Identidades puras, fronteras perfectas… Infiernos en la faz de la Tierra

Si algo define la geografía humana, eso es su diversidad y heterogeneicidad. Por ejemplo, Europa, tomada tan sólo como referencia durente su periodo histórico (esto es, desde que se tienen registros escritos) ha sido una tierra en la que han convivido, mezclado y fusionado cientos de pueblos, razas, naciones, lenguas, religiones… Durante decenas de siglos, las guerras, invasiones y migraciones han modelado el complejo mapa humano de Europa. Todo pedazo de tierra del continente ha cambiado tantas veces de manos que es imposible descifrar quién es, si alguna vez lo hubo, su verdadero dueño original.

Lo que sucede en Europa es extrapolable a otras regiones del planeta. En África, por ejemplo, además de los procesos políticos y sociales propios que configuraron su esquema humano, la colonización europea introdujo una delimitación nacional arbitraria, caprichosa, que no tenía nada que ver con la verdadera evolución histórica del continente. Por la simple decisión de unos pocos políticos europeos reunidos durante una cumbre en Berlín, naciones africanas se vieron divididas, familias separadas, y pueblos tradicionalmente enemigos, fusionados. Así hasta la actualidad.

Tal vez haya ejemplos de uniformidad política y social a lo largo de un largo periodo histórico, como sucede en Corea o en algunas islas del Pacífico, pero no dejan de ser excepciones a una regla general. Humano ha sido relacionarse con el vecino, bien de buenas o malas maneras, y esas relaciones, a lo largo de milenios, han forjado sociedades heterogéneas y cambiantes.

Por lo tanto, la delimitación de fronteras a través de identidades nacionales puras es una labor, sino imposible, por lo menos harto difícil. Tras una cruenta guerra, Kósovo se independizó de Serbia. Consideraban que esas tierras, de mayoría albanesa, estarían así protegidas de los supuestos (y no tan supuestos) abusos del gobierno serbio. La línea de demarcación de la nueva frontera entre Serbia y Kósovo dejó en manos albanesas una región, denominada Kósovo del Norte, donde vive una población mayoritariamente serbia. Es lógico pensar que los kosovares albaneses estén, por lo menos, tentados de tratar a esos kosovares serbios del mismo modo que el gobierno serbio les trató una vez a ellos. Si, por casualidades del destino (o de un conflicto bélico), esa provincia pasaría de nuevo a manos serbias, no se solucionaría todavía el problema de la mezcla identitaria. Y es que, en muchas ciudades del Kósovo Norte, como Mitrovica, hay barrios enteros habitados por los albaneses. El conflicto, por lo tanto, seguiría vivo en la región. La frontera perfecta entre albaneses y serbios tendría que ser extremadamente sinuosa, teniendo en cuenta la proporción étnica en las diferentes comarcas, pueblos, barrios, calles…

Algo similar a una frontera perfecta se ha llevado a la práctica entre Rangpur (Bangladesh) y Bengala Occidental (India). Desde tiempos inmemoriales, los terrenos de aquella región  fronteriza pertenecían a dos reyes, el maharajá de Rangpur y el rajá de Cooch Behar. Nadie sabe exactamente porqué, pero las posesiones de ambos nobles se entrecruzaban entre sí, tal como si fuera un tablero de ajedrez. Durante el proceso de partición de la India en 1947, las tierras del rajá quedaron en manos de la India, y las del majarajá, en Pakistan Este (más tarde, Bangladesh).

Consecuencia: la frontera actual entre la India y Bangladesh es una línea fronteriza sinuosa, con múltiples entrantes y salientes. No sólo eso, sino que, además, cuenta con una amplia maraña de exclaves. Como muestra de la complejísima estructura fronteriza entre estos dos países, en 2015 la India cedió a Bangladesh el territorio de Dahala Khagrabari, que era un exclave indio, dentro de un exclave bangladesí, dentro de un exclave indio, dentro de tierras bangladesís. Esta absurda frontera podría parecer hasta cómica si no fuera porque dentro de ese trazado viven decenas de miles de personas, bangladesís e indias, que no pueden llevar a cabo una vida normal, pues viven rodeados de alambradas de espino. Sin sanidad, carreteras, educación… sin acceso directo a otras regiones de su propio país. La frontera entre Bangladesh e India es un ejemplo de frontera perfecta, donde se han protegido los intereses patrios de ambos países. Sin embargo, el resultado de una frontera perfecta sobre la vida de los ciudadanos es, como poco, insufrible.

Europa es un crisol de culturas, lenguas, religiones… que han ocupado de manera alternante diferentes territorios. Esas alternancias siempre han estado teñidas con la sangre de los enfrentamientos entre iguales y diferentes. Tal vez no haya una sola zona que pueda erigirse identitariamente pura. Y las reclamaciones soberanistas sobre ciertas regiones de Europa tampoco ayudarían a “purificar” el asunto identitario. Así, si se atendiese a todas las peticiones de independencia de diferentes regiones de Europa (Cataluña y País Vasco en España; Bretaña o Córcega en Francia; Transilvania en Rumanía; Flandes y Valonia en Bélgica; Islas Feroe en Dinamarca… y un larguísimo ecétera), las fronteras resultantes no serían ni mejores, ni más justas que las actuales. Separarían a gente parecida y juntarían a gente diferente. Los conflictos entre identidades no se disiparían; incluso se agravarían.

Desconfiemos, por lo tanto, de aquellos que defienden la pureza de una cultura, de una historia, de una raza… Además de absurda y peligrosa, la pureza identitaria no es posible en el crisol cultural de nuestra vieja Europa. Eso sí, como todo elemento irracional, proporciona unos réditos políticos a corto plazo que, muy probablemente, se vuelvan en contra cuando la Historia muestre su inconsistencia.

6 comentarios en “Identidades puras, fronteras perfectas… Infiernos en la faz de la Tierra

  1. […] Aunque después de la descolonización África quedó políticamente estructurada, a imagen y semejanza del estado-nación nacionalista, en 54 países (cifra que ha ido modificándose a lo largo de la historia contemporánea), en nuestras conversaciones solemos unificar el continente en dos únicas estructuras geopolíticas: la África negra y la África musulmana. Pero es que, además, como bien relata Kapuscinski, la división política africana actual es una ficción colonial, que para nada tiene que ver con su organización previa al siglo XIX. Así, en África existieron cientos, miles de países, reinos, clanes… Algunos de ellos quedaron desmantelados y divididos por las líneas divisorias coloniales. Otros, por el contrario, fueron anexionados junto a enemigos milenarios. En África sucede lo mismo que en Europa, donde no existen fronteras perfectas que delimiten supuestas identidades nacionales puras. […]

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