Brexit, Colombia, Trump… Discurso del Poder, discurso del Pueblo, discurso populista

Dos mil dieciséis ha sido un año prolífico en sorpresas electorales. Las agencias de encuestas han errado, sino en todas, en muchas de sus predicciones de voto… ¿quién pensaba que iba a vencer el “sí” al Brexit, el “no” al acuerdo de paz en Colombia, o la candidatura de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos de América?

Ante la sorpresa e indignación popular que surgen tras la publicación de los resultados de estas elecciones democráticas, los perdedores buscan razones en el porqué de su derrota; y suelen echar la culpa de ello a los votantes. Que si son gente mayor e inculta (Brexit); que si son señoritos de ciudad que no tienen ni idea de lo que es la violencia (Colombia); que si son paletos blancos analfabetos y violentos (Trump)…

En una democracia se establecen unas normas de juego electoral, gracias a las cuales todos los ciudadanos tienen derecho a votar, independientemente de su origen étnico o religioso, sus estudios, o su nivel socioeconómico. Por lo tanto, vale lo mismo, y hay que respetar de la misma manera a todo voto, a toda opinión formalizada de manera oficial en una elección o referéndum, independientemente del resultado. De lo contrario, no hablaríamos de democracia, sino de una aristocracia donde, para tener derecho al voto, habría que cumplir una serie de requisitos (edad, nivel cultural, económico…).

Cuando se produce una sorpresa electoral como las antes comentadas, más que criticar al que ha votado, habría que ponerse a dilucidar qué es lo que ha fallado; por qué, de entre las dos o más opciones que había para escoger, el pueblo ha elegido la “incorrecta”.

El primer paso para llevar a buen puerto nuestras reflexiones sería analizar por qué, desde los medios de comunicación, desde las redes sociales, o desde los estamentos oficiales, se habla de una opción “correcta” y de una opción “incorrecta”. Y aquí entra en juego el Discurso del Poder.

Cuando hablo de Poder con mayúscula, no me refiero a un poder vertical, piramidal, ejercido desde una élite política hacia unos súbditos desprovistos de ámbito de decisión; tampoco me refiero a un grupo de oscuros multimillonarios que ejercen sutiles conspiraciones para tenernos sometidos a sus caprichos. Tal vez la élite política y las multinacionales tengan gran influencia en el Poder, pero no por ello éste deja de ser una estructura horizontal y compartida por todos y cada uno de los ciudadanos (todos somos, al mismo tiempo, agentes y objetivos del Poder). El Poder, como el Mercado, no es democrático, pero en él influimos todos. El Poder trata de controlar la sociedad para que ésta tenga un funcionamiento estable y ciertamente previsible, evitando así situaciones de inestabilidad y movimientos erráticos, que traerían confusión, parálisis y desasosiego a la población. No se trata de un control justo o injusto, sino de un control estabilizante.

Sin embargo, la sociedad a la que trata controlar el Poder es un elemento complejo, intrincado, heterogéneo… El número de opciones de forma de vida, de opinión, de conciencia… en una sociedad libre y democrática es ilimitado. Y si hay algo que no puede gobernarse, eso es el Infinito.

Por lo tanto, el Poder trata de buscar estrategias para reducir la complejidad de la sociedad, para homogeneizarla y, así, clasificar a los individuos de una manera más clara y racional. Por ello, elegirá de entre toda la información que emite la sociedad, sólo unos pocos datos, los que más le convengan, y creará una red de relaciones entre esos datos para así crear un Discurso (Ver: El Discurso occidental sobre la mujer musulmana y Sobre la prostitución, y su legalización). A través de la imposición de este Discurso a la sociedad, el Poder podrá justificar unos criterios de bien/mal, moral/inmoral, legal/ilegal, sobre los cuales establecer el equilibrio y orden social. Toda la información que queda fuera del Discurso, aunque exista, y forme parte de la sociedad, será censurada a través de los tabúes o de la locura. Si quieres ser malo, tendrás que serlo tal cómo dicta el Discurso. Si te sales del Discurso, no serás malo, mas demente y alienado.

El Poder no elimina aquellos datos ajenos al Discurso, simplemente los silencia. Están ahí, externos a él, constituyendo una masa informe, caótica, abrumadora. La información externa al Discurso del Poder no puede ser analizada y clasificada, a no ser que el Poder decida incluirla en su Discurso. A ese sumatorio amorfo de datos, informaciones, imágenes, ideas… que transitan por una sociedad se le podría llamar discurso del Pueblo. El Discurso del Poder recoge una pequeña parte de ese discurso del Pueblo, pero abandona, silencia o degrada a la locura a toda la información que decide no utilizar.

Vale más el Discurso del Poder por su capacidad de clasificación y control, que por su veracidad y coherencia con la realidad. Pero no se puede decir que el Discurso del Poder es una mentira. Más bien se trata de una verdad parcial o, mejor aún, de una ilusión de veracidad.

