El error de Prometeo

Según la mitología griega, Prometeo era un Titán que urdió una trampa a Zeus para entregar el fuego a los hombres. Como castigo a su osadía, Prometeo fue encadenado, y su hígado, que se regeneraba todas las noches, era devorado al día siguiente por un águila. Así, toda la Eternidad (Fuente: Wikipedia).

La tradición de la filosofía occidental ha utilizado el mito de Prometeo para ilustrar el hecho moderno. A partir del del siglo XVIII, los filósofos situaron a la razón humana como medida de todas las cosas, arrebatando a dios su lugar central en el mundo y en la vida de los mortales. Frente las formas y fondos antiguos, basados en el principio de autoridad (y la de dios, es la autoridad suprema), el pensamiento moderno supone pues, una rebeldía. Pero también se presenta como un intento de usurpación del hueco dejado por el dios ausente. Según esta naturaleza usurpadora, La Razón puede (y debe) aspirar a alcanzar las más altas cotas; esto es, ofrecer a los mortales aquel Paraíso que los dioses guardan para ellos mismos.

El universo era interpretado en la Antigüedad según la tradición aristotélica: un ente cerrado, limitado, geocéntrico. La creación giraba alrededor de nuestro mundo, y éste, había sido entregado en usufructo por dios a los hombres. Según esta lectura del universo, sólo dios era eterno, absoluto, infinito… y perfecto. En un mismo ser (dios) se enlazaban dos naturalezas: infinito y cosmos; orden sin necesidad de establecimiento de límites o fronteras.

Con la llegada de la modernidad, la concepción antigua del universo se tambalea. Nuestro mundo ya no es el centro alrededor del cual todo gira, sino un pedazo (minúsculo) de materia perdido en un maremágnum indescriptible de estrellas, galaxias y agujeros negros. La Tierra pierde la centralidad, y el ser humano se convierte en un náufrago, perdido en la inmensidad galáctica.

Mientras en la Antigüedad el hombre había recibido de dios un mundo completo y acabado, el mundo de la Modernidad está aún por edificar y construir. Al mismo tiempo que dios ya no es el propietario de un universo perfecto, el ser humano deja de ser su inquilino. Este último deberá trabajar, con la herramienta de la Razón, para perfeccionar su hábitat y, así, acceder a los estándares de la creación divina propugnada por los antiguos.

Se sustituye el medio (dios por el ser humano y su razón), mas no el objetivo (el Paraíso; el infinito y el cosmos a la vez). Pero, una vez desaparecido dios, lo absoluto y lo eterno vuelve a su lugar de origen: el caos, la destrucción. No hay vida en un universo ilimitado; no hay vida sin un principio y un final.

Castigados por su osadía, los modernos fueron engullidos por la incertidumbre y el escepticismo. Se perdieron en un universo indefinido, sin fronteras marcadas: el relativismo postmoderno. Ante la incapacidad evidente de igualar a la idea de dios, el ser humano bajó su mirada del cielo, de las estrellas, de las altas cotas del Paraiso sobre la faz de la Tierra, y volcó sus atenciones hacia lo único de lo que sí conoce fronteras y  límites: él mismo. El hígado de Prometeo que se come el águila no es más que nuestro propio ego.

Quizás, el error de Prometeo no fue robar el fuego a los dioses, sino creerse él mismo un dios por haber obtenido tal precioso tesoro. De la misma manera, el pensamiento moderno se ha visto sobrepasado por su intento de remedar las formas y los objetivos del pensamiento antiguo, esto es, tratar de alcanzar por medios humanos aquello que en los textos sagrados sólo estaba en manos de la divinidad.

Quizás, tras el receso postmoderno, el mito al que deberá confrontarse el pensamiento occidental ya no será nunca más el de Prometeo, mas el de Dédalo quien, a pesar de desafiar la propia naturaleza humana, se alejó de la vanidad que llevó a la muerte de su hijo Ícaro. Volver a la Razón, pero alejándose de proyectos sobrehumanos.

2 comentarios en “El error de Prometeo

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