Qué es la democracia liberal, y qué es el populismo

Dentro del amplísimo espectro ideológico político de las democracias liberales europeas, empiezan surgir grupos que defienden el desprecio de las leyes, bien en nombre de la supuesta voluntad de un pueblo al que dicen representar, bien en nombre de un probable pero incierto bien mayor (lucha contra la pobreza, contra la desigualdad…), al cual las leyes aparentemente no permiten acceder.

Las leyes en democracia tienen, entre sus misiones, la de servir de muralla contra los deseos de poder de dictadores. Esto supone que la ley debe ser un freno contra las actuaciones de un gobernante; de cualquier gobernante, pues todo aquel que accede al poder corre el riesgo de convertirse en un sátrapa. La ley no sólo contendrá acciones y actitudes “negativas” (desmantelamiento de los poderes democráticos, leyes injustas…), sino que también supondrá una rémora para otras medidas que se podrían denominar “positivas” o “justas”. Y es que, al final, la función última de las leyes es el enlentecimiento sosegado de la acción política.

Frente a este lento sosiego de la ley democrática liberal, donde toda acción política se ve apaciguada y ralentizada por el cumplimiento necesario de las leyes, está la ley autoritaria, liberada de condicionantes constitucionales, como sucede en dictaduras y regímenes mixtos (China, Rusia…). Los gobernantes de estas naciones pueden tomar medidas vertiginosas, rápidas, eficaces, sin necesidad de que éstas sean conformes a la ley, pues éstos tienen poder para que ésta se adapte a sus acciones políticas (y no al contrario).

Ante los supuestos éxitos (intensificados por los altavoces mediáticos) y la ausencia de fracasos (velados por la censura), el poder de los autoritarios, en comparación con el de los demócratas, es más eficaz, contundente. Mientras en las democracias liberales los gobiernos tienen que velar por un trato justo y ecuánime de las partes, en los regímenes autoritarios sirven las interpretaciones simplificadas de hechos complejos para acusar y desacreditar a la parte contraria; y así actuar, sin ningún tipo de traba judicial, contra ellos. La democracia liberal es la del gobernante débil, indeciso, ineficaz. La de las dictaduras, el líder carismático y eficiente. La política en las democracias es una lucha contra la decepción; en las dictaduras, una guerra contra el desenmascaramiento.

En tiempos de crisis política, hay quienes miran, no con recelo, sino más bien con envidia, a los gobernantes de regímenes autoritarios que, con mano de hierro, son capaces de tomar decisiones que los nuestros, bien nunca se atreverían a tomar (pues se les vendría encima una opinión pública abierta y librepensante), bien están atados por las leyes.

Imagino que políticos de todo signo político querrían, sobre el papel, llevar a cabo muchas más acciones de las que en realidad realizan. El deseo del político por cambiar la vida de los ciudadanos se ve también, en cierta manera, modelado, encadenado por el espíritu de las leyes. Sin embargo, empiezan a aparecer en Europa movimientos políticos que se están aprovechando de la indignación popular para difundir un ideario absolutamente alejado de la moderación que exigen las leyes. Consideran que estas son un impedimento para que mejore la vida de los ciudadanos (¿o son súbditos?), y hay que superarlas, poner la acción del gobernante por encima de unas leyes inútiles, injustas y opresivas… ¡Sedición!

Es cierto que las leyes no son siempre justas, y por ello existen mecanismos para modificarlas y así mejorarlas. Pero eso no importa al populista. El populista no desea cambiar la ley; quiere gobernar por encima de la ley, a pesar de la ley. Toma como role models a los gobernantes autoritarios de otros países, eligiéndolos según su espectro ideológico. Simplifica al absurdo temas espinosos y complejos, cargando las culpas en las espaldas de ciertos chivos expiatorios (acá españoles, allá refugiados, acullá musulmanes), y tomando medidas excepcionales contra ellos. Se erige como el representante de la voluntad de un pueblo, y sitúa a esta supuesta voluntad en un rango superior al de la obediencia a las leyes.

Cuando triunfa un populista y pone en marcha su proyecto de destrucción del sistema legislativo liberal, éste debe modificar también su comunicación con los ciudadanos a los que supuestamente representa. Una vez trocada la ley democrática a ley autoritaria, toca trabajar para reconstruir la dignidad de la ley, y así obligar al pueblo y a la oposición a plegarse bajo las nuevas normas de juego: igual de imperfectas que las leyes democráticas; tal vez más injustas.

Desconfiemos, pues, de aquel que antepone la voluntad de un pueblo o un supuesto bien mayor al riguroso imperio de la ley democrática. Porque lo que, en realidad, está haciendo, es utilizar esas coartadas para modificar el código legislativo a su capricho, y por sus intereses.

 

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