El “ne explétif” y la nueva política

En francés, después de algunos verbos y conjunciones se utiliza el llamado ne explétif; se le conoce también como ne no negativo porque no tiene valor negativo ni en sí mismo ni por sí mismo. Se usa en situaciones en las que la oración principal tiene un significado negativo (en el sentido de malo o de negación) como expresiones de miedo, advertencia, duda y negación. Por ejemplo: Elle a peur qu’il ne soit malade (ella tiene miedo de que él esté enfermo). Lacan apuntaba que esta negación superflua refleja perfectamente la brecha que separa nuestro verdadero deseo inconsciente de nuestros deseos conscientes: cuando una esposa tiene miedo de que su marido esté enfermo, bien podría ser que en realidad le preocupe que no lo esté (le desea que se ponga enfermo). ¿Y no podríamos decir lo mismo de los liberales de izquierdas horrorizados por Trump? Ils ont peur qu’il ne soit une catastrophe. Lo que realmente temen es que no sea una catástrofe.

Slavoj Žižek en “Piensa local, ¡actúa global!”

En una democracia liberal, las decisiones políticas se toman según las directrices de cierto grupo político que ha ganado unas elecciones, generalmente con un apoyo popular muy inferior al 50% (Ver: Los riesgos del populismo papanatista). Eso significa que existe la posibilidad de que, por lo menos, la mitad de los posibles electores no estén de acuerdo con la acción de gobierno. Y de ellos, en un porcentaje muy importante puede que se trate de un desacuerdo activo y militante. No hay gobierno que contente a una inmensa mayoría; y si lo hace… ¡peligro!, pues tal vez lo que suceda es que haya una inmensa mayoría de desgraciados silenciados.

En una democracia todos estamos más o menos ideologizados, aunque sea de modo superficial, no visceral, a veces voluble y caprichoso. Incluso, independientemente de ideologías, todos tenemos nuestras filias y fobias hacia los personajes públicos, entre los que se incluyen los políticos que dirigen nuestros países. Desearemos que triunfen aquellos que estén más cerca de nuestras posiciones políticas, o que nos atraigan más, mientras nos deleitaremos con el fracaso de los políticos que más detestamos, o que más lejos están de nuestra ideología.

Pero… ¿qué sucede cuando un político que nos cae mal, o que representa lo más odiado por nosotros, tiene éxito? ¿qué sucede cuando éste hace bien las cosas, consigue éxitos políticos, sociales y económicos? Lo más sensato sería que replanteáramos nuestro punto de vista inicial… ¿y si nosotros éramos los que estábamos confundidos? ¿y si ese personaje político, al que nosotros no hemos votado pero sí un porcentaje importante de ciudadanos, está en lo cierto? Tras un difícil pero concienzudo examen de conciencia, tal vez, llegáramos a modificar nuestros planteamientos políticos.

Sin embargo, pocas veces tendremos que llegar a ese extremo. Y es que, la democracia, como dice Daniel Innerarity, es un sistema político que genera decepción… sobre todo cuando se hace bien. Esto significa que siempre, detrás de la acción política de un líder político, podremos encontrar las fallas y errores que permitan sostener nuestra animadversión y oposición. En la política práctica de todos los días, pues, podremos mantener nuestra ideología y nuestras preferencias intactas, con independencia del curso político, social o económico del país.

Ahora bien, hay ciertos momentos de cambio de rumbo político en los que surgen verdaderas incertidumbres acerca de lo que va a suceder en el futuro. Por ejemplo, la aparición de líderes carismáticos,  de nuevos partidos con ideas “novísimas”… Esto es a lo más a lo que, en un sistema político-social postmoderno, se puede asemejar  una verdadera “revolución” (Ver: Revolucionismo, revolución, revolucionando, revolucionado). Si nuestra ideología y nuestros afectos son contrarios a estos cambios, entonces va a surgir una real y verdadera desazón. Observaremos con temor las medidas que el nuevo político aplica o, muchas veces, desea aplicar “pero no le dejan”. Y ese será el momento en el que, en nuestra mente, surge, aparece, se crea… ese “ne explétif” que los franceses gustan de utilizar en frases afirmativas, pero con contenido de duda, de incertidumbre, miedo o precaución. Aunque no exista en nuestros idiomas, nuestro cerebro conjugará, bien con subterfugios de sintaxis, de vocabulario, o, por qué no, con una simple modificación de entonación oral, ese “ne expletif”, ese “temo que algo ocurra… pero como no suceda, tal vez sea peor…”. ¿Y si los populismos funcionan? ¿Y si Trump triunfa con sus medidas proteccionistas? ¿Y si Le Pen logra sacar a Francia de su letargo? Todavía eso no ha ocurrido, aún, pero casi se teme más el éxito (que podría redundarnos positivamente en lo personal), que el fracaso (que podría abocarnos a graves crisis económicas y sociales).

La democracia genera decepción… incluso con políticos populistas. Ninguno de ellos será capaz de cumplir todas sus promesas, muchas de ellas imposibles. Como mucho culparán a los otros partidos políticos del fracaso de sus acciones y decisiones. Será una “profecía autocumplida”: fracasarán, y con su fracaso tranquilizarán las mentes de sus opositores. La incertidumbre que les rodeaba al principio se relajará con el tiempo de la “política real”, y ese “ne explétif” subterráneo, presente en nuestras mentes, se disipará, dejando tras de sí un enunciado afirmativo que nos llenará de orgullo: “Si ya lo decía yo: iba a ser un desastre”.

Un comentario en “El “ne explétif” y la nueva política

  1. […] El error legislativo puede ser desastroso, pero los efectos pueden ser neutralizados con nuevas leyes que contravengan la nocividad de las anteriores. El político que ha diseñado esas malas leyes puede que ni siquiera sufra descredito, pues éste tal vez se encuentre ya retirado de los despachos (o, incluso, haya pasado a formar parte del consejo de administración de alguna gran multinacional). El ejecutivo, sin embargo, no podrá evitar probar el amargo sabor de sus malas decisiones. Que las tendrá (y si no, habría que reconsiderarse si se vive en una verdadera democracia). Y esas pocas o muchas malas decisiones cubrirán de oprobio todas aquellas que sí hayan resultado exitosas. La política en democracia, sobre todo la de acción ejecutiva, genera decepción, y más cuanto mej…. […]

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