Hacia el final del guerracivilisismo

Cuando ya quedan pocos testigos directos de nuestra trágica guerra civil,  resuenan aún los ecos de las trincheras, de las matanzas y de los reproches entre vencedores y vencidos. Y eso casi ochenta años después de la última bala, del último mortero, de la última bandera blanca. No es algo que sea díficil de comprender: las heridas de esa tremenda guerra se mantuvieron abiertas con el beneplácito del régimen franquista. Una dictadura cuyos efectos todavía permanecen nítidos y vivos en la memoria de muchos españoles.

Bien por intereses, bien por las necesidades de la Transición, tanto la guerra civil como la dictadura franquista no se cerraron de modo justo. La amnistía general con la que se dio inicio a la democracia actual dejó olvidados cientos de miles de damnificados: desde represaliados políticos que nunca volvieron en vida a pisar tierras españolas hasta cadáveres mal enterrados en cunetas de carreteras y a la sombra de muretes de cementerios. Además, decenas de miles de responsables de ejecuciones sumarias, torturas, saqueos, violaciones… quedaron impunes: ningún juez pudo perseguir esos crímenes contra la humanidad y los pocos que todavía aún viven gozan de una tranquila y plácida senectud.

Hay una generación de españoles que nació y vivió bajo las garras del régimen de Franco, que sufrió de primera mano el pesado yugo de su autoritarismo. Hoy en día son nuestros bisabuelos, abuelos, padres… Tres generaciones a las que no se les puede exigir que ni callen ni olviden todo de lo que sus ojos fueron testigos. Sus penas no han sido sancionadas con justicia; su rabia hacia los herederos del régimen nacionalcatolicista es lógica y comprensible.

Sin embargo, las trincheras de la guerra civil reposan en un estrato mucho más profundo de la conciencia social. Ya quedan pocas personas que recuerden con nitidez esos años de hambre, miseria y sangre. Los responsables de las más aberrantes exacciones ya han fallecido. Muchas de las víctimas directas que sobrevivieron a la contienda, también. Cuatro generaciones de españoles nos separan del bombardeo de Guernica, de las matanzas de Badajoz y Paracuellos, de los campos de exterminio franquistas… Muchos de los bisnietos y tataranietos de los protagonistas desconocen esos oscuros capítulos de la historia familiar. Y de los que los han oído, a muy pocos les influye en su manera de pensar y actuar. En las filas del Partido Popular hay descendientes de republicanos represaliados, de civiles bombardeados, de exiliados, de ajusticiados. Asímismo, muchos votantes de partidos de izquierda cuentan con familiaes que apoyaron y lucharon en el bando nacional. En una sociedad libre, donde la libertad de conciencia es un derecho fundamental, el pasado familiar no debería condicionar la vida de nadie.  No se puede menospreciar a un dirigente de Podemos porque uno de sus abuelos haya participado en la División Azul. O a otro del Partido Popular con pedigrí comunista. Nuestras decisiones en la vida pueden ser explicadas por vivencias familiares, historias aprendidas, o la educación recibida… Explicadas sí, pero no justificadas.

Existe el concepto positivo de “universalidad”, mediante el cual se trata de compartir las más bellas creaciones artísticas y culturales con toda la humanidad, independientemente de su origen, raza o religión. El “Quijote” es universal porque ha dejado de pertenecer a una nación, la española, para ser apropiado por cualquier persona que quiera disfrutar con la lectura de sus páginas. Lo mismo sucede con el Taj Majal, el álgebra de Al-Juarismi o la teoría de la relatividad de Einstein. Todas las obras de arte, todos los descubrimientos científicos e inventos del pasado no pertenecen una nación, sino al género humano.

Del mismo modo debería existir una aproximación negativa de “universalidad”, que nos haga partícipes ecuménicos, no sólo de lo bueno, sino también de los crímenes más perversos y viles que ha sido capaz de cometer el hombre durante su andadura en este mundo. Así, el genocidio armenio no pertenece a los turcos, herederos del imperio otomano que perpetró tal matanza, sino a toda la humanidad. Lo mismo sucede con las carnicerías de la colonización europea, los campos de concentración nazis, los gulags, el “Gran Salto Adelante” chino, los campos de la muerte de Pol Pot… y así un largo etcétera, pues larga es la lista de atrocidades cometidas por el género humano. Todos somos herederos de estos macabros acontecimientos históricos, como herederos somos también de la imprenta de Gutenberg, la Declaración de los Derechos Humanos, la penicilina o la teoría de la evolución de las especies. No deberíamos echar en cara a un alemán los hornos crematorios que sus descendientes alimentaron con cuerpos de judíos. O no deberíamos afear a un norteamericano por las bombas atómicas lanzadas sobre Hirosima y Nagasaki. Todos somos descendientes de esas víctimas, y de esos verdugos.

Siguiendo esta lógica, en España deberían cerrarse para siempre los episodios de guerracivilismo que sacuden de vez en cuando nuestra sociedad: nos seguimos echando en cara los crímenes que cometieron nuestros bisabuelos y tatarabuelos, como si existiera un “pecado original” que manchara de oprobio a la persona por su origen étnico, religioso, ideológico o familiar. Los que utilizan el Alzamiento Nacional para desacreditar al contrario consideran que el mal generado aquel día de julio de 1936 impregnó el material genético de los criminales que lo perpetaron, y así se hereda de modo autosómico dominante en su descendencia. Por otra parte hay quien acusa a los republicanos contemporáneos de querer repetir las mismas fechorías (quema de conventos, expropiaciones forzosas, ejecuciones sumarias) que cometieron algunos exaltados de la Segunda República. Pero al final, en verdad, todos somos herederos tanto de los muertos del bombardeo de Guernica como de los pilotos alemanes e italianos que lanzaron tal embestida aérea; tanto de los prisioneros de guerra que morían de hambre y necesidad encerrados en alambres de espino, como de los carceleros que les negaban alimento y asistencia médica.

Llegará el día que sucederá lo mismo con el franquismo. Pero todavía es pronto, por más que algunos traten de dar carpetazo final. La transición entre la dictadura y la democracia puede haber sido ejemplar en el plano político, pero a nivel social se han dejado muchas heridas sin cerrar; muchos cadáveres sin desenterrar, y muchas injusticias sin enmendar. Y eso no ayuda a dejar atrás ese pasado. Tal vez, la generación que hoy nace sea capaz de asimilar en el futuro esas “dos Españas”, y reconocerse en sus grandezas y miserias, sus éxitos y fracasos, sus hazañas y sus crímenes.

2 comentarios en “Hacia el final del guerracivilisismo

  1. […] Como alguna vez ya he escrito, llega un momento en el que los hechos históricos dejan de pertenecer a una comunidad concreta, y pasan a ser patrimonio de toda la Humanidad: las pirámides de Egipto, pero también las masacres de Gengis Khan. El Quijote, pero también los crímenes de la Conquista de América. La teoría de la relatividad, pero también los campos de concentración nazis. Humanos fueron los que crearon esas obras maravillosas, pero también humanos fueron los que cometieron esas barbaridades. […]

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