En contra de la gestación subrogada

Desde hace unas semanas los medios de comunicación dan cuenta de las diferentes discusiones internas que están llevando los partidos políticos para posicionarse a favor o en contra de una hipotética regulación de la gestación subrogada. Esta práctica (implantar un embrión en el útero de una mujer, la cual dará a luz un bebé que será reconocido por otros padres) ya es legal en unos pocos países del mundo, como la India o algunos estados de Estados Unidos. De hecho, hay muchas parejas que recurren a esta opción en el extranjero para lograr su objetivo de ser padres, el cual no pueden alcanzar con los medios que les ofrece la legislación española. Al ser la gestación subrogada una práctica ilegal según el código legal español, se producen muchos problemas para que el Estado acepte a estos niños como hijos legales de las parejas.

No voy a ser yo quien niegue a una pareja con problemas de fertilidad su derecho a ser padres, y a que recurran a todo lo que esté en su mano para conseguirlo. Pero creo que, antes de dar un voto a favor de la gestación subrogada, habría que ponerla en el contexto de la sociedad española contemporánea.

En primer lugar, pocas son las mujeres que aceptarán, de manera libre y voluntaria, ser utilizadas como portadoras del bebé de otra pareja. Si lo hacen, será porque reciben una remuneración económica. Siempre habrá las mujeres (amigas, familiares…) que lo hagan desinteresadamente, pero eso siempre será minoritario, casi testimonial. Y no se legisla sobre lo excepcional, sino sobre la normalidad. Por lo tanto, habría que preguntarse cuál es la razón que llevan a algunas mujeres a aceptar ese dinero. La respuesta es tajante: la pobreza. Las mujeres indias que paren hijos de otros forman parte del escalafón más bajo de la sociedad india. En Estados Unidos, “país de las libertades y oportunidades”, ser gestante subrogada es, a veces, el único medio que tienen algunas mujeres de salir de una situación de exclusión social y económica. Por lo tanto, las empresas que ofrecen gestación subrogada se aprovechan de la pobreza de las mujeres. Probablemente ninguna mujer de nivel económico desahogado aceptaría ser gestante subrogada; quizás sí, pero unas pocas, y a cambio de cantidades de dinero que la convertirían en una práctica más elitista y menos extendida de lo que está en la actualidad.

No sólo hay razones económicas. Y es que, la gestación subrogada se aprovecha del discurso machista de las sociedades contemporáneas, convirtiendo el cuerpo de la mujer en un mero artículo de libre intercambio comercial. Algo que no sucede nunca, salvo excepciones que no pueden ser utilizadas para atacar una regla general, con el cuerpo del hombre. Se mercantiliza el cuerpo de la mujer o, mejor dicho, aquello único que le diferencia del cuerpo de un hombre, que es su sexualidad. No es que se comercialicen los órganos sexuales de las mujeres (por ejemplo: en publicidad, prostitución y gestación subrogada) porque sean capaces de realizar una serie de funciones que nunca podrán ser llevadas a cabo por los hombres. Se comercializan porque el discurso machista (que no masculino) ha generado la posibilidad de mercantilizar esos atributos (y sólo esos atributos). Si la sociedad hubiera puesto un tabú, una barrera, a la explotación comercial del cuerpo femenino, la gestación subrogada no sería, ni siquiera, imaginable. Además, cabría preguntarse si, en caso de que los cuerpos de hombres y mujeres contaran con más diferencias anatómicas, también se discutiría sobre la liberalización del aprovechamiento de esas disimilitudes femeninas.

Existe una corriente de pensamiento, muy enraizada en la sociedad occidental, que entroniza la libertad individual por encima de todas las cosas. Que cree en la “autoregulación” de las sociedades y los mercados. Que cada cual debe decidir por sí mismo, y no por leyes externas a él, lo que puede hacer y no hacer con su cuerpo. Sin embargo, esta ideología libertaria y neo-con se derrumba y cae de bruces enfrente de… la simple y llana realidad. No existe autorregulación de los mercados, pues las leyes económicas son inestables, caprichosas y volátiles. Quien apela a la liberalización de los mercados, lo que está pidiendo es justamente lo contrario: que el estado ampare legislativamente a la gran multinacional, y retire los sistemas de protección social de los ciudadanos. Que ampare a los oligopolios de las iras de los ciudadanos indignados, y de amenazantes competidores ajenos. Lo mismo sucede con la sociedad: aquel quien pide la libertad absoluta, lo que está exigiendo es que le dejen implantar e implementar sus sistemáticas paralegales de coerción y restricción de libertades. Y generalmente, estas sistemáticas, sean del país que sean, sean de la cultura que sean, hablen el idioma que hablen, y honren al dios que honren, siempre funcionan del mismo modo: libertad para poder ser machista, racista e intolerante. Y actuar en consecuencia.

Por lo tanto, creo que en la actualidad no se dan las condiciones necesarias para garantizar la  completa libertad de la gestante subrogada. Pero eso no va a impedir que parejas, deseosas de tener descendencia, recurran a la gestación subrogada en otros países. ¿Qué hacer, pues, cuando éstas vuelven a España con su hijo o hija entre los brazos? Según lo expresado en este artículo, tal vez alguien piense que habría que denegarles la patria potestad, entregar la criatura a Asuntos Sociales, y encausar a la pareja por explotación de mujeres. Tratarles como a los pedófilos que abusan de menores en países de Lejano Oriente. Sin embargo la radicalidad nunca es buena política y, tal vez, aceptar unos hechos consumados sea la actitud más sensata.

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