España ante la oportunidad de Eurovisión

Las democracias liberales se enfrentan a continuos conflictos entre las diferentes identidades  que existen en su seno. Y es que, aunque el sistema busque igualar a la sociedad, ésta siempre tenderá a agruparse en comunidades, dentro de las cuales se acentúan ciertos hechos diferenciales. Si no es una disputa identitaria con la religión, lo será con la lengua, la raza, la historia, el equipo de fútbol o la ideología política. La sociedad se moviliza en bloques identitarios y estos bloques, a veces, colisionan.

La democracia liberal no está diseñada para controlar las tensiones identitarias. Fue desarrollada bajo el prisma de garantizar una ley justa e igual para todos los ciudadanos, porque en el momento en el que apareció (siglos XVIII y XIX), la mayor de las injusticias procedía de la existencia de códigos legislativos diferenciados según el status social o estamentario del individuo. La democracia liberal, más bien que mal, asegura que todos los ciudadanos tendrán igual trato legislativo y judicial. Y hasta ahí llega la capacidad igualitaria de este sistema.

Que todos seamos iguales ante la ley, y que la ley sea igual para todos, homogeneiza al ciudadano desde el plano legal. Pero esta homogeneización que, sólo está, o sólo debería estar vinculada al corpus legislativo, se desborda en sus atribuciones y penetra en territorios donde, bien no tiene cabida, bien incluso no es bienvenida. Y uno de esos espacios que la democracia liberal homogeneiza, sin tener que por ello hacerlo, es el de la identidad y representatividad en política, cultura y sociedad.

¿Cómo puede un estado acoger y representar los anhelos, visiones y objetivos de una sociedad tan plural y poliédrica, incluso ambigua? ¿Cómo se puede visibilizar, a la vez y de modo estrictamente proporcionado, a los hombres y mujeres; a los cristianos, musulmanes, ateos; a los castellanoparlantes, los catalanoparlantes o euskaldunes; a los de derechas e izquierdas; a los originarios y a los naturalizados; a los heterosexuales, homosexuales, bisexuales, altersexuales? Difíciles cuestiones a las que, tal vez, no se pueda encontrar una respuesta en el seno de una democracia liberal.

La tendencia natural del sistema democrático liberal es la de visibilizar un patrón homogeneizado de identidad nacional. Y el modelo de ciudadano homogeneizado sería el de un hombre, heterosexual, blanco, cristiano-laico, castellanoparlante… Este modelo se crea a partir de un patrón que no tiene nada que ver con la distribución y predominio demográfico de unas identidades sobre otras (por ejemplo, el número de hombres en España es similar al de mujeres, y la visibilización del primero predomina claramente sobre el de la segunda), sino que refleja qué comunidades o bloques sociales tienen acceso al Poder, y cuáles no. Por lo tanto, en un sistema democrático liberal, el acceso a la visibilidad no tiene que ver nada con la democracia: se trata de un atributo exclusivo del Poder, prelegal, predemocrático.

La visibilización de una sola identidad homogeneizada provoca un grave sentimiento de injusticia en aquellos ciudadanos que no se sienten representados con ese modelo. El ciudadano que no se sienta visibilizado por el estado al que pertenece deseará invertir la situación e imponer su identidad. Caldo de cultivo ideal, pues, para conflictos interreligiosos o movimientos independentistas.

El festival de Eurovisión es un acontecimiento anual en el que países de toda Europa presentan sus propuestas musicales a un concurso abierto a la audiencia. Se trata de un evento inocuo, inocente, sin ningún tipo de pretensión, en el que poca importancia se da a la victoria o a la derrota. El objetivo no es vencer, sino pasar un buen rato. Eso no significa que esté libre de polémicas “blandas”, chismorreos políticos e historietas de bambalinas: quién nos vota, quién deja de votarnos, esos países que siempre se votan entre sí, esos otros que no se pueden ni ver…

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A pesar de la ola nacionalista y aislacionista del país, Kasia Moś representó a Polonia en Eurovisión con una canción en inglés, desprovista de cualquier elemento cultural propio de esa nación. Fuente: eurovisionworld

