Los estados físicos del pensamiento

A lo largo de siglos de historia, teólogos, filósofos y científicos del mundo entero han tratado de encontrar la piedra filosofal que nos guíe hacia una verdad universal, irrefutable, aceptada por todos: la Verdad.

En la Antigüedad la Verdad era propiedad de los dioses y, por lo tanto, los sacerdotes que intercedían por ellos ante los mortales, eran sus detentores. Sólo había una verdad, la de los dioses, y ésta era fija, estable, perpetua. Dominaba la vida y muerte de los humanos, y éstos se tenían que plegar ante ella, aunque no fueran capaces de comprenderla; aunque contradijera sus experiencias vitales. Ciertamente se trataba de la Verdad en estado sólido: dura, rocosa, inalterable.

Los Modernos arrebataron la Verdad a los dioses y se la entregaron a los humanos. La verdad no era ya propiedad de los sacerdotes, sino de la Razón. A partir de entonces, se aceptaba la imperfección de la Verdad mas, a través de la Razón, ésta llegaría algún día a ser corregida y depurada. Confiaban en que, con el progreso de las ciencias y el pensamiento, la Verdad evolucionaría, se haría  más “verdadera”, más mayúscula. Y así, hasta que, un día, la Humanidad tendría ante ella un producto formidable, innegable, universal, perfecto. En los tiempos modernos la Verdad estaba en un estado sólido blando, plástico, maleable. Pero con vocación de alcanzar la misma dureza que la Verdad Antigua.

Quizás fue a partir del principio de incertidumbre de Heisenberg, quizás a partir de los desmanes cometidos en nombre de la Razón durante la primera mitad del siglo XX, que se empezó a dudar de que, algún día, el ser humano accediera a una verdad universal, estable y perfecta. Más aún, se dudó de que la Razón fuera instrumento suficiente como para poder discernir entre la verdad y la mentira. La Verdad se transformó entonces en un ente frágil, quebradizo, soluble y continuamente en cambio. La Verdad alcanzó el estado líquido, como bien diría Zygmunt Bauman. La verdad líquida se trata de un estado de transición del pensamiento, provocado por la decepción moderna. La verdad líquida no es verdad, sino más bien el fracaso de la misma, pues se trata de un todoterrelativismo en el que se confunden las fronteras entre verdad y mentira, bien y mal, realidad y ficción.

Quizás el gran error del pensamiento moderno ha sido el de tratar de emular el modelo de verdad de la Antigüedad, esto es, el estado sólido. A pesar de todas las modificaciones  y revoluciones fenomenológicas y epistemológicas, los Modernos habían fijado un objetivo, una meta, que, si bien en la Antigüedad se podía sostener, los nuevos modelos de pensamiento no permitían su existencia.

Momento pues, de modificar los conceptos de Verdad, y adaptarlos a una visión menos “clásica” y más “cuántica”. Quizás no exista una Verdad sólida, rígida, universal y preclara, tal como mantenían los Antiguos y buscaban afanosamente los Modernos. De existir en ese estado, tal vez no estemos capacitados para acceder a ella, o tal vez sea una verdad inútil. Sin embargo, con los instrumentos que nos otorga la Razón, podemos acceder a una verdad, ni líquida-todorrelativa, ni sólida-universal, sino una verdad en transición, mesógena, quiral; lo suficientemente estable como para servirnos de referencia, lo suficientemente inestable como para evitar convertirla en un dogma de fe.

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