Sobre los estibadores y la injusticia arbitraria

Imaginemos que a un grupo de trabajadores A se le pagan 2000 euros al mes. Sin embargo, al grupo B, igualmente cualificado, mismo puesto y responsabilidad, con los mismos años de experiencia y de tiempo trabajado en la empresa, cobra una nómina de 1900 euros al mes. Probablemente este hecho injusto desencadenará no pocos conflictos laborales. No sólo eso, sino que además, las relaciones interpersonales entre los trabajadores del grupo A y B se verán enrarecidas. En este ejemplo, quizás bastante extremo, pero no muy lejos de la realidad diaria de algunas empresas, nadie podrá encontrar una justificación lógica para esa discriminación.

Por el contrario si, por ejemplo, al  grupo B se le pagara menos por ser mujeres, negros, musulmanes o no afiliados al partido en el poder, aunque igualmente obsceno e injusto (si no más), el grupo B encontraría una justificación a través de la cual canalizar toda esa frustración. Y es que, si se comprenden las causas de la injusticia, se pueden intervenir sobre ellas para revertir esa desigualdad manifiesta.

Por lo tanto, a veces, no es sólo la situación de desigualdad la que provoca frustración, odio y enconamiento, sino el hecho de no encontrar las razones de la misma. La injusticia arbitraria es más dolorosa que la justificada.

Inversamente, si en esa misma empresa todos los trabajadores cobraran 1800 euros al mes, probablemente no habría tanto riesgo de conflictividad, aun soportando unas peores condiciones laborales que en el ejemplo anterior.

Para que un sistema soporte dos códigos normativos diferentes, debe contener un mecanismo de segregación grupal. Hay que razonar y justificar un criterio que permita que una persona sea juzgada por una ley diferente a la de otra persona. Que diluya ese componente de arbitrariedad en la injusticia. Así sucedió en nuestras sociedades durante siglos, cuando el Antiguo Régimen dividía a la población en estamentos. Se trataban de grupos que vivían y convivían en un espacio común, pero que apenas se comunicaban entre ellos, a no ser de las órdenes que se emitían desde jerarquías superiores para ser cumplidas por las inferiores. Los nobles llevaban una vida paralela a la de la plebe, sin apenas entrecruzamientos: quien nacía noble, lo era para toda la vida; lo mismo sucedía con el agricultor o el artesano. En ese contexto no es difícil comprender que se pudieran establecer códigos legislativos diferenciados para cada uno de los estamentos. El advenimiento de la democracia trajo consigo también la desaparición de los estamentos. A partir de entonces sólo existiría un código legislativo bajo el cual todos los ciudadanos quedarían amparados. Todos somos iguales ante la Ley. Y lo que es más importante, la Ley es igual para todos.

Siendo las leyes imperfectas, el igualitarismo sobre el cual estas se basan, también lo es. El igualitarismo es imperfecto porque, como las leyes, no puede tener en cuenta todas las circunstancias y excepciones que rodean la vida de cada individuo. Pero, además, en materia de legislación e igualdad operan elementos sociales que funcionan fuera del ámbito democrático o, mejor dicho, en paralelo a él. Así, el Poder y el Discurso (o el primero a través del segundo) controlan de manera prelegal y predemocrática numerosos usos y costumbres de nuestra sociedad. Es por ello que, debido a la imperfección legislativa y las influencias antidemocráticas del Poder,  el igualitarismo están todavía muy lejos de ser el ideal. Y así seguirá siéndolo.

El igualitarismo imperfecto crea áreas de injusticia arbitraria. Éstas, además de ser denunciadas por la ciudadanía, son a veces aprovechadas por gobiernos y empresas para “igualar” por abajo las condiciones de vida de ciudadanos y trabajadores. Un claro ejemplo lo tenemos en el conflicto de la estiba. Los estibadores son un colectivo de trabajadores que, por historia y fuerza sindical, mantiene una serie de condiciones laborales impensables en otros trabajos: buen sueldo, estabilidad en el empleo y  jubilación a edad razonable. Además, como en muchas otras empresas de España, los convenios de los estibadores cuentan con una serie de cláusulas que, tal vez, ya están fuera de este siglo y pertenecen a la época pretérita del paternalismo franquista, como lo son los mecanismos opacos de contratación, que priman una serie de valores (ser hijo de estibador, estar afiliado a tal sindicato) que han quedado desfasados. Y también son injustos, desde un punto de vista del igualitarismo social.

