España-Cataluña, choque de articulaciones del paradigma

Nota: En el presente artículo se habla de gobiernos español y catalán como protagonistas de las desavenencias políticas entre España y Cataluña. Se evita así enfocar ese conflicto como un problema entre dos naciones (España-Cataluña), dos estados (estado español-estado catalán) o dos pueblos (pueblo español-pueblo catalán).

El conflicto político abierto entre los gobiernos español y catalán desde hace ya varios años es un claro ejemplo de fallo del paradigma nacional historicista. Esto sucede incluso a pesar de que ambos gobiernos sitúan la definición de nación según unos criterios idénticos, esto es, que se denomina nación a un territorio habitado por un conjunto de personas que tienen en común una serie de características: historia, cultura, idioma, raza, religión… ¿Cómo puede ser que, si ambos contendientes están de acuerdo en la definición de nación, sus “naciones” sean tan diferentes, a punto de incompatibles? ¿Por qué, estando de acuerdo en el fondo del problema, elementos más superficiales provoquen división y zozobra?

Thomas S. Kuhn nos explica que, cuando un paradigma es incapaz de dar una explicación a cierto hecho (él sólo habla de hechos naturales, pero aquí se aplicará también a política), éste entra en crisis. Puede que la crisis se resuelva a través de investigaciones más profundas alrededor del paradigma. De este modo, el hecho inexplicable se incluirá dentro del paradigma de modo convincente y eficaz. Pero ningún paradigma explica todo hecho. Sus herramientas no siempre facilitan una demostración plausible. Hay hechos que quedan en penumbra, otros incluso en el lado oscuro del paradigma. Entonces, hay que tomar dos tipos de estrategias: o salvar el paradigma y con él, toda la investigación, todos los resultados, todo el constructo gnoseológico que se ha edificado a través de los datos paradigmáticos; o cambiarlo a través de una revolución científica. De lo segundo, se trató en un artículo anterior.

Cuando se intenta salvar el paradigma, los investigadores toman dos caminos: bien desprecian el hecho en cuestión que pone en tela de juicio la disciplina científica constituida a través del paradigma (se considera como un hecho “acientífico”); bien tratan de buscar explicaciones alternativas o construir excepciones. Los paradigmas de las ciencias naturales, que son fuertes, no permiten articular una gran cantidad de alternativas y excepciones, pues el paradigma puede verse ahogado y debilitado por un cuerpo de explicaciones no paradigmáticas que superen, incluso entierren, al propio paradigma. Por el contrario, en ciencias sociales y humanas, los débiles paradigmas no sólo aceptan excepciones, sino que tal vez su pervivencia dependa de encontrar explicaciones extraparadigmáticas que fortalezcan el propio paradigma, o dicho de otra manera: tienen que encontrar en el exterior del paradigma datos que den soporte al mismo.

Los gobiernos español y catalán articulan dos excepciones diferentes, incompatibles y contradictorias al modelo historicista de nación. Por una parte, desde el gobierno español se considera a Cataluña como parte de la nación española, esto es, que sus características históricas, culturales, lingüísticas, raciales y religiosas están incluidas dentro de la idiosincrasia de lo español. En este caso se superpondrían unos valores formadores de una nación (española) a otra (catalana): un catalán es catalán y, por encima de su catalanidad, es español. España reconocería así los atributos específicos de los catalanes, su diferencia con los del resto de españoles pero, a la vez, añadiría a estos atributos otros, de orden superior, que darían forma a la españolidad, no sólo de los catalanes, sino de todos los españoles.

En la práctica, el gobierno español reconoce valores historicistas propios catalanes, aunque no les otorga valor formador de nación. También acepta la heterogeneidad de la nación española. Esto significaría que la españolidad estaría compuesta por un conjunto de características comunes que definen a los ciudadanos españoles, y que los diferencia de nacionalidades extranjeras; pero, además, también contendría otros caracteres que reflejarían el hecho diferencial regional de cada español. Tanto los atributos españoles como los regionales cumplirían con los requisitos de la nación historicista: únicos, diferenciadores  y estancos frente a influencias externas. Lo español es único y diferenciado respecto a lo, por ejemplo, francés, inglés o ruso; pero también lo catalán es diferente de lo vasco, gallego o extremeño.

Ante el crisol de caracteres regionales diferenciadores, el gobierno español “homogeneiza” la representación de los españoles a través de la visibilización única de los caracteres comunes (los españoles). Así, aunque un catalán posea atributos españoles y catalanes, sólo se verá representada en la estructura etática su “parte española”.

Por el contrario, el gobierno catalán realiza una articulación del paradigma diferente al español. Ellos consideran que la nación catalana está tan aislada de la española como esta última de la francesa. Lo catalán no es de orden inferior a lo español; como poco, está al mismo nivel jerárquico. En el contexto de una Cataluña dentro de España no se produciría esa supeditación de lo español a lo catalán como cree el gobierno español, sino más bien una “fagocitosis”, que es a fin de cuentas, la destrucción sistemática de la identidad catalana por parte de la identidad española. Rechazan que los caracteres identitarios españoles sean compatibles con los catalanes.

Así las cosas, un catalán identificado con ese modelo de nacionalidad, esto es, desprovisto de lo español, verá al gobierno español como algo extraño, extranjero, impuesto a su realidad nacional. Amputado de sus atributos españoles, el catalán no se verá identificado con España. Lógicamente, deseará la independencia, que es el único camino posible para que un gobierno de visibilidad a su representación mental de nación.

El conflicto entre los gobiernos español y catalán es un diálogo de sordos, no porque uno no quiera hablar con el otro, sino porque las articulaciones que realizan al paradigma nacional historicista son inconmensurables, incompatibles. De esta falta de acuerdo no hay que culpar al gobierno español, por supuesta intransigencia ante las reivindicaciones nacionales catalanas. Tampoco al gobierno catalán, presuntamente implicado en un “lavado de cerebro” masivo del pueblo de Cataluña. La razón a este desatino está en que ambos consideran que una nación es un elemento estático, cerrado, perfecto; y que su protección y salvaguarda depende de impedir que elementos extraños la penetren y contaminen. Pero no hay acuerdo sobre dónde empieza la nación española, dónde la catalana; y en qué momento la identidad española comienza a pervertir la catalana.

La historicista es una concepción imperfecta de nación, que se ve sometida a incesantes revisiones y que, hoy por hoy, es fuente de desacuerdos en prácticamente todos los países del orbe. Como comentamos en un anterior artículo, estamos muy lejos de sustituir ese paradigma, por lo que nos quedan no pocos años de conflictos, luchas y enemistades.

2 comentarios en “España-Cataluña, choque de articulaciones del paradigma

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