Enfermedad terminal y prisión

Queremos que el delincuente vaya a la cárcel. Que sea castigado por sus crímenes. Que sufra, como él mismo ha hecho sufrir a los demás. Nos soliviantamos cuando escuchamos noticias acerca de las condiciones de vida en ciertas prisiones: que si tienen piscina, que si tienen gimnasio, ordenadores, patios equipados con porterías y canchas de baloncesto… ¿cómo puede tener un delincuente acceso a esos “privilegios”, cuando gran parte de la pueblo honrado y civilizado carece de ellos?

La sociedad otorga a la cárcel una función esencialmente de castigo. Sin embargo, en las leyes democráticas de las que nos hemos provisto, la pena privativa de prisión está contemplada como una medida de reeducación y reinserción. Por lo tanto, la sociedad no castigaría al delincuente a través de su condena en la cárcel, sino que reconduciría su vida a través de la disciplina y la educación. Una vez el reo haya alcanzado el estatus de “reinsertable”, el tiempo de prisión sería inútil e injusto. Así, el ex-preso (que ya jamás podrá denominarse delincuente, pues se trata de una persona nueva, “reajustada”) podrá disfrutar de su vida en libertad.

Sin embargo la cárcel ha recibido siempre críticas por su fallida labor de reinserción: ¿cómo se puede educar para vivir en comunidad si se hace dentro de un sistema rígido y carente de un aspecto tan importante como lo es la libertad? ¿cómo educar a un delincuente para ser una “persona de bien” si se le rodea de la peor calaña? La prisión fracasa estrepitosamente en la función que le asignan las leyes; no reinserta, no forma; deforma. Pero, aunque en principio no deseada por la sociedad, esta deformación sí es buscada y anhelada por el Poder que la rige. Porque, como bien dice Michel Foucault, al agrupar y reunir a los criminales en un espacio común y aislado, éstos aprenden entre ellos; se enseñan sus técnicas, sus trucos; reconocen sus errores y alardean de sus éxitos. Esta “universidad del crimen”, si bien puede transformar a un delincuente de poca monta en un elemento mucho más peligroso, lo hará en base a un sistema criminal homogeneizado, domesticado, que repite esquemas, que es fácilmente trazable, y clasificable. A fin de cuentas, aunque pueda ser dañino para la sociedad, el nuevo criminal no lo es tanto para el Poder. La cárcel no extirpa su peligrosidad, pero lo convierte en un títere inocuo para las estructuras más profundas de control social.

A pesar de sus fallas, no existe hoy en día opción alguna que sustituya a la prisión. El paradigma penitenciario está en crisis, siempre lo ha estado, pero sobrevive en base a que no ha aparecido aún ningún otro sistema que permita a la sociedad desprenderse de él. Casi todas las alternativas, más dirigidas éstas a la formación, enseñanza y vida en comunidad, sólo son aplicables a ciertos reclusos, generalmente los menos agresivos, los que han recibido penas más livianas. El resto de condenados, más peligrosos, o no tienen posibilidad de acceso a estos módulos de reinserción.

Frente a la función reeducadora y de reinserción que le otorgan las leyes, la prisión ejerce en realidad de máquina de venganza, expiación y castigo (exigido por la sociedad) y de sistema alienante tanto del criminal, como del crimen (del que se beneficia el Poder). La sociedad se siente segura al saber que el delincuente está pagando sus delitos; el Poder elimina la potencial amenaza que éste podría suponer para su existencia.

La cárcel, a pesar de las piscinas, las televisiones de plasma y los gimnasios, es un lugar muy hostil para la persona. Probablemente la esperanza de vida de un recluso sea muy inferior a la de un ciudadano en libertad. El rigor disciplinario y la alienación a la que se ve sometido provoca no pocos daños psicológicos. Pero también físicos. Hay mayor riesgo de caer en drogodependencias, así como de de sufrir enfermedades cardiovasculares, cáncer, infecciones (VIH, hepatitis…). Es por ello que reos de largas penas acaben sufriendo, durante su estancia en la cárcel, de alguna enfermedad grave e inhabilitadora. No es de extrañar, pues, la presencia en los medios de comunicación de noticias acerca de terroristas, asesinos en serie o violadores que, después de permanecer décadas recluidos, sufren de alguna enfermedad de carácter terminal.

El preso terminal presenta una serie de características que lo hacen absolutamente diferente de todos los demás: por una parte, no es rehabilitable ni reinsertable, pues su esperanza de vida no alcanzará nunca ese objetivo. Por otra parte, ya no supone una amenaza para el Poder, ni tan siquiera para la sociedad (salvo si se tratara de un enfermo mental que sea capaz de llevar sus crímenes hasta las últimas consecuencias y, por lo tanto, quizás fuera más prudente ingresarlo en un hospital psiquiátrico). Ha cumplido con parte de la pena impuesta por los jueces y, además, ha pagado una pena extra con su enfermedad.

La excarcelación de estos presos siempre es polémica, sobre todo cuando el sujeto ha sido condenado por actos de terrorismo (de los que nunca se ha arrepentido) o crímenes sexuales (que casi siempre ha sido reincidente). La sociedad se indigna, se levanta contra las instituciones, contra el juez de vigilancia penitenciaria. Exigen minuciosos informes periciales acerca de la salud del preso. Y, si es necesario, piden que sean contrastados con otros informes, independientes, casi siempre pagados por asociaciones que no quieren ver a esa persona en libertad. El preso, enfermo, se ve sometido a vainenes arbitrarios que, a veces acaban con la negativa de su excarcelación; y otras con una polémica puesta en libertad.

Sin posibilidad de reinserción, castigo ni alienación, ¿qué hace un enfermo terminal recluido en una cárcel? Extintas las funciones que le otorgan la ley, la sociedad y el Poder, la prisión acquiere una nuevas atribuciones: el suplicio, el tormento, la mortificación. Inmisericordia y crueldad: obligar al criminal que pague con la misma moneda con la que hizo daño a sus víctimas; añadir padecimiento físico a su pena de privación de libertad. Arrebatarle todo tipo de esperanza; que sufra hasta el último de sus días.

En una sociedad sana, justa, equilibrada, no puede haber hueco para estos procedimientos de estirpe medieval. La cárcel, ya de por sí, es un elemento inhumano e inhumanizador, cuyos efectos en el preso van mucho más allá de los objetivos planteados por la ley que le ha encarcelado. Puede ser duro, sobre todo para las víctimas y sus familiares, ver que el criminal que tanto daño les ha causado queda libre, a veces sin ni siquiera haber pronunciado una sola palabra de arrepentimiento. Sienten (y con razón) que recibe de la sociedad una compasión a todas luces inmerecida. Pero no nos podemos permitir el precio de no liberar a aquellos reos que cuentan ya por días, semana o meses y no por años, el tiempo que les queda por vivir. Tenemos que demostrarles que, finalemente, les hemos derrotado. Que no nos han infectado de esa crueldad con la que tanto dolor han generado. Que somos más humanos que ellos.

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