Nación: ¿hacia un nuevo paradigma?

En un anterior artículo se trató de explicar una posible relación entre el paradigma, tal y como lo definió Thomas S. Kuhn, con un discurso científico, preparadigmático (o episteme, según un punto de vista más “Foucault”). Paradigma es un conjunto de saberes y conocimientos sobre los cuales se estructura todo el trabajo de una disciplina científica. Los científicos necesitan esa base, esas herramientas gnoseológicas, para poder avanzar en sus investigaciones. De esta manera, no tienen que empezar su arquitectura metodológica desde cero, esto es, demostrando todos y cada uno de los enunciados que se precisan para su construcción. El biólogo no tiene que demostrar la veracidad de la teoría genética o de la evolución, ni el físico, en sus experimentos, da cuenta de la existencia del átomo y sus partículas.

El trabajo de Kuhn se dirigió, ante todo, a la ciencia natural. Sin embargo, “La estructura de las revoluciones científicas”, obra clave en su pensamiento fue, sobre todo, muy bien acogida por investigadores de disciplinas sociales y humanas. El paradigma de Kuhn podía aplicarse a esas ciencias, y estas, estructurar sus cuerpos de investigación de un modo más eficaz. En estas ciencias no naturales los paradigmas son débiles, discutibles, incluso en algunos casos negados por algunos autores, pero al fin y al cabo, entretejen estructuras básicas sobre las cuales avanza la investigación.

Los paradigmas existen antes de Kuhn, como el discurso precede a Foucault. Y en ciencia política, los paradigmas han existido desde el momento mismo de la instauración de la política como ciencia social “normalizada”, tal vez a principios del siglo XVIII, con la figura de Gimbattista Vico. Como débiles que son, los paradigmas políticos se unen y se asocian para crear estructuras más robustas, menos discutibles, y que aquí las llamaremos metaparadigmas. Una ideología política consistiría en la acumulación de conocimiento social y humano científicamente recogido según las reglas apriorísticas del metaparadigma.

Un claro ejemplo lo tenemos en el término “nación”. Cada movimiento ideológico de los últimos tres siglos ha aportado su propia definición de nación. Pero cualquiera de estas múltiples definiciones ha sido creada y diseñada en base a un metaparadigma. Si ahondamos en los metaparadigmas que constituyen estas ideologías, encontraremos que, en definitiva, existen tan sólo dos posibles estructuras paradigmáticas nacionales: la nación historicista y la nación racionalista. Ambas, diseñadas a partir de movimientos filosóficos absolutamente modernos como lo son el historicismo y las Luces, allá en el siglo XVIII, contienen unas definiciones nacionales inconmensurables, incompatibles la una con la otra. La más aceptada, la historicista, considera que nación es un conjunto de habitantes de una región concreta, y que poseen una serie de características (lengua, raza, cultura, historia, religión…) en común. Una nación sería un ente aislado frente a otras naciones, esto es, que sus características son únicas y estancas a las influencias externas. La pérdida de sus atributos nacionales imperecederos provocaría la irremediable pérdida del estatuto de nación. Por otra parte, la nación racionalista, más minoritaria e, incluso, marginal, considera que lo único común que une a todos los habitantes de una nación son las leyes, de modo que deja fuera de la definición de nación toda mención a esos atributos a los que da tanta importancia el paradigma nacional historicista.

Ambos paradigmas han llegado hasta nuestros días, insertados dentro de los metaparadigmas fundadores de ideologías. El conservadurismo, el nacionalismo, el populismo, entre otros, abrazarían el paradigma historicista. Ideologías como el liberalismo y movimientos multiculturalistas, el paradigma racionalista.

Según Kuhn, los paradigmas no son capaces de abarcar todo el ámbito en el que se mueve la disciplina científica. Quedan elementos, manifestaciones naturales, datos, mediciones… que no pueden ser explicadas desde el paradigma. El científico tiende a obviarlos, o considerar que son el resultado de un método científico erróneo. Esta “amnesia” sólo es posible hasta que estos datos anómalos llegan a amenazar el “core” del paradigma, o mejor dicho, tienen un poder suficiente como para destruir la base de la disciplina científica. Cuando sucede, los investigadores tratan de articularlos, esto es,  de “encajarlos” al paradigma mediante explicaciones alternativas. A veces, incapaces de articularlos, otorgan a estas anomalías un cierto “status de excepción”.  Pero puede llegar un momento en el que el número de excepciones sea tan grande que ahoguen e invaliden la estructura interna del paradigma: es un momento de crisis, y de necesidad de acondicionar nuevas bases de la investigación científica.

