Marginados del nacionalismo. Olvidados del multiculturalismo

“The world is not a ghetto and a ghetto is not the world. People in the ghetto suffer because there be people who live for making them suffer. Good time is bad time for somebody too”

Marlon James “A brief history of seven killings”

Las sociedades son elementos complejos porque están compuestas de miles, millones, cientos de millones de unidades, todos ellas diferentes, únicas e irrepetibles. Esas unidades somos nosotros, los seres humanos. Y no hay estructura societaria que sea capaz de dar cabida a los deseos, anhelos y necesidades que encierra cada una de esas unidades, de cada una de esas conciencias; entre otras razones, porque muchas veces contienen múltiples aspiraciones que son incompatibles, incluso antagónicas entre ellas.

Como hemos comentado en anteriores artículos, la democracia liberal tan sólo es capaz de asegurar que las estructuras etáticas dispensen una justicia igual para todos, en base a un código legislativo que incluya a todos los habitantes de una nación. Que no es poco. Pero no es suficiente. La vida en sociedad es mucho más que leyes, normativas y tribunales. La vida diaria precisa de engranajes que van más allá del ámbito de la Ley. El ciudadano necesita sentirse que forma parte de la sociedad en la que vive (inclusión), que sus atributos diferenciadores sean reconocidos (visibilización); y verse representado por sus líderes políticos (representatividad). Además, el día a día está fuertemente influenciado por dos elementos paralegales y parademocráticos, con igual incluso mayor importancia que las propias leyes democráticas: el Poder y el Mercado. Se podrá legislar sobre inclusión, visibilidad, representatividad y Mercado, pero el poder de la ley suele ser débil en aquellos derroteros y, muchas veces, ineficaz. Demasiados elementos, pues, que quedan fuera del ámbito de autoridad de una democracia liberal.

Casi todas las democracias liberales han sufrido la “contaminación” historicista del nacionalismo, lo que supone que el término “nación” se delimite en base a unos criterios de historia, cultura, lengua, raza, religión o cualquier otro elemento que se considere sagrado y diferenciador de una realidad nacional. Es por ello que las democracias liberales tienden a homogeneizar al ciudadano, de modo que las estructuras etáticas tenderían sólo a visibilizar y representar a aquel que cumpla con los criterios nacionales. A estos criterios habría que sumar los atributos seleccionados por el Poder que, nunca incompatibles con el nacionalismo, muchas veces coinciden con los de éste. El modelo nacionalista de representatividad etática y social homogeneizada visibiliza a un importante grupo de ciudadanos, aquellos que cumplen con las exigencias de los principios nacionales (historia, cultura, lengua, raza, religión…) y del Poder (sexo, nivel económico y social)… Sin embargo, margina a otros grupos de ciudadanos que, bien no cumplen con los criterios, bien forman parte de los silenciados por el Discurso del Poder.

No es de extrañar, pues, que arrecien los conflictos identitarios a medida que los marginados por el nacionalismo y el Poder se empoderan y exigen mayores cuotas de representación. Que no piden leyes distintas ni privilegios, sino reconocimiento de sus singularidades y diferencias para con el patrón homogeneizado nacionalista. Y es que la visibilización y representatividad va más allá de una alcaldesa musulmana, un presentador de informativos sudamericano, o un jugador de fútbol homosexual. Significa un acceso a puestos de administración pública. Significa entrar en cargos de responsabilidad de empresas privadas. Significa establecer relaciones de amistad con compañeros de trabajo, vecinos, padres de otros niños del colegio. En resumen, significa evitar la exclusión y marginación a las que apela el nacionalismo.

Frente a este modelo homogeneizador se erige el concepto de muliculturalismo, en el cual importan menos los atributos sagrados historicistas, y más el respeto hacia la heterogeneicidad real de la sociedad. Respeto hacia el otro, independientemente de su sexo, creencias, raza, ideología o equipo de fútbol. Valorar al ciudadano por lo positivo que puede aportar, y no por el grupo al que, en teoría, pertenece. Sin embargo, un modelo multiculturalista perfecto no es posible en naciones definidas según criterios historicistas-nacionalistas. Si se considera que una nación es un elemento estanco que atesora una serie de valores históricos, culturales y raciales únicos e irrepetibles, todo valor extraño, extranjero será siempre considerado como invasor, destructor de la identidad nacional. Así, por más que haya partidos políticos, organizaciones sociales o gobiernos supranacionales (Unión Europea) que luchen en pos del multiculturalismo, siempre se enfrentarán a la tremenda fuerza inercial del nacionalismo.

Además, el multiculturalismo exige compartir poder entre todos los ciudadanos. Y esto no es posible en un medio en el que el Poder está controlado por una parte de la sociedad (y no quiere desprenderse de él). El único modo con el que las democracias liberales pueden  romper ese círculo vicioso es mediante cuotas obligatorias de representatividad, de visibilidad, de puestos de responsabilidad en empresa privada, de cargos públicos… En resumen, discriminación positiva a favor de los marginados del nacionalismo y del Poder.

Como bien apuntan Tzvetan Todorov (La peur des barbares, 2008) o Daniel Innerarity, el multiculturalismo sólo beneficia a aquellos que se suben al tren de la globalización. Generalmente se trata de gente culta, con amplia formación académica, puestos de trabajo de responsabilidad y status social aisé. En estos casos, la ampliación de los horizontes culturales y sociales no se siente como amenaza, sino más bien como oportunidad. El resto de ciudadanos, aquellos con formación básica, empleos precarios, de baja responsabilidad y que vivan en barrios de la periferia observarán el multiculturalismo con temor y rechazo. Porque, a instancias de esa discriminación positiva, de ese empoderamiento del extraño, extranjero… del otro… verán peligrar sus trabajos poco cualificados,  sentirán que sus calles son “invadidas”, tendrán que compartir las (cada vez más escasas) ayudas sociales con forasteros. Y, mientras los hijos de estos “no nacionales” obtienen mejores resultados académicos, estudian en las universidades y acceden a mejores puestos de trabajo que la primera generación, los retoños de los “indígenas”, que no pasan de la formación básica, se ven relegados a escalafones más bajos de la pirámide social.

La imposición del multiculturalismo en nuestras sociedades, genera un grupo más o menos importante de “olvidados”: ciudadanos que, cumpliendo los criterios de homogeneización nacional y, por tanto, sintiéndose “ciudadanos de primera”, no son capaces de subirse al tren de la globalización y son superados por los “ciudadanos de segunda”, aquellos que no cumplen con aquellos atributos (raza, religión, lengua, historia, cultura…) que se consideran “sagrados” según la concepción historicista de nación.

Los olvidados del multiculturalismo desearán, por tanto, cerrar fronteras. Expulsar a los extraños. Arrebatarles “privilegios”, que no son más que los derechos que otorga la democracia liberal a todos y cada uno de los ciudadanos. Recuperar un ideal de nación que, si bien nunca existió, ellos creen reconocer a través de los mitos nacionales. En eso se basa el populismo: devolver a los miserables su propia miseria.

Las democracias liberales se encuentran ante una encrucijada: o aislamiento nacionalista o apertura multicultural. Cualquiera de las dos opciones generará un grupo de marginados, de olvidados, con la consiguiente conflictividad política y social. Y es que, los buenos tiempos son también malos tiempos para alguien.

2 comentarios en “Marginados del nacionalismo. Olvidados del multiculturalismo

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