El Discurso occidental sobre la mujer musulmana

El filósofo Michel Foucault, siempre tan certero, no se hace fácilmente entender por los legos, como es mi caso. Para asimilarlo mejor, he intentado desarrollar una para-teoría sobre sus conceptos acerca del poder y el discurso, con el fin de aplicarlo al tema que trato en este artículo.

En lo que se refiere al ámbito político-social-cultural, no es posible asimilar toda la verdad, todo el saber, toda la realidad de cierto tema. Ese saber puro, bruto, se situa externo a nosotros, impenetrable porque es informe, excesivo y desordenado. Un saber así, misterioso e inexcrutable, no puede ser poseido, controlado por la persona. Se siente, incluso, como una amenaza que puede llegar a destruirnos. Necesitamos, por lo tanto, ordenar y clasificar ese saber. Desaparecida esa madeja informe de datos incomprensibles, el saber se vuelve manejable, aprehensible… controlable.

Se dice que el conocimiento es poder; pero no hay conocimiento sin poder, por lo que habría que invertir los elementos de esa sentencia: el Poder es conocimiento. El Poder es conocimiento porque va a ser él quien, de todo el maremagnum caótico de un saber concreto, va a escoger ciertos datos, ciertas ideas, ciertas imágenes… un grupo reducido de elementos que, a partir de ese momento, van a representar exclusivamente a ese saber, a ese tema político-social-cultural. Todo lo que quede fuera de esa selección, sigue siendo saber, pero saber inútil, desordenado, incontrolable… del cual el Poder se va a deshacer, mediante bloqueos conscientes (tabús), o amnesias inconscientes.

El Poder no sólo va a elegir los datos, sino también las relaciones que se van a dar entre ellos. Todo ello conforma un saber limitado, comprensible, inteligible, que permitirá controlar el tema político-social-cultural en cuestión. A este conjunto de datos seleccionados por el Poder, y las relaciones que se entablan entre sí, se denomina Discurso. Quien controla el Discurso de un tema, controla el tema-en-sí, pues todas las teorías, refutaciones, críticas, tesis y antitesis que se desarrollen sobre ese tema van a utilizar, única y exclusivamente, los datos y relaciones contenidos en el Discurso. El saber ya no será una amenaza; todo el que crea utilizar un saber en contra del Poder, lo estará haciendo según las normas y directivas que el Poder ha impuesto a través del Discurso. Y todo aquel que utilice datos, ideas, imágenes ajenas al Discurso será ninguneado, menospreciado, silenciado. Se le llamará charlatán, populista… loco…

El Occidente moderno-postmoderno, cristiano-laico, liberal-conservador considera a los musulmanes como un tema externo, ajeno a él. Un tema político-social-cultural que es, además, un saber heterogéneo, inabarcable, amorfo. Peligroso y amenazante si no se controla. Occidente debe, pues, apoderarse de lo musulmán; dar forma y contenido a esa masa desmesurada de información que está contenida en los cientos de millones de musulmanes que viven, han vivido, y vivirán, lejos, cerca o mezclados con Occidente. El Poder occidental debe, pues, elegir de toda esa maraña del saber musulmán, aquellos datos, y aquellas relaciones, que le permitan crear un Discurso de lo musulmán. Un Discurso a través del cuál controlar lo musulmán.

Un claro ejemplo de este control discursivo sobre lo musulmán está en el trato que da Occidente al asunto de la mujer musulmana. La mujer musulmana representa para el Poder dos conjuntos de saberes externos a él: lo femenino y lo musulmán. Miles de millones de saberes femeninos que, unos junto con otros, se convierten en un  acúmulo de información imposible de descifrar. Cientos de millones de saberes musulmanes, igualmente de insondables, y de amenazantes. Se hace imperativo para el Poder, pues, elegir, de entre todo ese maremagnum de saberes, ciertos datos, ciertas ideas, ciertas imágenes, con las que crear un Discurso que elimine esa peligrosidad, esa incertidumbre… ese descontrol sobre la mujer musulmana.

Así, durante el siglo XIX y principios de XX, el Discurso occidental sobre la mujer musulmana giró en torno a su sensualidad e impudicia. Los autores europeos describían una sexualidad femenina musulmana que para nada tenía que ver con el férreo control al que se veían sometidas las mujeres europeas de la época. Harenes, serrallos, odaliscas, baile del vientre… La imagen de la mujer musulmana era la de un ser capaz de proporcionar placeres y experiencias que no estaban permitidos en Europa. Un sexo más primitivo, menos elaborado por los códigos sociales. Muchos europeos viajaban a Oriente Próximo para vivir en su propio cuerpo la carnalidad de la mujer musulmana de la que tanto versaban los poetas y pintores románticos.