Mientras el Discurso del Poder ejerce un control social satisfactorio, no se producen rupturas con el discurso del Pueblo. La sociedad acepta las reglas de juego del Discurso, y es capaz de manejarse en ese casi esquizofrénico juego de verdades paralelas. Sin embargo, hay momentos en los que se produce una verdadera fractura entre el Discurso del Poder y el discurso del Pueblo. Ocurre en las épocas de crisis económica y social. Son en esos momentos cuando los criterios de bondad y maldad oficiales se resquebrajan, y la sociedad busca, lejos de la dialéctica del Poder, explicaciones a su malestar.

Es entonces cuando se refuerzan los discursos populistas. Estos siempre están presentes en las sociedades, sobre todo en las democracias en las que se defiende la libertad de conciencia. Mientras el Poder sea capaz de hilvanar un Discurso eficaz, los discursos populistas estarán encerrados en el baúl de la charlatanería y la demagogia. Solo cuando se produce la ruptura de confianza hacia el Discurso del Poder, los discursos populistas tienen la oportunidad de emerger del tabú y la locura.

El discurso populista imita al Discurso del Poder. Toma del discurso del Pueblo unos datos, informaciones, imágenes, ideas… que son las que más le convienen; y crea relaciones entre ellas. Muchos de los datos que recogerá en su seno serán tabús para el Discurso del Poder. El discurso populista, como el Discurso del Poder, tratará de alienar a aquellos que no utilicen su sistema discursivo. Los considerará locos, enajenados… manipulados.

Al principio, el discurso populista es incompleto, fragmentario, y sólo recoge aquella información que le viene bien para alcanzar la meta deseada: el poder, el control social… la derrota del Discurso del Poder. Se trata de un discurso inmaduro, lleno de ambigüedades; aún necesitará del Discurso del Poder para rellenar sus vacíos, sus carencias. Pero a medida que va obteniendo sanción popular, el discurso populista madura, toca temas ajenos a sus intereses primarios, elimina equívocos y, finalmente, llega a componer un auténtico para-Discurso del Poder. Es en esos momentos cuando el discurso populista puede sorprender al discurso del Poder. Es en esos momentos cuando, por ejemplo, en unas elecciones, los votantes eligen una opción que, según los esquemas del Discurso, es mala, inmoral… incorrecta.

El Poder solo volverá a sintonizar con la sociedad si realiza una autocrítica serena y desapasionada sobre su Discurso. No, no ha fallado la sociedad, el pueblo soberano. No es más inculto, ignorante, zafio, inmoral, perverso… que cuando aprobaba el Discurso del Poder. Todas esas ideas y opiniones que nutren el discurso populista siempre han estado ahí: el racismo, la xenofobia, la lucha de clases, la criminalización del pobre… todo ello precede a cualquier discurso. Quien ha errado ha sido el propio Poder, que no ha sabido seleccionar, de entre todos los datos, informaciones, imágenes e ideas que produce la sociedad, aquellas que generen un Discurso del Poder de garantías, esto es, que logre un efectivo control y estabilidad social.

Si el Poder, en vez de hacer tabula rasa, sigue menospreciando y criminalizando a aquellos ciudadanos que eligen opciones alejadas de su Discurso, no logrará frenar esos discursos populistas, ya convertidos en muchos lugares en para-discursos del Poder, y acabará siendo destruido y sustituido por éstos. La Historia nos muestra una y otra vez lo fácil que es revertir el pensamiento oficial; lo poco que cuesta trocar lo inmoral en moral, al malo en bueno, y lo injusto en justo. Y es que, no olvidemos, si las sociedades complejas en las que vivimos necesitan de un Discurso del Poder no es por la verdad o la justicia, sino por el control y la estabilidad.

 

7 comentarios en “Brexit, Colombia, Trump… Discurso del Poder, discurso del Pueblo, discurso populista

  1. […] Casi todas las democracias liberales han sufrido la “contaminación” historicista del nacionalismo, lo que supone que el término “nación” se delimite en base a unos criterios de historia, cultura, lengua, raza, religión o cualquier otro elemento que se considere sagrado y diferenciador de una realidad nacional. Es por ello que las democracias liberales tienden a homogeneizar al ciudadano, de modo que las estructuras etáticas tenderían sólo a visibilizar y representar a aquel que cumpla con los criterios nacionales. A estos criterios habría que sumar los atributos seleccionados por el Poder que, nunca incompatibles con el nacionalismo, muchas veces coinciden con los de éste. El modelo nacionalista de representatividad etática y social homogeneizada visibiliza a un importante grupo de ciudadanos, aquellos que cumplen con las exigencias de los principios nacionales (historia, cultura, lengua, raza, religión…) y del Poder (sexo, nivel económico y social)… Sin embargo, margina a otros grupos de ciudadanos que, bien no cumplen con los criterios, bien forman parte de los silenciados por el Discurso del Poder. […]

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