Verdad y posverdad

Posverdad es un neologismo que describe la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales. Fuente: Wikipedia

Desde hace unos años, sobre todo a través de la influencia de internet, se ha puesto de moda el término posverdad, que se podría definir el proceso de creación de un discurso que toma como referencia una mentira publicada en un medio de comunicación o una red social. El discurso de la posverdad obviaría los hechos objetivos, para centrarse en datos falseados de alta carga emocional. El auge del término posverdad (Ver: “Posverdad”, la palabra del año) se debe, sobre todo, a su uso a la hora de interpretar la escalada populista durante este último año (Brexit, Polonia, Turquía, Trump…).

La posverdad no es algo novedoso, ni un invento del siglo XXI. La posverdad, tal como la podemos entender hoy en día, apareció ya en los albores de la Revolución Francesa, momento en el cual el súbdito se convirtió en ciudadano, y éste segundo dejó de estar sujeto a las obligaciones del primero. La adquisición de la libertad de conciencia por parte del ciudadano llevó al Poder a crear recursos con los que convencerle: para ir a la guerra, para perdonar los dispendios de los poderosos, para fomentar enemistades entre iguales… Lo que hoy se llama posverdad, antes era propaganda. Previo a las revoluciones liberales del siglo XIX, no hacía falta propaganda o posverdades, pues el súbdito estaba obligado, por dios y por el rey, a enrolarse en los ejércitos y a pagar los diezmos al clero y al noble. Y es que religión y monarquía son, tal vez, elementos de proto-posverdad, de pre-propaganda.

El concepto posverdad exige la existencia previa de una verdad. Esa verdad anterior a la posverdad estaría construida por un discurso de datos objetivos y mensurables. La posverdad-irracional se situaría, por lo tanto,  enfrente de esa verdad-racional.

Sin embargo, se corre el riesgo de considerar a la verdad-racional como hecho indiscutible, realidad innegable, Verdad con mayúsculas. La verdad-racional no es más que una imagen de la realidad, construida con un aparataje lo más objetivo posible, pero cuyo producto no deja de ser una copia de la realidad. Kant ya advirtió que los saberes y conocimientos acumulados no nos permitían aprehender la realidad-en-sí, sino tan sólo una imagen, más o menos fiel, de la misma. Verdad-racional es imagen de la realidad. Del mismo modo que lo es la posverdad-irracional. La diferencia entre ellas no se situaría en su contenido (imagen), sino más bien en su cualidad: mientras la imagen de la verdad-racional provendría de un trabajo de síntexis de datos objetivos, la posverdad-irracional sería el fruto de las pasiones y los temores.

Otro riesgo a la hora de analizar la verdad-racional es  creer que todos los datos manejados por ella proceden exclusivamente de la objetividad y de la mensurabilidad. Todo hecho complejo, como lo son todos los actos sociales, políticos y culturales, contiene una carga afectiva que es imposible de soslayar; por mucho que el análisis se ejecute con rigor objetivo, toda verdad-racional está también alienada por pasiones y temores. Estas emociones, a diferencia de los de la posverdad-irracional, están incluidas en el Discurso del Poder, por lo que serían sentimientos “aceptados”, “normativos”, a punto de recibir la calificación y el grado de “objetivos”. Mientras los sentimientos de la verdad-racional transitarían libres en el mundo de las ideas, los de la posverdad-irracional quedarían recluidos en los tabúes, en las censuras que genera el Poder para poder codificar y validar su Discurso (Ver: Brexit, Colombia, Trump… Discurso del Poder, discurso del Pueblo, discurso populista). Pero, por mucho que unos estén normalizados y aceptados  y los otros estén marginados por el Poder, todos ellos son sentimientos que van a actuar de la misma manera sobre la psique del ciudadano; generando alegrías, temores, recelos… todos ellos independientes de la objetividad.

Por lo tanto, la verdad-racional que precede a la posverdad-irracional no es Verdad Absoluta; ni siquiera es todo-objetiva. Sin embargo, desde el Poder se le ofrece el mismo realce de axioma incuestionable que a las leyes físicas y a los fenómenos de la naturaleza. Y es ahí donde erramos. Porque, a diferencia de los hechos mensurables naturales (ley de la gravedad, teoría de la relatividad…), la verdad-racional tiene fallas, errores, excepciones de funcionamiento. No es perfecta. Además, en los tiempos del populismo, cuando las barreras de los tabues caen, los sentimientos contenidos en la verdad-racional se sitúan al mismo nivel que los de la posverdad, perdiendo su hálito de falsa objetividad.

Posverdad y verdad son un mismo fenómeno. Hasta el punto que la posverdad de hoy se puede convertir en la verdad del mañana. Considerar que, desde la atalaya de la verdad-racional, nuestros argumentos son  superiores, más nobles y están mejor apuntalados que los de los populistas es, simplemente, una falta de humildad que puede llevarnos a perder la razón frente a ellos. Si aceptamos que nuestra verdad-racional no es una Verdad Absoluta, delimitamos las fronteras de nuestra objetividad; y tenemos en cuenta los elementos subjetivos que influyen en nuestro razonamiento, no sólo estaremos mejor preparados para afrontar la posverdad populista, sino que también valoraremos más justamente nuestro sistema de valores y creencias: sus fortalezas, y también sus debilidades.

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