La decadencia de los decadentistas

Es bien sabido que todo organismo tiene su ritmo, su figura, su duración determinada, e igual sucede a todas las manifestaciones de su vida. Nadie supondrá que un roble centenario se halle ahora a punto de comenzar su evolución. Nadie creerá que un gusano, al que se ve crecer todos los días, vaya a seguir creciendo un par de años más. Todo el mundo, en tales casos, posee con absoluta certeza el sentimiento de un límite, que es idéntico al sentimiento de las formas orgánicas. Pero cuando se trata de la historia de las grandes formas humanas, domina un optimismo ilimitadamente trivial respecto al futuro. Entonces enmudece toda experiencia histórica y orgánica y cada cual acierta a descubrir en el presente, cualquiera que sea, los síntomas o iniciaciones de un magnífico “progreso” lineal, no porque lo demuestre la ciencia, sino porque así lo desea él.

Oswald Spengler. La decadencia de Occidente, volumen 1

Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre.

Arturo Pérez-Reverte. Los godos del emperador Valente

Desde el surgimiento del historicismo, allá en el siglo XVIII, un importante grupo de pensadores occidentales ha tratado con pasión el tema de la decadencia de la civilización occidental. Según este movimiento filosófico, Europa, como si fuera un ser vivo, tiene un nacimiento, un periodo de madurez y esplendor, y una senectud tras la cual sólo queda la muerte; la extinción de sus formas culturales, políticas, sociales… de su pensamiento.

Para los historicistas decadentistas, como los citados Spengler y Pérez-Reverte (a los que habría que añadir una larga constelación de grandes filósofos y mejores escritores como Vico, Herder, Carlyle, Maurras, Houellebecq…) hubo un momento en el que nuestra civilización alcanzó su apogeo: sus valores intrínsecos eran claros y luminosos; todos los ciudadanos (o súbditos) remaban hacia la misma dirección; existía una justicia incorrupta, una dirección política modélica; una literatura, unas bellas artes esplendorosas. Además, las fronteras de esa civilización eran herméticas, de modo que ningún elemento contaminante externo podía traspasarla.

Uno de los indicios de grandeza civilizatoria es la capacidad que tiene un grupo humano en imponer a extraños sus ideas. Por ello, el colonialismo político, militar y económico que protagonizó Europa sobre la totalidad del globo terrestre en sus momentos de esplendor no era más que la punta de lanza de una empresa más ambiciosa: la de “contaminar” con sus ideales a civilizaciones inferiores; someterlas, no (solo) con la violencia de una bayoneta, sino, sobre todo, con superioridad intelectual.

Los tiempos han cambiado, según creen nuestros decadentistas, y se ha invertido el proceso. Los ciudadanos (nunca más súbditos) no nos ponemos de acuerdo hacia dónde dirigir los esfuerzos de empresa civilizadora. Se dan claros fenómenos de agotamiento de la justicia. Somos gobernados por un atajo de mediocres políticos, lejos de los grandes estadistas de tiempos gloriosos. La cultura de masas y la globalización han emponzoñado la rica y virtuosa cultura. Y lo que es peor, las fronteras han dejado de ser impenetrables;  a través de ellas se cuelan individuos con ideas y formas de vida que, primero mancillarán las nuestras para, al final, imponerse y subyugarnos. Excepto si, como decía Spengler, hay un pelotón de soldados que nos salve.

