La guía Parker y el informe Pisa

Desde hace unas décadas el mundo del vino vive bajo la dictadura de Robert Parker,  crítico enólogo que ha sido capaz de convertir su guía de vinos (The Wine Advocate) en standard mundial. Sus opiniones acerca de los caldos producidos a lo largo y ancho del mundo son, hoy en día, referencia para millones de amantes del vino.

Su sistema de puntuación (50-100) es fácilmente comprensible, accesible y orientativo. No hay duda que Robert Parker ha abierto la cultura del vino en lugares donde años atrás apenas se descorchaba una botella. Con su sencilla pero eficaz clasificación ha educado el paladar de muchos neófitos en este complejo e interesante fenómeno cultural-gastronómico.

Pero, a la vez, teniendo en cuenta que las calificaciones de los vinos se hacen en función a sus criterios y gustos (prefiere tal variedad de uva, tal coupage, tal madera…), se puede también decir que, hasta cierto punto, Robert Parker, además de educar, lo que también ha logrado es homogeneizar los gustos y centrarlos en uno único: el suyo.

El efecto que tiene Robert Parker en la industria vitícola es tremendo, pues mucha gente compra vino en función a las puntuaciones que publica en su The Wine Advocade. Las empresas familiares e históricamente consolidadas no tendrán ningún problema en huir de los planteamientos de este crítico, pues cuentan con suficiente autonomía y fidelidad del consumidor para evitar someterse a sus gustos. Sin embargo, grandes compañías vitícolas, generalmente controladas por grupos inversores que poco tienen que ver con el mundo de la uva, buscan el beneficio empresarial por encima de todo. Como tener más puntos Parker supone vender más botellas, obligarán a los responsables de los viñedos a adaptar sus producciones a los gustos de Robert Parker: cambios de tipo de uva, de sistemas de fermentación, de tipo de barrica…

El resultado de estas modificaciones será un caldo más acorde al paladar de Robert Parker y, por ende, con mejor puntuación en su revista. Pero ello no repercutirá obligatoriamente en la calidad real del vino; podrá incluso ser de mucha menor calidad que el vino elaborado según técnicas previas. Se habrá, de cierto modo, falseado el sistema de puntuación, para dar así apariencia de calidad.

Por otra parte el informe Pisa es un instrumento valiosísimo que permite comparar la calidad de la enseñanza entre diferentes países. Se trata de un examen con un tamaño muestral lo suficientemente amplio como para dar una idea de la calidad de la enseñanza en un país o región. A pesar del rango casi de oráculo que se le quiere dar, el informe Pisa tiene un valor meramente orientativo, del cual pocas conclusiones se pueden sacar y, en caso de obtenerlas, habrá que analizarlas con sumo tiento. De lo contrario, con el informe Pisa podría suceder lo mismo que con la guía Parker: ante la necesidad de justificar una mejora de la calidad o una excelencia en la educación, los diferentes gobiernos, en vez de poner instrumentos para mejorar la enseñanza en sí misma, invertirían dinero y esfuerzo en reforzar a los alumnos en la resolución de las pruebas de las que se compone dicho examen. De este modo mejorarían los resultados del informe Pisa y, con ello, la imagen de la educación del país ante los ciudadanos, y ante el mundo. Sin embargo, como sucede en la guía Parker, usar estos vericuetos para mejorar la nota del informe Pisa no conllevaría una mejora de la calidad de la educación; más bien lo contrario, pues se hipertrofiaría una serie de capacidades del alumnado, en detrimento de otras, igual o más necesarias que las analizadas en dicho informe.

En el ámbito educativo no sólo existe el informe Pisa; existen más ejemplos donde la enseñanza puede ser maldirigida hacia un examen-objeto: institutos donde no enseñan asignaturas, sino a aprobar la prueba de entrada a la universidad; facultades de medicina orientadas, no al paciente, sino al concurso MIR… Cuando lo que importa es el resultado obtenido en un examen, y no la calidad de lo aprendido, se produce una corrupción en el sistema que, en ocasiones, puede provocar una merma real en la calidad de lo enseñado. Dar a estos informes la real importancia que tienen, y no sobredimensionarla, es el primer paso para no caer en ese atroz maniqueísmo estadístico.

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