Más allá de la libertad de expresión en redes sociales e internet

Hoy en día es frecuente escuchar noticias acerca de personas que son detenidas o juzgadas a raíz de un comentario realizado en redes sociales. Desde los tuits que, supuestamente, enaltecían el terrorismo de ETA de César Strawberry, hasta los “trolls” que se alegraban de la muerte de cierto torero,  internet se ha convertido en un interesante campo de batalla de la libertad de expresión.

La explosión magnífica de internet, y todos los potenciales beneficios que se le atribuían, allá en los años 90 del siglo pasado, trajo consigo también no bastantes problemas. Internet era la libertad de expresión llevada al máximo exponente, donde cualquier persona tenía la posibilidad de encontrar cualquier legajo de información que necesitara, pero, también, un lugar donde las expresiones de la conciencia individual se veían aflorar bajo el dulce paraguas de un multitudinario enjambre de opiniones. Internet era el infinito… sin reglas, sin límites… un estado que, aunque a priori anárquico, supuestos mecanismos de autorregulación acabarían finalmente por equilibrar.

El fracaso de la autorregulación de lo ilimitado ha sido notorio en otros aspectos de la vida política y social. Por ejemplo, no hay autorregulación del mercado totalmente liberalizado, salvo que se imponga un límite de capital (patrón-oro). Tampoco es posible alcanzar esa autorregulación social soñada por los libertarios, si no es para caer en oligarquías y cacicatos. Del mismo modo que los “neocon” y libertarios, internet debe aceptar que fracasará en su idealizada búsqueda de una libertad de expresión absoluta y autorregulada.

La sociedad ya ha establecido un necesario y fructífero debate acerca de cuáles deben ser los límites a la libertad de expresión en redes sociales e internet, esto es, hasta dónde debe llegar la acción del legislador y del juez. Pero, al mismo tiempo que la sociedad busca encajar en un marco legal una libertad de expresión que antes se antojaba ilimitada,  el Poder está desarrollando una sistemática más profunda de control del discurso en internet y redes sociales, que precedería a cualquier ley y se activaría de manera inconsciente a nivel individual y/o colectivo.

Michel Foucault nos ha enseñado cómo el Discurso es un mecanismo, probablemente inevitable y necesario, para escapar de las procelosas aguas de un infinito de datos inabarcable y desorientador. A través del Discurso se eligen qué datos hay que tener en cuenta, y cuáles hay que rechazar. Uno de los procedimientos por los que el Discurso es capaz de homogeneizar, sistematizar y clasificar la información que manejamos, es la prohibición y el tabú. Aunque, a priori, la ley protege y ampara nuestra libre conciencia, hay ciertos argumentos que nunca llegaremos a nombrar, manejar, utilizar… antes incluso que una ley pueda actuar contra nosotros.

Se prohíbe a tres niveles: a nivel de contenido, de circunstancia y de emisor. Aunque en España exista libertad de expresión, a nadie se le ocurriría publicar un artículo en un periódico apoyando la eugenesia, el holocausto nazi, o los sacrificios humanos para honrar a cierto dios. Hay contenidos que no son posibles. El Discurso los bloquea, impide su expresión antes que actúe la legislación vigente. Por otra parte, un chiste puede ser contado en una tertulia de amigos, alrededor de unas buenas cervezas. Pero ese mismo chiste es tabú en un velatorio. Las circunstancias, los momentos vitales van a condicionar, no sólo la expresión de nuestra conciencia, sino que van a forjar y dar forma a los pensamientos que acuden a ella. Finalmente, es función del sacerdote católico dar misa, algo vetado para cualquier otra persona. También, solamente un médico puede, oficialmente, establecer el diagnóstico de una enfermedad. El “quién habla” también importa en la expresión.

Los tabús del Discurso no se legislan. La sociedad tiene mecanismos prelegales que van a coartar diferentes expresiones sin necesidad de acudir a la policía y, mucho menos, entablar batalla judicial. A la persona no consagrada en el sacramento del sacerdocio, y que se suba a un altar para oficiar misa, se le considerará loco. Al que trate enfermedades sin título de medicina, curandero o charlatán. Lo que el Discurso no contiene, o no ha normalizado, aunque pueda abarcar una gran verdad, descoloca, heterogeneiza, corrompe la sistemática clasificatoria en la que se basa el equilibrio discursivo del Poder. Y, por ello, debe ser eliminado.

Internet es un espacio de inestabilidad que supone una amenaza para el Discurso y, por ende, para el Poder. En primer lugar, ha introducido nuevos elementos que superan las trabas del Discurso: el ilimitado acceso a la información, por una parte, y el de una supuesta extensión de la libertad de expresión, por otra. En segundo lugar, se revuelve contra los tres niveles de prohibición del discurso. Y es que, en internet, circulan contenidos que, en otros medios, estarían bloqueados por el tabú. No son ya contenidos ilegales, cuya simple difusión debería iniciar una pronta investigación policial, sino de contenidos que, si no fuera por internet, probablemente nunca habrían sido difundidos (por ejemplo, la polémica creada alrededor de la maternidad y la pérdida de calidad de vida). Además, el anonimato bajo el cual se pueden publicar noticias y opiniones, rompe en cierta manera con ese principio de autoridad que exige que ciertos asuntos sólo sean tratados por ciertas personas. En internet la fuente de origen de la información ya no es tan importante. Otro aspecto que supera al discurso actual es la disrupción del paradigma canónico-estable del texto escrito. Cualquier publicación que se realice a través de internet está sujeta a reapropiaciones, reinterpretaciones y recontextualizaciones. Desaparece, pues, la circunstancia para la que se escribió, y donde se escribió. Tanto el autor primigenio de una cita, como su intención a la hora de publicarla, se desvanecen en el torrente de “memes” que provoca.

El Discurso entra en crisis. El Discurso se transforma. Evoluciona, rápida o lentamente, mas es un hecho inexorable, pues de él depende la estabilidad del Poder. Se trata de un cambio en el que participan todos los actores que concurren en el Poder: ciudadanos de aquí y acullá; poderes políticos, económicos, sociales; referencias culturales propias y extrañas; ejemplos internos y externos de otros discursos, de otros poderes… El cambio en el Discurso se llevará a cabo a través de dos mecanismos principales: el de prueba-error (se pondrán en acción modificaciones discursivas que demostrarán su valía o su fracaso), y el de acción-reacción (lucha ideológica entre diferentes facciones del Poder, que lucharán por “legitimar” sus “voluntades de verdad”).

El discurso post-internet, de alguna manera, aliviará tensiones entorno a la libertad de expresión en este medio, ya que resolverá ciertas polémicas desde un nivel prelegal, incluso preconsciente. Limitará lo ilimitado y acotará normas de juego. Pero a costa de control social, de control mental. Probablemente, inevitable. Tal vez, necesario.

2 comentarios en “Más allá de la libertad de expresión en redes sociales e internet

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