Un fenómeno interesante que se viene produciendo desde hace años en este certamen es el desvanecimiento de las identidades de las diferentes naciones concurrentes. Salvo contadas excepciones (como por ejemplo, Francia y algunos países mediterráneos), la mayor parte de los participantes ofrecen actuaciones absolutamente homogeneizadas según un modelo internacional: pop melódico y bailable cantado en inglés. ¿Por qué todos estos países se aprestan de modo voluntario, incluso ávido, a borrar sus valores nacionales, tan intrínsecos, tan sagrados, de este escaparate internacional? Probablemente sea porque, a este nivel, baste la representatividad que ofrecen los símbolos nacionales. No es necesario diferenciarse de los otros, más allá de la bandera bajo la que compite el cantante. Más vale que esa bandera venga acompañada de una buena puntuación en la clasificación final, que no del idioma o de valores culturales patrios Al mismo tiempo que favorece esa “disolución de la identidad”, el festival de Eurovisión también da visibilidad a colectivos minoritarios, a veces estigmatizados (¡todavía!) en algunas latitudes. De ello hay ejemplos varios: así, algunos participantes no han ocultado (incluso amplificado para dar mayor eco mediático) su pertenencia al colectivo LGTB. También, en el último festival de mayo de 2017, actuó un cantante húngaro gitano.

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La minoría gitana sufre una fuerte estigmatización en Hungría. Sin embargo, su voz estuvo representada en Eurovisión por el cantante Joci Pápai. Fuente: wiwibloggs

Parece ser que en Eurovisión se alivia la presión identitaria nacional homogeneizadora, y se permite dar rienda suelta tanto a formas identitarias globalizadas como minoritarias. Sin las constricciones de las “excepciones nacionales” se abren puertas a lo general y a lo particular.

Cuando en el título de este artículo aludía a “la oportunidad de España en Eurovisión” no me refería, por supuesto, a una receta mágica que adecentara el raquítico palmarés de España en este concurso. Al contrario, teniendo en cuenta que en el festival de Eurovisión no existe una “tensión” por la victoria, se podría aprovechar su laxitud identitaria para dar visibilidad a identidades que quedan cegadas y ocultas por el monolítico y totipresente modelo cultural español. De este modo se podrían presentar propuestas musicales en catalán, euskera o gallego. También se podrían aprovechar elementos regionales, más allá del flamenco o las sevillanas, y asociarlos con melodías más “mainstream”: ¿Por qué no mezclar ritmos extraídos de un sintetizador con los de una txalaparta o una gaita asturiana?

El siguiente paso sería dar cabida a identidades “nuevas”, de reciente aparición en nuestro país. Seguro que una canción con ritmos caribeños cantada por un cantante de origenes colombianos haría las delicias de los fríos oídos del norte del continente. O, por qué no, aunar elementos magrebíes, senegaleses o chinos a música más europeizante. Como alguna vez hemos comentado en este blog, aunque actualmente callan, en el futuro estos colectivos de inmigrantes empezarán a exigir su cuota de representatividad. Y con razón.

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Alma representó a Francia en el certamen de Eurovisión 2017. Uno de los pocos ejemplos de reivindicación de la “excepcionalidad cultural nacional”. Fuente: RTVE

Sería de ingenuos pensar que, porque España sea representada en Eurovisión por una canción en catalán, desaparezcan las reivindicaciones nacionalistas de aquellos que no se sienten visibilizados por el modelo homogeneizado de lo español. Pero, por lo menos, sería un paso hacia adelante en un trabajo que, no sólo España, sino todas las naciones democráticas tendrán que realizar algún día: aceptar que, más allá de ese patrón de identidad nacional homogeneizado, existen otras formas de sentir, de pensar, de vivir… y que todas tienen que tener que tener cabida (visibilidad, representatividad e inclusión) en las estructuras etáticas de la nación.

Un comentario en “España ante la oportunidad de Eurovisión

  1. […] Como hemos comentado en anteriores artículos, la democracia liberal tan sólo es capaz de asegurar que las estructuras etáticas dispensen una justicia igual para todos, en base a un código legislativo que incluya a todos los habitantes de una nación. Que no es poco. Pero no es suficiente. La vida en sociedad es mucho más que leyes, normativas y tribunales. La vida diaria precisa de engranajes que van más allá del ámbito de la Ley. El ciudadano necesita sentirse que forma parte de la sociedad en la que vive (inclusión), que sus atributos diferenciadores sean reconocidos (visibilización); y verse representado por sus líderes políticos (representatividad). Además, el día a día está fuertemente influenciado por dos elementos paralegales y parademocráticos, con igual incluso mayor importancia que las propias leyes democráticas: el Poder y el Mercado. Se podrá legislar sobre inclusión, visibilidad, representatividad y Mercado, pero el poder de la ley suele ser débil en aquellos derroteros y, muchas veces, ineficaz. Demasiados elementos, pues, que quedan fuera del ámbito de autoridad de una democracia liberal. […]

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