  1. […] Europa es un crisol de culturas, lenguas, religiones… que han ocupado de manera alternante diferentes territorios. Esas alternancias siempre han estado teñidas con la sangre de los enfrentamientos entre iguales y diferentes. Tal vez no haya una sola zona que pueda erigirse identitariamente pura. Y las reclamaciones soberanistas sobre ciertas regiones de Europa tampoco ayudarían a “purificar” el asunto identitario. Así, si se atendiese a todas las peticiones de independencia de diferentes regiones de Europa (Cataluña y País Vasco en España; Bretaña o Córcega en Francia; Transilvania en Rumanía; Flandes y Valonia en Bélgica; Islas Feroe en Dinamarca… y un larguísimo ecétera), las fronteras resultantes no serían ni mejores, ni más justas que las actuales. Separarían a gente parecida y juntarían a gente diferente. Los conflictos entre identidades no se disiparían; incluso se agravarían. […]

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  2. […] Por otra parte, el ideal paradigmático de la nación racionalista tampoco es capaz de ajustarse a la realidad social. Ciertamente, todos somos iguales ante las leyes, y así debe ser en una democracia. Sin embargo, la nación racionalista choca frente a un importante escollo: el estado, incluso el democrático, no es sólo leyes, sino también está constituido por elementos prelegales, como lo es el Discurso del Poder. Un gobierno que sólo garantice la igualdad de todos los ciudadanos en función a leyes creará situaciones de injusticia tanto o más graves que aquellos historicistas que defiendan una “prioridad autóctona”. Porque, si sólo se garantiza la igualdad en leyes, solamente los ciudadanos-tipo que cumplan con un perfil homogeneizado serán los que encuentren cabida, visibilidad y representatividad en las estructuras estatales. Y los rasgos de ese ciudadano-tipo no están regidos por leyes, sino por pre-leyes que son impuestas desde el Poder. Aunque las leyes sean iguales para hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, cristianos y musulmanes, blancos y negros, españoles y catalanes…si no se realizan ajustes de visibilización para “minorías” o “desplazados&#8221…. […]

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