El orden del mérito

Meritocracia según la RAE: Sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales.

Meritocracia según wikipedia: La meritocracia (presumible de la conjunción de las palabras mérito del latín merĭtum ‘debida recompensa’, a su vez de mereri ‘ganar, merecer’; y el sufijo -cracia del griego krátos, o κράτος en griego, ‘poder, fuerza’, con el sufijo -ia de cualidad) es una forma de gobierno basada en el mérito. Las posiciones jerárquicas son conquistadas con base al mérito, y hay un predominio de valores asociados a la capacidad individual o al espíritu competitivo, tales como, por ejemplo, la excelencia en educación o deportes.

Existen sistemas educativos (sobre todo en los países de tradición anglosajona), en los que los niños son diferenciados en aulas según sus capacidades en ciertas materias. Así se crean las clases de los niños “listos” y las de los niños “tontos”. La razón que se suele utilizar para apoyar este sistema educativo es que así los “tontos” no entorpecen a los “listos”, y los “tontos” pueden recibir una enseñanza más acorde con sus características. Como ignorante en materia pedagógica que soy, no voy a entrar en el debate sobre si los resultados de estos modelos segregacionistas son mejores o peores que los sistemas inclusivos. Lo que es indudable es que, bien o mal formados, los niños que se forman en estos modelos pedagógicos llevarán marcada, de por vida, la sistemática clasificatoria y discriminatoria que hace la socidad actual con el mérito.

Bien utilizado, el mérito puede ser un instrumento, aunque imperfecto, de justicia social; frente a un bien relativamente escaso, el mérito puede ser utilizado para resolver, entre todos los demandantes, quien ha hecho más esfuerzo, o quién está más capacitado, para merecer dicho bien. Por ejemplo, en una oposición de trabajo público.

Se habla de instrumento imperfecto  porque caeríamos en un grave error si creyéramos  que el mérito se puede medir en base a unos criterios todo-objetivos y todo-racionales. En primer lugar, para que se pueda medir el mérito de una manera objetiva, habría que partir de dos premisas: a) todos nacemos con las mismas capacidades; b) a todos se nos dan las mismas oportunidades en la vida. Si esto fuera así, en realidad, no cabría en dudar que aquel quien se esfuerce más, tendrá más éxito, llegará a cotas de excelencia más altas y, por lo tanto, tendrá más mérito y se merecerá más que aquellos que han quedado por detrás. Pero esta teoría se desbarata tanto desde un punto de vista genético como de un punto de vista social. Todos no recibimos las mismas capacidades físicas e intelectuales, y todos no recibimos de la familia y de la sociedad las mismas herramientas y ayudas. Probablemente, gran parte del déficit en capacidades físicas e intelectuales se puede suplir con un apoyo social y familiar correcto. Y viceversa. Pero, ¿qué hay de aquellos que, sin haber sido dotados de la naturaleza por unas capacidades preeminentes, no encuentran en su entorno un ambiente que les permita desarrollarse? En la competición del mérito, no todos partimos con las mismas posibilidades; hay quien corre en Ferrari, otro en Audi, incluso habrá los que tendrán que ir a pie. El circuito es el mismo para todos, pero desde antes incluso de que se inicie la carrera, ya se sabe quién va a ganar.

Tampoco existen criterios todo-racionales para medir el mérito o demérito de una persona. Los criterios se imponen desde el Poder, y es éste quien, además de elegirlos, diseña los mecanismos para su medición. Al controlar criterios y mecanismos de medida, el Poder clasifica a las personas, no en virtud de sus capacidades reales, sino en función a estos criterios y según estos mecanismos.

El mérito, en manos del Poder, deja de tener utilidad de justicia social, y se transforma en una herramienta, con la cual clasifica y distribuye a la población, no según unos méritos reales, sino en función a la utilidad de dichos méritos para con el sostenimiento de la estructura de Poder. Mediante la segregación por mértios, el Poder  otorga a cada ciudadano un valor, una posición social y una porción de “poder”.El Poder entrega cuotas más importantes de poder a aquellos que más méritos (más utilidad para el Poder) tengan, y lo retirarán de las manos de aquellos “menos útiles” (pero, en verdad, no necesariamente menos meritorios).

Los sistemas democráticos liberales protegen una igualdad social basada en la “igualdad ante la ley” y la homogeneidad de esta entre todos los ciudadanos participantes de esa sociedad. Todo lo que queda “fuera de la ley” no forma parte del constructo sagrado de la igualdad democrática, y su protección o no queda en manos de los gobiernos, los cuales invertirán más dinero y esfuerzo según el espectro ideológico del cual procedan.

El sistema capitalista ha encontrado en el mérito un caballo de Troya fantástico para penetrar en las estructuras de las democracias liberales, y así imponer su definición de “igualdad”. Una igualdad basada en la falacia de “todos somos iguales a priori; son nuestros méritos y esfuerzos los que nos diferencian a posteriori”

No existe una igualdad social a priori, esto es, que no necesite ser defendida y protegida por unas leyes, por un gobierno. Sin embargo, la meritocracia considera esta igualdad social como algo “natural”, “espontáneo” a las sociedades democráticas. Por otra parte, la meritocracia exige la defensa enconada del mérito.

Hay gobiernos que tratan de imponer la “cultura del esfuerzo” y la meritocracia. Tratan de convencer a la población que son instrumentos de justicia social que, siempre según ellos, premian a quien se esfuerza más por mejorar y, por ende, hacer mejorar al país. Sin embargo, el uso que se hace de la meritocracia no tiene nada que ver con alabanzas a las fuerzas vivas del país que, con su sacrifico y duro trabajo, ayudan a progresar la nación. Ni mucho menos. La meritocracia es utilizada para acumular más cuotas de poder en aquellos que van a  perpetuar el sistema.

Desconfiemos, pues, de aquellos políticos a los que se les llena la boca con la “cultura del mérito y del esfuerzo”. De esta “cultura”, no saldrá, como seguro que tampoco sucede con los los modelos educativos segregacionistas, una sociedad más avanzada, hacendosa y eficaz. Muy al contrario, la meritocracia es un ataque a la línea de flotación de la democracia, pues busca perpetuar en el poder, no al más meritorio, sino al que controla los criterios y herramientas de medición del mérito.

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