La enseñanza mítica (que no mística) de la religión católica en España

Las tendencias más actuales en políticas de educación suelen fortalecer los horarios de las asignaturas técnico-experimentales (informática, matemáticas, ciencias sociales) en detrimento de las asignaturas de humanística (filosofía, historia, lenguas clásicas). Con ello se supone que el alumno sale más fortalecido en esas áreas de conocimiento y se le prepara para un mejor futuro laboral.

La ciencia y la tecnología no avanza sin Humanidades. Si el científico no tiene una capacidad crítica que vaya más allá del método científico que aplica, éste simplemente repetirá incesantemente viejas técnicas de análisis e investigación que le llevarán, indefectiblemente, a obtener siempre los mismos resultados. Para que avance la ciencia, es necesario que avance el método científico. Y el método científico no avanza sin Humanidades, sin una historia de la ciencia que permita observar el método a través de los tiempos, y una filosofía de la ciencia que aporte nuevas maneras de pensar. Sin las contribuciones de filósofos como Francis Bacon, René Descartes o Karl Popper, la ciencia no se podría haber movido más allá de la escolástica que subyugaba a los científicos medievales.

Cuando hablamos de Humanidades solemos excluir a la religión como parte de ellas. Es lógico, teniendo en cuenta que, en España, sujeta a los férreos candados de los acuerdos con el Vaticano, la religión es enseñada desde la mística de la doctrina católica según los criterios impuestos por la Iglesia Católica de España. En España, no se enseña religión, se adoctrina con la religión; no se realiza una enseñanza crítica de la Religión; se coharta toda expresión contraria a los mandatos eclesiales, y se aplica una jerarquía vertical que impide toda crítica constructiva. Esta forma de enseñar sólo puede generar sentimientos dicotómicos: o se acepta a pies juntillas, o se censura y rechaza frontalemente.

Sin embargo, independientemente de nuestra confesión y nuestro posicionamiento para con la Iglesia Católica, la religión tiene una importancia tremenda en nuestras vidas, pues ella, para bien o para mal, ha forjado e impregnado gran parte del caracter de la sociedad. Por una parte, hasta no hace mucho tiempo, la Iglesia ha sido, entre otras muchas cosas, la garante de la Tradición en la sociedad, esto es, de las normas y leyes intemporales, no sujetas al gobierno caprichoso de la voluntad humana (ver Tradición y Poder (II): Antigüedad). Y, a pesar de las políticas laicizantes de diferentes gobiernos modernos, la Iglesia, aun habiendo perdido el monopolio de la Tradición, sigue conservando una importante parte de poder sobre la misma (ver Tradición y Poder (III): Modernidad).

Cada persona posee una manera propia de ver su vida, la de los demás, y el Universo; lo natural y lo supranatural. Pero estas visiones o cosmogonias de la realidad y del más allá no se construyen de manera aislada e independiente, sino que están fuertemente influidas por la sociedad. A través de las experiencias y los saberes que ésta va acumulando a lo largo de los tiempos, se van configurando unos relatos que ilustran los arquetipos de pensamiento y conducta; esto es, los mitos.

Los mitos no tienen porqué influir de modo directo sobre el proceder de la persona; esto sucede cuando a éstos les incorporemos una función moral o trascendental. El mito al que se le añade una función moral se transforma en una ley tradicional. La mística, por el contrario, podría definirse la suma de mitos con caracter trascendental. Las funciones moral y trascendental pueden solaparse, de modo que un mismo mito puede ser, a la vez, ley y fruto de la intervención directa de una divinidad.

Las sociedades místicas podrían definirse como aquellas que no han eliminado estas dos funciones, la moral y trascendental, de sus mitos y, por lo tanto, las vidas de las personas siguen regidas por sus influjos directos. Las sociedades liberales, laicicantes, por el contrario, han extirpado de los mitos sus funciones morales y trascendentales, de modo que han liberado a la persona tanto de su influencia directa, como de la obligada observación de sus normas.

Un mito que pierde su efecto directo sobre la sociedad no se convierte en una simple narración literaria, como si fuera una epopeya griega o un texto sagrado de los antiguos egipcios. El mito ya no obliga a la persona, pero sí explica ciertos aspectos de su caracter, obra y pensamiento. Porque el arquetipo que ha sido recogido por el mito precede al mito mismo, y este arquetipo es una expresión general de un hábito de la sociedad, que es transmitido de generación en generación, de padres a hijos, sin necesidad de que en esta transmisión interceda la enseñanza activa del relato mítico. Un padre no tiene que sentarse una tarde con su hijo para explicarle ciertas conductas y modos de pensamiento a través de una historia; se lo demostrará durante el día a día, con sus actos, con sus gestos, con sus opiniones e ideas.

Durante la laicificación de una sociedad, a la vez de amputar su caracter moralizante y transcendente, se suele tratar de destruir el mito. Tan poderosas han sido durante siglos las fuerzas que han sometido la voluntad humana a través de los mitos, que a veces es difícil de disernir el límite entre lo que es un simple relato arquetípico y la imposición mítico-moral que ha llevado, o incluso todavía lleva, incrustada.

Negar el mito no permite destruir los pensamientos y conductas de los que es arquetipo; el mito no es origen de esos pensamientos y conductas; estos son previos a él. Pero, al negar el mito, lo que hacemos es perder una excelente oportunidad de comprender esos pensamientos y actos tan arraigados en nuestras mentes, en nuestras sociedades; su origen y su porqué. Y, si no comprendemos nuestras cosmogonías de la realidad y de lo trascendental, difícilmente podremos actuar positivamente para modificarlas.

España es un país de tradición católica que, sobre todo durante las últimas décadas, ha adquirido un caracter laico y liberador. La tradición católica guarda en su interior un inmenso elenco de mitos, que son relatos aclaratorios de ciertos modos de pensar y actuar de los españoles. Hay quien quiere dar a esos relatos un caracter trascendente, místico; pero en la España del siglo XXI, los mitos católicos, en general, han perdido su poder de influencia directa sobre la sociedad.

Entender la tradición católica supone entender modos de obra y pensamiento enraizados en lo más profundo de nuestra psique; modos automáticos, reflejos, previos a la reflexión. Desde los mitos católicos podemos acceder al “core” de esos modos, y así comprender por qué actuamos o pensamos de tal manera frente a tal acontecimiento.

Estudiar los mitos del pecado original, el de Lot y sus hijas; el del sacrificio de Jesucristo…; interpretar la ininteligibilidad de muchos de los dogmas y doctrinas (la virginidad de María, la transubstanciación…) no pone en peligro la libertad de nuestra conciencia; más aún, la libera, pues permite desentrañar el origen de ciertos vicios judeocristianos. Vicios que, por cierto, criticamos, a veces de manera desproporcionada, y en los que, sin embargo, no podemos evitar, una y otra vez, recaer.

Vivimos en un país donde la política de educación es utilizada más como arma ideológica que como instrumento de amejoramiento de las capacidades de la sociedad. Se desprecian las humanidades, en la creencia de que la ciencia y tecnología son independientes a éstas primeras. Y la religión, que podría considerarse la única asignatura de corte humanístico a la que se concede un tiempo de enseñanza privilegiado, se estudia desde la mística alineante, y no desde la mítica liberadora.

La emancipación de la enseñanza de la religión católica de las manos de la Iglesia Católica, así como la incorporación a esa misma asignatura de la enseñanza de otras religiones, podrían convertirla en un inmejorable instrumento para comprender, en parte, quiénes somos, de dónde venimos y, tal vez, a dónde vamos.

2 comentarios en “La enseñanza mítica (que no mística) de la religión católica en España

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