El texto científico después del paréntesis Gutenberg

El paréntesis Gutenberg es esa franja temporal, larga a los ojos del hombre pero brevísima en términos históricos, durante la cual el texto impreso fue el elemento vehicular por excelencia de la cultura en Europa y en gran parte del mundo. A partir de los tipos móviles diseñados por Johannes Gutenberg en su taller de Maguncia, y la publicación de los primeros incunables, la expansión del saber y conocimiento no tuvo ni límites ni fronteras. El libro impreso fue, pues, el instrumento necesario para que se produjera la gran revolución social, cultural y política de la Modernidad.

Por lo tanto no es extraño que los modernos atribuyeran al texto impreso un valor trascendental, casi sagrado. El texto impreso era permanente (lo escrito en un libro no podía cambiar; lo que se transmitía de boca a boca, por el contrario, era modificado por cada emisor); detentaba una autoría conocida (al contrario de la época anterior, la de la Primera Oralidad, cuando la mayor parte de la produción cultural era anónima); y presentaba una transmisión unidireccional (autor–> lectores). Durante siglos, cuando el acceso a la imprenta y a la publicación presentaba importantes restricciones materiales y legales, el texto impreso también contaba con una cierta autoridad no sujeta a debate; y es que, si alguien había conseguido que su obra fuera editada en forma de libro, es que lo que decía, si correcto o erróneo, por lo menos tenía un poso de certidumbre.

La ciencia moderna se desarrolló íntegramente dentro del paréntesis Gutenberg. Fue gracias a la impresión y publicación de obras científicas que se expandió el cómo y el qué del saber moderno. Los libros y las revistas científica permitieron a científicos de todos los continentes recibir información acerca de los progresos en diferentes disciplinas.

El texto científico se caracteriza por su rigor, objetividad y canonicidad. No tolera opiniones personales que pudieran dar a falsos equívocos y conclusiones basadas en el principio de autoridad. Los datos se presentan fríos, desnudos frente a los ojos del curioso lector. Ciertamente, en el texto científico no hay lugar para la reinterpretación de los datos, a no ser que se utilicen manipulaciones estadísticas. Tampoco se puede recontextualizar, pues en todo texto cientifico que se precie, deben definirse de modo preciso los objetivos que se persiguen.

La sociedad contemporánea ha trivializado el texto impreso, editado y publicado. Cualquier persona tiene instalado en su ordenador un editor de texto, una impresora y acceso a internet para, a través de redes sociales, blogs y foros, publicar sin necesidad de un soporte físico sus obras y opiniones. Al transformarse en un fenómeno democratizado y de masas, el texto impreso ha perdido su carácter sagrado. Sin embargo, el texto científico conserva ese elitismo que le otorga el hecho de que sólo es comprensible para los iniciados en la disciplina científica concreta. Para un lego en física, un tratado de mécanica cuántica le parecerá escrito en lengua y grafía arcana. Para un universitario de rama científica, por el contrario, le resultará tan cercano y próximo como los cuentos y leyendas que se narran a los niños. Más aún; un profano puede opinar en un foro o en un blog acerca de temas democratizados, como lo son la política, la sociedad, los deportes o la economía, pero jamás podrá publicar en una revista científica un artículo sobre la ley de conservación de las masas o la importancia de la metátesis en el primer Wittgenstein.

El texto científico está bien protegido, dentro de los límites marcados por el paréntesis Gutenberg gracias a su naturaleza todo-objetiva y casi-matemática, pero también porque no se trata de un texto democratizado, sino exclusivo de una élite instruida. No se cierra pues este paréntesis para los libros de referencia y las publicaciones científicas. Otro asunto es valorar si, como se ha creído durante los siglos de la Modernidad, se puede atribuir el carácter estable y canónico a un texto impreso, sea éste un poema editado en una antología poética, una opinión publicada en “Twitter”, o un artículo de “Nature”. O si, por el contrario, esa inmutabilidad es una mera ilusión.

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