¿Hay que exigir a los musulmanes que condenen los atentados yihadistas?

Europa es un continente con un pasado muy feroz, en donde han perecido más personas por actos de violencia que en cualquier otro lugar del mundo. No hay que alejarse mucho en los libros de historia para dar fe de estas tropelías. Tal vez hayamos hecho acto de contrición por los pecados cometidos por nuestros antepasados. Tal vez, en cierta medida, hayamos sido capaces de aprender de nuestros errores. Nos sentimos libres de cometer actos violentos. Nos creemos que hemos castrado nuestros instintos más perversos. Es por ello que percibimos la violencia como un elemento exterior, lejano. Que la única violencia estructural  es cometida  por el extraño, por el Otro. Los crímenes “autóctonos” son obra de mentes perversas que están movidas por la locura; aquí la enfermedad radica en el individuo. Los atentados “importados”, sin embargo, son el fruto de culturas donde la violencia es eje vertebrador de la cotidianeidad; acullá es la sociedad, y no el delincuente, quien está enferma.

Nada más lejos de la realidad.

Pocos sentimientos son tan universales como los del anhelo de la paz, seguridad y tranquilidad psicológica. Aquella sociedad que no se basara en este principio, probablemente, sucumbiría en poco tiempo, víctima del stress ambiental al que se vería sometida. La violencia no es un estado natural, ni del individuo, ni de la sociedad. Nadie quiere vivir en guerra continua; nadie quiere sentirse excluido, odiado, amenazado… Muy al contrario, el deseo de todo ciudadano es vivir tranquilo, en prosperidad, y al lado de los suyos. Eso no significa que dentro de todas las sociedades haya elementos violentos que traten de desestabilizar y quebrar esa paz, esa prosperidad, esa tranquilidad. La violencia puede venir disfrazada de ideología política (dictaduras sanguinarias, terrorismo político, xenofobia), o de espiritualidad (yihad y otras guerras santas). Otras veces, los criminales no se esconden detrás de falsas caretas, y se organizan en violentos clanes (mafias, maras…).

Se supone que cualquier ciudadano de a pie es lo suficientemente humano y solidario como para sentir asco por cualquier acto terrorista. No importan su origen, religión o credo político. Probablemente la indignación de éste aumentará en caso de que el asesino justifique sus crímenes invocando sus propios ideales y creencias.  Por ello, nadie tiene por qué exigir a un musulmán que condene los atentados de Barcelona. Ni a un vasco que condene los asesinatos de ETA. Nadie debe estar obligado a expresar públicamente su dolor ante cualquier crimen, cualquier atentado, pues ese sentimiento está implícito por su condición de ser humano.

A quien sí hay que exigir condena explícita, pública y sin ambigüedades es al que, con sus discursos o sus actos, defiende al terrorista. Así como la sociedad exigía a Herri Batasuna una condena clara de la barbarie etarra, debemos de ser contundentes con los (escasos) religiosos que, a través de sus comentarios, alientan a los dementes a hacer la Yihad. El que siembre odio debe saber que no es bienvenido. Hay que subirle a la palestra, obligarle a hablar y escuchar: que se sienta vigilado, oprimido, censurado…

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