Así como las leyes naturales son universales y tienen que cumplirse de manera exacta en todas las situaciones, las leyes que rigen la sociedad y el psique humana son más inestables, inexactas. Por ello, a diferencia de la ciencia natural, que puede aceptar un número limitado de excepciones, las ciencias sociales y humanas son más laxas y aceptan particularismos sin que su estructura interna se vea alterada. El paradigma nacional historicista, por ejemplo, es incapaz de explicar ciertos acontecimientos que se dan en todos y cada uno de los países que están dentro de la ola globalizadora contemporánea. Porque, ¿cómo se define qué es ser español, vasco, catalán, francés…? ¿existen criterios inclusivos y excluyentes? si alguien no cumple alguno de estos criterios, ¿deja de ser automáticamente miembro de esa nación? La heterogeneidad de las sociedades democráticas impide que, como creen los historicistas, exista un conjunto de características únicas e irrepetibles que definan a un grupo nacional. Más aún, la impermeabilidad de las fronteras físicas, políticas, económicas y culturales es un mito insostenible por los populistas aislacionistas. Nunca han existido fronteras perfectas e identidades puras, y  mucho menos, en la actualidad.

Por otra parte, el ideal paradigmático de la nación racionalista tampoco es capaz de ajustarse a la realidad social. Ciertamente, todos somos iguales ante las leyes, y así debe ser en una democracia. Sin embargo, la nación racionalista choca frente a un importante escollo: el estado, incluso el democrático, no es sólo leyes, sino también está constituido por elementos prelegales, como lo es el Discurso del Poder. Un gobierno que sólo garantice la igualdad de todos los ciudadanos en función a leyes creará situaciones de injusticia tanto o más graves que aquellos historicistas que defiendan una “prioridad autóctona”. Porque, si sólo se garantiza la igualdad en leyes, solamente los ciudadanos-tipo que cumplan con un perfil homogeneizado serán los que encuentren cabida, visibilidad y representatividad en las estructuras estatales. Y los rasgos de ese ciudadano-tipo no están regidos por leyes, sino por pre-leyes que son impuestas desde el Poder. Aunque las leyes sean iguales para hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, cristianos y musulmanes, blancos y negros, españoles y catalanes…si no se realizan ajustes de visibilización para “minorías” o “desplazados” del epicentro de decisión, el gobierno-estado-nación sólo representará al tipo ajustado al Poder.

Los paradigmas nacionales historicistas y racionalistas están en desequilibrio perpetuo, y por ello son continuamente rebatidos, puestos en tela de juicio y, a la vez, reconstituidos y rearticulados con un número mayor de excepciones. Son paradigmas débiles, como lo son casi todos sobre los que se basan las ciencias sociales y humanas. Y como débiles que son, pueden sobrevivir a sus propias contradicciones, algo que no toleran paradigmas más fuertes, como los de las ciencias naturales.

Kuhn diferencia la “ciencia normal” que utiliza y aprovecha los paradigmas establecidos, y la “ciencia revolucionaria” que aparece en tiempos de incertidumbre, y que puede llegar (no siempre) a desarrollar nuevos paradigmas, nuevas bases de investigación. Quizás ha llegado el momento de dejar de movernos en las tranquilas aguas de la “ciencia normal” nacional, abandonar los viejos paradigmas de los historicistas y racionalistas, y sumergirnos en el océano tenebroso de la “ciencia revolucionaria” para desarrollar un nuevo paradigma de nación. Éste, sin duda alguna, deberá eliminar los elementos que restringen el uso de los paradigmas actuales: no podrá contener un rígido corpus de caracteres nacionales como el historicista, deberá aceptar el hecho disruptivo-progresivo-combinatorio de las sociedades actuales y, no sólo fijará su atención en el cuerpo legislativo sino que, además, deberá tener en cuenta aquellos elementos invisibilizadores y excluyentes del Poder que se sitúan en un espacio prelegal.

Sin embargo, este nuevo paradigma de nación tendría muy difícil cabida en la sociedad actual. En ciencia natural los cambios de paradigma fuertes se dan en momentos críticos, en los cuales el mantenimiento de la base tradicional de investigación es incapaz de explicar la realidad con la que se encuentran los científicos en sus experimentos. En el ámbito social, donde pueden convivir planteamientos contradictorios, la posibilidad de que aparezca uno de esos periodos críticos es, por lo menos en los tiempos que corren, imposible.

4 comentarios en “Nación: ¿hacia un nuevo paradigma?

  1. […] Sin embargo nuestras naciones han sido construidas bajo el artificio historicista. Así, el termino nación se ha definido como un ente hermético y estanco, en cuyo interior reposan rasgos sagrados e idiosincrasias inviolables: raza, religión, lengua, cultura… y, por supuesto, historia. La nación será nación mientras se protejan esos atributos, y se evite mancillarlos con manipulaciones intestinas o contaminaciones exógenas. Dentro de ese repertorio de elementos que caracterizan el alma patria se sitúan ciertas leyes tradicionales, predemocráticas, preconstitucionales. Son normas que aparecieron en una época y un país que no tiene nada que ver con la estructura moderna de la democracia liberal pero, aun así, son aceptadas en el código legislativo e, incluso, añadidas a la constitución. Como predemocráticas que son, no atienden a la característica capital de la ley democrática: la universalidad. Y es que estas leyes afectan a un sujeto concreto y particular, al que ofrecen un trato diferenciado al establecido por la ley uniforme. […]

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