Cuando un poder entra en conflicto con un colectivo, el primero suele utilizar los medios de comunicación para desacreditar al segundo.  Y una de sus armas son los supuestos “privilegios” con los que cuenta el colectivo. Pero… ¿es privilegio tener un buen sueldo, un empleo estable y una buena jubilación? Claramente no, pero ante los ojos de los ciudadanos de sueldos miserables, contratos de corta duración y jubilación a los 67 años, tal vez sí. En el caso de la estiba, el gobierno trata de crear una atmosfera de rechazo hacia los “privilegios” de los estibadores en nombre de ese igualitarismo que persigue la democracia. Según la visión del gobernante, la solución  está en la “homogeneización” a la baja: recorte de salarios, pérdida de estabilidad laboral, deterioro los convenios. Lo que antes eran derechos de todos, ahora son privilegios de unos pocos, y a ellos hay que arrebatárselos. Acercar al estibador a la precariedad que sufren la mayoría de conciudadanos.

Hay otro aspecto que juega en contra de los estibadores, y es que la estiba se trata de un trabajo supuestamente poco cualificado. Apenas se necesita una educación específica para ser estibador. No hay que ir a la Universidad, ni pasar largos años realizando doctorados. La estiba es un trabajo que requiere fuerza física, resistencia y conocimientos de la maquinaria. A fin de cuentas, faenas básicas. El hecho de que un “inferior”, como lo es el estibador, posea “privilegios” que otros, más formados, educados, y que se han esforzado más en la vida para alcanzar más ambiciosas metas, ni siquiera llegarían a soñar, recrudece ese sentimiento contrario a los estibadores. Las meritocracia de la sociedad actual tiene un poso de elitismo, dentro del cual no cabe la estiba. Si en vez de con estibadores, el conflicto laboral se viviera con un colectivo que tuviera gran prestigio, y al que le se presupusieran altas cualidades, la opinión de la sociedad acerca de esos “privilegios” sería muy diferente. Hasta el punto de que habría quien pensara que se los merecen.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/a/ae/Ilia_Efimovich_Repin_%281844-1930%29_-_Volga_Boatmen_%281870-1873%29.jpg/1280px-Ilia_Efimovich_Repin_%281844-1930%29_-_Volga_Boatmen_%281870-1873%29.jpg
Sirgadores del Volga.  Ilia Efimovich Repin (1844-1930)

Por último, imaginemos por un momento que las condiciones de vida y de trabajo de los estibadores no fueran las descritas según sus “privilegios”, sino, muy al contrario, llevaran la vida de aquellos miserables sirgadores que, con la única fuerza de sus cuerpos, arrastraban los pesados barcos hasta puerto. Probablemente nadie levantaría un dedo exigiendo una mejora de su duro trabajo. Bajo el pretexto de que “es un trabajo poco cualificado”, a nadie le parecerían mal los bajos salarios y las largas jornadas de la sirga. Nadie se escandalizaría si los hijos de los sirgadores tuvieran preferencia en el convenio de la sirga. Porque nadie querría vivir como ellos.

En conclusión, el igualitarismo imperfecto de nuestras democracias es un hecho inevitable. No por ello debemos renunciar a denunciar las injusticias, y luchar para que todos los ciudadanos tengamos los mismos derechos y vivamos acorde a unas normas de juego homogéneas y limpias. Pero tengamos siempre presente que esa lucha contra el injusto reparto en la sociedad puede ser utilizada desde las altas esferas del Poder.  Se justifica así la pérdida de unos derechos que no deberían pertenecer a una minoría, a una élite o una clase privilegiada, sino a todos y cada uno de nosotros. Seamos, por lo tanto, cautos: la lucha por el igualitarismo se puede volver contra nosotros.

3 comentarios en “Sobre los estibadores y la injusticia arbitraria

  1. […] En un anterior artículo se hablaba del riesgo de la homogenización “a la baja” de las leyes, esto es: que ante una situación de injusticia legal, se equipare a beneficiado y a perjudicado aplicando a los dos la ley del perjudicado. Eliminar derechos, no privilegios. La abolición de los regímenes forales del País Vasco y Navarra seguiría esta lógica: a falta de uniformidad legal, se elige la legislación peor. […]

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