Contra el referéndum en Cataluña

Existe un derecho a decidir democrático, en el que todos los ciudadanos a los que atañe la decisión están representados.

Luego está también el derecho a decidir nacionalista que es el de los privilegiados y aristócratas; el de los que niegan a la plebe el derecho a decidir por ella misma, mientras la culpan de todos los males que sufre el etnopatriciado. Imponen condiciones para ser poseedor del derecho a decidir: vivir en una región, hablar tal idioma, profesar esta religión, o pertenecer a una raza-clan-casta… Requisitos aleatorios que se modifican al capricho de quien regenta el poder, y según necesidades operativas. