El cierre de paréntesis Gutenberg… ¿es también una salida de la postmodernidad?

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El paréntesis Gutenberg según Nadine Bailey

Se considera que la imprenta de tipos móviles diseñada por Johannes Gutenberg es uno de los más importantes símbolos de la Modernidad, sobre todo en lo que respecta al ámbito europeo. Gracias a este tipo de imprentas, que a partir del siglo XV empezaron a expandirse por todos los países del viejo continente, se amplió el eco de las obras culturales que, hasta entonces, quedaban guardadas en las viejas bibliotecas de los monasterios. De los manuscritos iluminados de los copistas medievales se pasó a una producción masiva de libros impresos. Aunque el público aún era muy limitado (el analfabetismo ha sido la regla hasta hace no mucho tiempo, y el precio de las primeras ediciones no estaba al alcance de cualquier bolsillo), éste era, con mucho, muy superior al que ocupaba las bibliotecas y scriptoria de la Edad Media.

Durante los siglos posteriores a su invención, el libro impreso fue uno de los gérmenes del pensamiento moderno. Las formas antiguas de pensar se basaban en el principio de autoridad, la jerarquía, y la inmovilidad del conocimiento.  El saber era rígido, estático y a punto inaccesible. Los modernos, sin embargo, rechazaron el modelo antiguo y propugnaron una forma más dinámica y abierta de acceso al saber. Por una parte, se sumieron en una apasionada lucha contra las autoridades, especialmente las religiosas. Éstas, además de ser las guías de las almas de los súbditos, eran las guardianas de la ortodoxia del saber. Por otra parte, el paso del modelo geocéntrico aristotélico (que consideraba a la creación como fija, perfecta y acabada) al heliocéntrico copernicano (donde ya no se es el centro del universo y de la creación, sino un punto marginal perdido entre la inmensidad de las galaxias), puso en movimiento, no sólo al planeta-astro Tierra, sino a todo el conocimiento científico y filosófico.  El saber dejó de ser eterno, estable, como en la Antigüedad, y tomo tintes dinámicos, acumulativos, positivistas. Ya sólo hacía falta un medio físico que pusiera en marcha todo este nuevo planteamiento filosófico, y ése fue el libro impreso.

Pero todo no fue ruptura. Los objetivos del pensamiento antiguo y moderno coinciden: buscan la Verdad, lo perfecto, un constructo teórico-práctico que sea universalmente aceptado por todos los seres humanos, a lo largo de la historia, y en todas las sociedades. El afán por alcanzar el universalismo moderno no es más que un intento de sustituir esa perfección aristotélica de la que versaban los antiguos. Un estado sólido del saber, que los antiguos consideraban ya alcanzado (pues fue entregado a los mortales por los dioses), y los modernos, sin embargo, creían poder adquirirlo con las herramientas de la razón.

Un claro ejemplo de esta incompleta ruptura con el modelo antiguo se halla en el paréntesis Gutenberg que se abrió con la invención de los tipos móviles. Y es que al libro impreso se le otorgó el carácter de estable, permanente y canónico. La palabra que había sido escrita y publicada no se podía modificar. Quedaba grabada en la hoja de papel para la eternidad, como el código de Hammurabi tallado con cincel sobre piedra. El principio de autoridad pasaba de los antiguos doctos y eruditos al texto que contenía un libro. Lo impreso adquirió cierto rango de sagrado e inviolable. Tal vez de ahí la férrea defensa de la libertad de imprenta llevada por los liberales del siglo XIX.

Sin embargo, ese saber sólido y universal que los modernos querían acumular y publicar en sus libros impresos no se puede adquirir a través de la razón. El siglo XX destruyó el cariz dinámico, acumulativo y positivista atribuido a la razón desde los tiempos de la Ilustración.  La razón no sólo podía errar, sino que tenía límites que se demostraron infranqueables. Ésta, además, podía a llegar a ser un arma extremadamente peligrosa contra la propia humanidad. El postmodernismo es ese desencanto por lo moderno, la derrota en la batalla en pos de la verdad universal. La meta del postmoderno es la misma que la de los antiguos y modernos: el saber sólido y eterno, válido en todos los momentos y en todas circunstancias. El antiguo creía tenerlo entre sus manos. El moderno, tenía fe en alcanzarlo. El postmoderno sabe que, por más que lo desee, nunca llegará a él. El postmodernismo es líquido, pero no por voluntad propia, sino por el fracaso de su solidez.

A la vez que el desencanto por la modernidad fue ocupando mayor hueco en las mentes occidentales, la tecnología vulgarizó la letra impresa. La impresión ófset, la máquina de escribir, los procesadores de texto, las impresoras domésticas y, finalmente, internet y el mundo digital, democratizaron la edición, impresión y divulgación de los textos. El lector dejó de ser mero agente pasivo de la lectura y se transformó en activo publicador de sus propios contenidos. La liberalización del texto impreso trajo consigo también su desacralización. Hoy en día éste pierde paulatinamente su carácter estable, permanente y canónico. Ya cualquier lector puede apropiarse de un texto, reinterpretarlo y recontextualizarlo. En la edad de lo líquido, el texto-sólido de los modernos se derrite. El paréntesis Gutenberg ha empezado a cerrarse para dar paso a una segunda oralidad.

Quizás lo importante de esta segunda oralidad es que, tras el paréntesis Gutenberg, no se vuelve a una primera oralidad, tal como era ella antes de la aparición de los tipos móviles. Antes de Gutenberg no existían libros, y si existían, eran las copias de los escribas, los cuales no copiaban la obra tal-como-era, sino que solían añadir a la obra copiada cierto carácter personal. Así como los canteros dejaban su seña de identidad en las piedras que tallaban para las catedrales, los frailes copistas dejaban, no sólo en la iluminación, sino también en el contenido del texto, sus aportaciones más personales. Es por ello que gran parte de la obra de los clásicos griegos y romanos, que nos ha llegado gracias a la labor de copia de los monasterios, no sea absolutamente original, tal como fue escrita. Por otra parte, la fuerte tradición oral era la verdadera transmisora de cultura a las gentes analfabetas (la inmensa mayoría). El juglar, que aprendía de memoria los textos transmitidos de boca en boca, obraba del mismo modo que el copista: cuando glosaba sus cantos e historias, iba añadiendo tonalidades propias, chismes inventados por él, e improvisaciones. Es por ello que las obras de tradición juglar que han llegado hasta nuestros días son de carácter mayoritariamente anónimo-colectivo.

Frente a esa inestabilísima  primera oralidad, una segunda oralidad se levanta sobre los restos del paréntesis Gutenberg. El texto ya no es nunca más anónimo (lo dejó de ser en el paréntesis Gutenberg), ni se transmite oralmente, o se modifica la obra original a través de las aportaciones de los copistas o los juglares. En la segunda oralidad el texto es digital, y se manipula con gran facilidad: se recompone, se reinterpreta, se recontextualiza… El autor original existe y se conoce (los textos no son anónimos), pero pierde la importancia capital que tenía en el paréntesis Gutenberg, en tanto que su texto pierde la estructura original que éste quiso otorgarle (tal como lo compuso, tal como lo interpretó, y tal como lo contextualizó).

La segunda oralidad es una ruptura con el patrón previo de transmisión cultural y una pérdida de las referencias sólidas que se atribuían al texto impreso. El proceso de paso del texto-sólido de Gutenberg al texto-líquido post-Gutenberg no implica los mismos mecanismos que los aplicados a la transición entre la Modernidad y la Postmodernidad. En la segunda oralidad no hay decepción ni desilusión. Simplemente, se libera un sentimiento que, aunque probablemente existente desde la publicación de la Biblia de 42 líneas, había permanecido silente durante casi cinco siglos: el texto impreso no sólo dice lo que el autor quiso expresar, sino lo que también el lector extraiga de él.

Si la Postmodernidad es el desengaño de la razón, la segunda oralidad es la emancipación del lector frente al autor. Suceden a la vez, coetáneamente y, posiblemente, implicando una serie de mecanismos subterráneos comunes. Por ello, debido a esos nexos de unión entre Postmodernidad y segunda oralidad, tal vez del cierre del paréntesis Gutenberg se extraigan conclusiones que puedan ser extrapolables a ese cierre en falso de la Modernidad que la Postmodernidad. Liberar a la razón de la verdad sólida en la que lleva anclada desde la Antigüedad. Aceptar que la verdad, como el texto impreso, puede sufrir modificaciones que la hagan perder su esencia original. La razón no es un instrumento capaz de alcanzar esas verdades universales, que los antiguos tanto se jactaban de haber recibido directamente de los dioses. Pero, aunque nuestro pensamiento se maneje con verdades impuras, bastardas, incompletas… éstas pueden llegar a ser igual de útiles, sino más.

 

7 comentarios en “El cierre de paréntesis Gutenberg… ¿es también una salida de la postmodernidad?

  1. […] Por lo tanto no es extraño que los modernos atribuyeran al texto impreso un valor trascendental, ca…. El texto impreso era permanente (lo escrito en un libro no podía cambiar; lo que se transmitía de boca a boca, por el contrario, era modificado por cada emisor); detentaba una autoría conocida (al contrario de la época anterior, la de la Primera Oralidad, cuando la mayor parte de la produción cultural era anónima); y presentaba una transmisión unidireccional (autor–> lectores). Durante siglos, cuando el acceso a la imprenta y a la publicación presentaba importantes restricciones materiales y legales, el texto impreso también contaba con una cierta autoridad no sujeta a debate; y es que, si alguien había conseguido que su obra fuera editada en forma de libro, es que lo que decía, si correcto o erróneo, por lo menos tenía un poso de certidumbre. […]

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  2. […] En este blog hemos construido una historia del pensamiento lineal que va desde una época premoderna, de verdades sólidas, externas e independientes a la persona, a una sociedad postmoderna donde la verdad es líquida, todo-relativa. La tesis principal en la que nos hemos apoyado ha sido el “error” de los modernos por tratar de alcanzar por medios humanos esa verdad sólida que antaño era potestad de los dioses. Cómo la verdad sólida premoderna, que se hallaba en un espacio exterior, inalcanzable para la cogitación humana, era fagocitada (con más fracaso que éxito) por el individuo moderno. Cómo los conceptos de idea verdadera e idea útil, bien definidos y diferenciados en la Antigüedad, eran mezclados y fusionados por las teorías modernas: lo útil debería ser, además de útil, universalmente verdadero; esto es, no contradecible. Cómo el criterio de autoridad, que era la base a partir de la cual se construía todo saber premoderno, no era realmente destruido por los modernos, sino que éste quedaba consignado, encajonado, dentro de los textos impresos en tipos móviles (y de ahí el supuesto paréntesis Gutenberg). […]

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