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La gran odalisca. Jean Auguste Dominique Ingres. 1814

El Discurso europeo sobre la mujer musulmana describía y catalogaba a la mujer musulmana, pero también la colocaba en una situación de inferioridad y, por lo tanto, de control. Frente a la impudicia de la mujer musulmana, se situaba el recato y la virtud de la mujer europea. La moralidad de la segunda era uno de los argumentos de los defensores de la superioridad racial y cultural de Europa. Ésta debía proteger su legado de las amenazas exteriores, y promover su acción “civilizadora” en esos pueblos extraños y bárbaros. Europa tenía que inculcar a la mujer musulmana los buenos hábitos y el decoro europeos.

Muchas cosas han cambiado desde el siglo XIX hasta hoy en día. La mujer es ahora partícipe del Poder occidental. Ya no es un saber externo a él, si no que, en parte, ha sido asimilado, e influye en el Discurso. Éste ya no habla de una mujer moral, vigilante de su intimidad, celosa de su honor. Se ha liberado, como el hombre, de los férreos preceptos que asfixiaban su sexualidad.

Por otra parte la supuesta sensualidad exótica que buscaban los viajeros decimonónicos se ha alejado geográficamente de Occidente; ya no está en Egipto, Persia o Siria, sino en Thailandia, Vietnam, Bali.

El Discurso decimonónico sobre la mujer musulmana y el contemporáneo sobre la mujer occidental se acercan. Existe el peligro que ambos Discursos se confundan, creando una inestable situación que equipara un Discurso de control interno (mujer occidental) con otro de control externo (mujer musulmana).

Cambio de Discurso. Modificación de datos, imágenes, ideas… Ahora la mujer musulmana no será nunca más sensual y libidinosa, encarnación de placeres nunca conocidos por los hombres occidentales. Muy al contrario, la mujer musulmana del siglo XXI será la mujer del burka, del niqab: reprimida, asexualizada, invisibilizada.

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Cuatro gendarmes obligan a una mujer a quitarse el velo en una playa de Niza (Fuente: Vantagenews)

Diferente Discurso, misma función. Occidente deberá seguir protegiéndose de la barbarie que viene de tierras extrañas; del Magreb, de Oriente Próximo, de la Península Arábiga. Y deberá seguir tutelando a la mujer musulmana, la cual, presa de una sociedad primitiva y medievalizante, sufre la anulación física, psíquica y sexual.

En menos de un siglo el Discurso occidental sobre la mujer musulmana ha dado un giro de 180º; de ser un ser inmoral y sexual a principios del siglo XX, se ha convertido en una esclava de la virtud. Sin embargo, el objetivo de ambos discursos es el mismo; discriminar, infantilizar, manipular.

La mujer musulmana no es la sensual odalisca de los autores románticos, ni la sometida del burka de los periódicos de ultraderecha. Existe un Discurso que contiene un saber limitado y calculado sobre la mujer musulmana; sin embargo, el saber de la mujer musulmana es practicamente ilimitado, contenido en las millones de vidas que el Poder, aunque pueda llegar a dominar, nunca llegará a conocer.

12 comentarios en “El Discurso occidental sobre la mujer musulmana

  1. […] La tendencia natural del sistema democrático liberal es la de visibilizar un patrón homogeneizado de identidad nacional. Y el modelo de ciudadano homogeneizado sería el de un hombre, heterosexual, blanco, cristiano-laico, castellanoparlante… Este modelo se crea a partir de un patrón que no tiene nada que ver con la distribución y predominio demográfico de unas identidades sobre otras (por ejemplo, el número de hombres en España es similar al de mujeres, y la visibilización del primero predomina claramente sobre el de la segunda), sino que refleja qué comunidades o bloques sociales tienen acceso al Poder, y cuáles no. Por lo tanto, en un sistema democrático liberal, el acceso a la visibilidad no tiene que ver nada con la democracia: se trata de un atributo exclusivo del Poder, prelegal, predemocrático. […]

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  2. […] En cualquier sociedad, incluso en las democráticas, los ciudadanos no manejan libremente la información que son capaces de percibir y recibir. Y es que, en una sociedad hipotéticamente todo-libre, el número de posibilidades de acción y pensamiento serían casi infinitas. Un pensamiento todo-libre, casi ilimitado no puede abarcarse de modo ordenado. Una sociedad que se maneja en términos de desorden e infinito no tiene instrumentos para constituir estructuras de común entendimiento y, por lo tanto, está abocada al desastre. Es por ello que se hace necesario reducir el número posible de acciones y pensamientos permitidos; hay que fomentar ciertas ideas, a la vez que se censuran otras. Este juego de equilibrios está regido por un Poder, con mayúscula,  que es horizontal y parademocrático. Se trata de un poder horizontal, que se ejerce desde todos, hacia/contra/para todos. Entreteje en la sociedad una red de interacciones tan amplia y compleja que ninguna persona ni ningún grupo de presión pueden ejercer una autoridad lo suficientemente firme como para monopolizarlo. Y, aunque todos participamos en el Poder, no lo hacemos con cuotas proporcionales e igualitarias: ha…. […]

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