¿Hay lugar para las ciencias alternativas?

The material which a scientist actually has at his disposal, his laws, his experimental results, his mathematical techniques, his epistemological prejudices, his attitude towards the absurd consequences of the theories which he accepts, is indeterminate in many ways, ambiguous, and never fully separated from the historical background. This material is always contaminated by principles which he does not know and which, if known, would be extremely hard to test.

Science is not sacrosanct. The mere fact that it exists, is admired, has results is not sufficient for making it a measure of excellence. Modern science arose from global objections against earlier views and rationalism itself, the idea that there are general rules and standards for conducting our affairs, affairs of knowledge included, arose from global objections to common sense.

There is no coherent knowledge, i.e. no uniform comprehensive account of the world and the events in it. There is no comprehensive truth that goes beyond an enumeration of details, but there are many pieces of information, obtained in different ways from different sources and collected for the benefit of the curious. The best way of presenting such knowledge is the list – and the oldest scientific works were indeed lists of facts, parts, coincidences, problems in several specialized domains.

Paul Karl Feyerabend

Existe cierta desconfianza hacia la razón como elemento civilizador y de progreso. Las grandes carnicerías del siglo XX (genocidios, guerras mundiales, regímenes totalitarios…) fueron perpetradas en nombre de la razón; las máquinas de matar más eficaces se idearon gracias a avances científicos, humanísticos y tecnológicos. No sólo reveló su capacidad mortífera y deshumanizadora, sino que la razón también mostró durante este siglo XX los primeros signos de debilidad (como por ejemplo, el principio de incertidumbre de Heisenberg). La razón podía volverse loca y peligrosa, pero, también a veces podía “no tener razón”. O, por lo menos, no encontrarla.

Por ello la razón ha dejado de tener ese matiz positivo, acumulativo y supuestamente progresivo con el que había sido ungido durante los siglos XVIII y XIX. En la era de lo postmoderno, la fe en la ciencia fue sustituida por una confianza (no fe) en los avances tecnológicos como fuente de bienestar social e individual. De ofrecer respuestas a preguntas trascendentales, absolutas y universales, la ciencia se transformó en mero motor de solución de problemas cotidianos. Además, la desconfianza hacia la ciencia y la razón dejó abierta la puerta a las llamadas “ciencias alternativas”, las cuales, a veces sin ningún tipo de rigor ni lógica, eran capaces de arrebatar a la ciencia moderna áreas de conocimiento de su entera jurisdicción. Los movimientos antivacunas son un claro ejemplo de esa usurpación.

Tal vez eso sea así porque, realmente, ése es el lugar que corresponde a la ciencia. Ésta es un instrumento muy eficaz para resolver problemas particulares porque a) se centra en un asunto concreto, b) se basa en informaciones recabadas de anteriores investigaciones científicas y c) utiliza un método científico bien diseñado. La ciencia responde a preguntas concretas de un área limitada del conocimiento. Fuera de ese área de conocimiento quedan otros muchos saberes a los que la ciencia no es capaz de llegar, bien porque no se ha definido el problema, bien porque no ha conseguido construir un conjunto paradigmático de saberes previos, bien porque no existen instrumentos que permitan diseñar un método científico sistematizado. A esa área o áreas oscuras de conocimiento a través de las cuales no se llega con la ciencia se los considera saberes “acientíficos”. Muchas veces son áreas del conocimiento que son despreciadas e ignoradas, simplemente por ese componente de incompatibilidad con el método científico moderno.

Como hemos mencionado antes, la ciencia es un instrumento dirigido a resolver problemas particulares, pero fracasa cuando trata de intervenir sobre asuntos generales. Y es que la ciencia no es fe; ni es sustituta de la fe religiosa, ni ha sido diseñada para entablar competencia con ésta. La ciencia abarca asuntos particulares; la fe y  la filosofía, asuntos generales. La filosofía está íntimamente conectada con el método científico, a punto de que se precisa de una filosofía de la ciencia para que ésta obtenga instrumentos gnoseológicos que la permitan avanzar; pero ni la filosofía ni la fe son tan eficaces en resolver problemas generales como lo es la ciencia en resolver problemas particulares.

Durante siglos, la religión ha sido también fuente de conocimiento particular (movimientos de los astros celestes, orígenes de la vida, interpretación de sucesos naturales…). El avance de la ciencia desde la Edad Moderna ha ido reduciendo el campo de actuación de la religión sobre estos fenómenos, hasta el punto que gran parte de la visión de la vida, del mundo y del cosmos que recoge la fe ha sido ampliamente superada e impugnada.

Se ha delimitado el espacio donde fe y filosofía pueden actuar sin que existan colisiones y discrepancias con la ciencia. Mientras que las dos primeras dejen actuar a la tercera en su área particular, éstas tendrán “vía libre” para buscar explicaciones a asuntos generales. Pero queda otra zona “huérfana” de conocimiento, a la que no se accede a través de la ciencia, y donde la autoridad de filosofía o fe es limitada, incluso inexistente: se trata de esa área de conocimiento “acientífico” despreciada por la ciencia.

El conocimiento “acientífico” existe, y no puede ser revelado a través del método científico por los motivos previamente expuestos (problemas de definición, ausencia de paradigma, y falta de medios técnicos para constituir un método científico). Es por ello que, tal vez, en esa área oscura para la ciencia  puedan trabajar, actuar e investigar las llamadas “ciencias alternativas”. Ciencias ocultas, medicina alternativa, astrología… Todas ellas tendrían su razón de ser y existir, siempre y cuando sus teorías no penetraran el área de conocimiento científico. O, en caso de que así sucediera, deberían demostrar que son, por lo menos, tan eficaces como la ciencia en resolver esos problemas. Así, la medicina alternativa tiene justificación en el tratamiento de patologías que se sitúan fuera del área de conocimiento de la medicina científica anatomopatológica. Allí donde la escuela de Cnida no hallaba tratamiento para un mal, tal vez lo descubría la escuela de Cos. Allí donde no existe ningún órgano, tejido, célula o elemento genético dañado, y sobre el cual la medicina moderna pueda intervenir (bien a través de tratamientos médicos, bien a través de intervenciones quirúrgicas), estaría justificada la búsqueda de un tratamiento en la medicina alternativa. Pero cuando el paciente sufre una infección, un cáncer, una fractura ósea… cuando la enfermedad del paciente esté dentro del área de conocimiento de la medicina moderna, la medicina alternativa tiene que, humildemente, dejar paso a ésta. De lo contrario, situaría al paciente en una posición incierta y peligrosa (como ocurre con los movimientos antivacunas). Lo mismo sucederá en los conflictos entre astrología-astronomía, parapsicología-psicología…

La velocidad con la que avanza la ciencia moderna va paulatinamente absorbiendo áreas de conocimiento a las que previamente no tenía acceso. Es por ello por lo que, probablemente, el lugar reservado para las ciencias alternativas cada vez sea más estrecho. Pero, no por ello, siempre y cuando no invadan terrenos conquistados por la ciencia, éstas hallarán en esas “áreas oscuras o acientíficas”, su justificación.

 

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