Reflexiones sobre el doce de Octubre

Parece ser que todos los nacionalismos sufren del síndrome del “Pecado Original”, esto es, que se cree que los miembros presentes de una nación son corresponsables de los actos (buenos o malos) de sus antepasados.

Esta concepción judeocristiana de nación es lógica, teniendo en cuenta que el nacionalismo moderno nació en las cloacas de la Ilustración, donde reaccionarios cristianos (Herder, Le Maistre, Burke…) desarrollaron un concepto de nación tribalista, homogeneo y cerrado, alejado del universalismo bastardo de los Kant, Diderot o Hume.

Así, los nacionalistas se engalanan de hechos pasados que otros hombres (la historia fue tristemente, escrita por hombres, no por mujeres) realizaron en nombre de su nación: batallas decisivas, inventos extraordinarios, obras de arte… Al mismo tiempo, tratan de olvidar los hechos funestos que otros hombres perpetraron en nombre de esa misma nación. Me recuerda un poco a esos forofos que, cuando gana su equipo exclaman “¡hemos ganado!”, mientras que, cuando pierden dicen “han perdido”.

Pero nadie, por pertenecer a una nación, debería rendir cuentas por actos de un pasado que poco tiene que ver con su realidad actual. Así como el Quijote, La Gioconda, las pirámides de Egipto o los manuscritos de Tombuctú son considerados como nobles y universales, también deberían universalizarse hechos monstruosos como las matanzas de indígenas en América, los campos de concentración nazis, o el Gran Salto Adelante chino. Son humanos los que cometieron esas barbaridades, y humanos somos también nosotros. Todos somos descendientes de las víctimas, y de los verdugos.

En todas las naciones existen individuos que, en su nombre, han cometido actos aborrecibles y vergonzosos. Quien esté orgulloso de pertenecer a una nación no tiene por qué estar de acuerdo con esos actos.

Así como a un católico no se le echa la culpa de la Inquisición, a un judío de la muerte de Cristo, o a un musulmán del 11S, a un español no habría que culparle de las matanzas de los conquistadores americanos; a un francés del terror napoleónico, o a un turco del genocidio armenio.

Que cada cual esté orgulloso de lo que quiera, ice la bandera del color que más le guste y cante el himno que se le antoje. Y que nadie venga a denigrar sus sentimientos, quemarle su bandera, ni silbarle su himno.

2 comentarios en “Reflexiones sobre el doce de Octubre

  1. […] Este pensamiento se fundamenta en dos conceptos: la sustantividad del mito, y su inmutabilidad. Por una parte, se confunde mito nacional (o de civilización) con realidad histórica. Al ser imposible abarcar todas y cada una de las informaciones que un grupo humano genera a lo ancho y largo de un periodo de tiempo, el historiador (o el artista, o el político) selecciona unos pasajes, unos acontecimientos, unas personalidades que singularizan, resumen y justifican la existencia de ese grupo. Son los mitos fundadores. Generalmente se tratan de acontecimientos amables, de los que se extirpa cualquier aspecto negativo que enturbie su buen nombre. Son victorias militares. Son descubrimientos geográficos. Son inventos revolucionarios. Son héroes. La historia engalana la nación y la civilización con los retales más bellos que va encontrando en sus investigaciones históricas. Se trata de una selección particularmente parcial y sesgada, que olvida y censura otros acontecimientos, tal vez más bochornosos y desagradables. Aquellos fragmentos de la historia nacional que vale más olvidar, suelen pasar a formar parte de las apócrifas “historias negras”. Estas “historias negras” se encuadran en los mitos fundadores de las agrupaciones/naciones/civilizaciones enemigas, y son usadas para justificar su supuesta superioridad moral. Es por ello que nos acordamos de los genocidios ajenos, los cuales utilizamos como contraejemplos de la Historia; pero tan solo sabemos de los nuestros cuando leemos fuentes extranjeras. […]

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