Este pensamiento se fundamenta en dos conceptos: la sustantividad del mito, y su inmutabilidad. Por una parte, se confunde mito nacional (o de civilización) con realidad histórica. Al ser imposible abarcar todas y cada una de las informaciones que un grupo humano genera a lo ancho y largo de un periodo de tiempo, el historiador (o el artista, o el político) selecciona unos pasajes, unos acontecimientos, unas personalidades que singularizan, resumen y justifican la existencia de ese grupo. Son los mitos fundadores. Generalmente se tratan de acontecimientos amables, de los que se extirpa cualquier aspecto negativo que enturbie su buen nombre. Son victorias militares. Son descubrimientos geográficos. Son inventos revolucionarios. Son héroes. La historia engalana la nación y la civilización con los retales más bellos que va encontrando en sus investigaciones históricas. Se trata de una selección particularmente parcial y sesgada, que olvida y censura otros acontecimientos, tal vez más bochornosos y desagradables. Aquellos fragmentos de la historia nacional que vale más olvidar, suelen pasar a formar parte de las apócrifas “historias negras”. Estas “historias negras” se encuadran en los mitos fundadores de las agrupaciones/naciones/civilizaciones enemigas, y son usadas para justificar su supuesta superioridad moral. Es por ello que nos acordamos de los genocidios ajenos, los cuales utilizamos como contraejemplos de la Historia; pero tan solo sabemos de los nuestros cuando leemos fuentes extranjeras.

Los decadentistas confunden el relato mítico con la realidad histórica. Creen que tiempos pasados fueron mejores porque la única referencia que le es válida es lo que les llega del mito, esto es, victorias, descubrimientos, inventos, obras de arte y prohombres. Al contrario del pasado, el presente siempre contará con argumentos negativos. La actualidad contiene grandeza, pero también mucha mediocridad y calamidad, de las que no nos podemos olvidar, no como cuando miramos hacia tiempos ulteriores. Es por ello que todavía se oye en España ese “Con Franco se vivía mejor”, o  hay quien no ha dejado de agitar en países postcomunistas la bandera roja con la hoz y el martillo. El tiempo borrará todo lo que de gris y sucio tiene nuestro presente, y generaciones futuras, cuando lean sus manuales de Historia, se maravillarán de la ética y estética con la que hoy en día vivimos. Verán en nuestra presunta grandeza su  debilidad contemporánea.

Por otra parte, ningún mito es eterno. Todo cambia; y del mismo modo que cambia la sociedad, se modifica la interpretación de los mitos históricos que justifican esa sociedad. Así, en la actualidad, en un momento en el que el feminismo trata de aniquilar el discurso machista, y busca situar a la mujer dentro del contexto histórico, aparecen innumerables relatos de mujeres de la Historia. Se les envuelve con un halo de rebeldía, autosuficiencia, y lucha enconada contra los valores oscurantistas que tratan de anularlas. Son mujeres que siempre han estado “adelantadas a su tiempo”. El de las mujeres es un ejemplo aplicable a todos los elementos que constituyen los mitos históricos: así es la sociedad, así son sus mitos. Así son los decadentistas, así son los argumentos que buscan para justificar la decadencia de Occidente, de Europa, de la raza, de la religión católica…

En resumen, el decadentista argumenta que el final de nuestra civilización está próximo porque compara un presente imperfecto con un pasado ideal. Pasado que ha sido diseñado de facto para dar respaldo epistemológico a su teoría.

El siguiente paso para defenestrar el pensamiento decadentista sería el análisis del concepto “civilización”. Éste, como el de nación, es para los historicistas un elemento cerrado y aislado frente a otras supuestas civilizaciones. Un ámbito humano que contiene un conjunto de características estables en un tiempo y en una geografía. Pero… ¿Existe realmente la civilización occidental? ¿Frente a qué o quiénes hay que proteger los supuestos caracteres únicos, definitorios e insustituibles de Occidente? Preguntas cuya respuesta tal vez valga otro artículo.

6 comentarios en “La decadencia de los decadentistas

  1. […] Optimistas y decadentistas observan nuestras vidas como si estuvieran guiadas por el destino. Éste nos dirigirá hacia un objetivo (optimistas) o bien nos obligará a repetir sin cesar un sistema cíclico de nacimiento-madurez-muerte (decadentistas). Un ser humano, de manera individual o, tal vez, colectivamente en grupos aislados en el espacio y en el tiempo, bien podrían zafarse de las ataduras que rigen ese destino. Pero al final, la Humanidad (en caso de los optimistas) o la Nación (en caso de los decadentistas) cumplirá de modo inmutable los designios: para la primera, un progreso ilimitado hacia una sociedad cada vez mejor y más justa; para el segundo, su destrucción en manos de unos bárbaros. […]

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