La recontextualización, o el final del principio de autoridad

Una de las grandes diferencias que se dan entre la formas de pensar antiguas y modernas es la importancia que atribuyen cada una de ellas al principio de autoridad. En la Antigüedad, toda idea, todo enunciado eran rígidos, inmóviles o de muy escaso movimiento, pues estaban atados a aquello que había sido previamente dicho, bien por los maestros clásicos (griegos, romanos, padres de la Iglesia), bien por los textos de la Biblia. El pensamiento antiguo era prisionero de las opiniones previas, de los axiomas de sabios mitificados, de la tinta de libros inspirados por dioses. Por el contrario, durante la modernidad, el pensamiento se despojó de esa pesada carga que le impedía avanzar y evolucionar y, sobre todo, dar rienda suelta al instrumento que, a partir de entonces, se convertiría en la piedra angular de toda investigación científico-humanista: la Razón.

Probablemente fueron los tipos móviles de Gutenberg los que, de cierta manera, favorecieron esta transición entre el pensamiento antiguo y moderno. Previo a la imprenta, el acceso a lo escrito era muy limitado, pues libros había pocos, y todos ellos conservados de manera hermética en las bibliotecas de los monasterios. No sólo que el principio de autoridad era dominante, sino que, además, las fuentes de esa supuesta autoridad se encontraban prisioneras, en manos de la Iglesia. Sin acceso a las fuentes, la única interpretación y, por tanto, la contextualización de las mismas quedaban en manos de los religiosos. La aparición de las imprentas en todas las grandes ciudades de toda Europa permitió que un número mayor de personas (aunque todavía aún muy limitado) pudieran leer, de primera mano, aquello que los grandes sabios de la Antigüedad habían proclamado de manera tajante y meridiana. Con Lutero y su Reforma además, se dio luz verde a la posibilidad de leer los textos bíblicos en lengua vulgar, y así interpretarlos de modo independiente de la jerarquía católica.

Durante la Modernidad el pensamiento se liberó del principio de autoridad. Sin embargo, esa liberación no fue completa. Se mantuvieron formas antiguas en el modo de obrar moderno. Así, al texto impreso se le otorgó el carácter de original, individual y autónomo (que rompía con la necesidad antigua de adscripción a los principios de autoridad), pero también de estable, permanente y canónico. La palabra escrita no se la podía llevar el aire. Quedaba allí, sobre el papel, perenne a los cambios y a las modificaciones de la Historia.

Sin embargo esas  estabilidad y canonicidad del texto impreso son una mera ilusión moderna. Lo que ha querido transmitir un autor de un libro no es lo que le llega al lector. El lector es libre para interpretar el texto, como libres eran los puritanos que aprendían a leer la Biblia para poder así descifrarla. Un texto es leído de tantas maneras diferentes como lectores se aproximan a él. Si bien la estructura física (el volumen) de un libro es inalterable, las traducciones y las reediciones, así como la crítica, alteran la estructura nativa del texto contenido en ese espacio físico. El texto impreso pues, ni es estable, ni es canónico. Aun así, durante la Modernidad el libro recibió ese trato y consiguientemente, el texto impreso fue pensado y escrito en base a ese modo de catalogarlo. Había aún un cierto principio de autoridad residual que moraba, pues, en las imprentas.

Los avances tecnológicos de las últimas décadas han dejado en evidencia la ilusión moderna del texto impreso. Si bien antes el libro, desde un punto de vista meramente físico, era una estructura física rígida e inmodificable, hoy en día los sistemas digitales permiten de manera rápida y eficaz alterar el texto. Y es que, ya no es necesario un libro físico, de papel; la pantalla de un ordenador o un e-book pueden sustituirlo. Además, gran parte de la población tiene acceso a un procesador de texto informático y a una impresora. Y si no, se puede editar y publicar vía internet. El texto impreso en caracteres fijos nunca será más un elemento  estable y canónico.

La evidencia que negaban los modernos, esto es, que cada lector interpreta y contextualiza un libro según su forma de pensar y sus vivencias, queda al descubierto en la era digital: todos nosotros podemos apropiarnos del texto de otro autor y publicar nuestra propia reinterpretación del mismo. Es la era de los memes, a través de los cuales una imagen o una parte de un discurso es re contextualizada, a veces para criticar, otras para caricaturizar, incluso en algunos casos para explicar y enseñar. El texto impreso ya nunca más será un objeto fijo; no podrá contener en sus páginas ese principio de autoridad residual que le habían atribuido los modernos.

No hay una verdadera revolución de las ideas en la era digital, sino una reinterpretación de algunos mitos (algunos de ellos falsos) en los que se ha sustentado la modernidad. Y la estabilidad del texto impreso es uno de ellos. Acabar con estos falsos mitos no tiene porqué significar que también se liquide el espíritu moderno. Muy al contrario, permite limpiarlo de corrupciones y vicios de pensamiento antiguo que, en su momento, no se supieron, no como en otros casos, sacudir y purgar.

 

 

4 comentarios en “La recontextualización, o el final del principio de autoridad

  1. […] La segunda oralidad es una ruptura con el patrón previo de transmisión cultural y una pérdida de las referencias sólidas que se atribuían al texto impreso. El proceso de paso del texto-sólido de Gutenberg al texto-líquido post-Gutenberg no implica los mismos mecanismos que los aplicados a la transición entre la Modernidad y la Postmodernidad. En la segunda oralidad no hay decepción ni desilusión. Simplemente, se libera un sentimiento que, aunque probablemente existente desde la publicación de la Biblia de 42 líneas, había permanecido silente durante casi cinco siglos: el texto impreso no sólo dice lo que el autor quiso expresar, sino lo que también el lector extra…. […]

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  2. […] El texto científico está bien protegido, dentro de los límites marcados por el paréntesis Gutenberg gracias a su naturaleza todo-objetiva y casi-matemática, pero también porque no se trata de un texto democratizado, sino exclusivo de una élite instruida. No se cierra pues este paréntesis para los libros de referencia y las publicaciones científicas. Otro asunto es valorar si, como se ha creído durante los siglos de la Modernidad, se puede atribuir el carácter estable y canónico a un texto impreso, sea éste un poema editado en una antología poética, una opinión publicada en “Twitter”, o un artículo de “Nature”. O si, por el contrario, esa inmutabilidad es una mera ilusión. […]

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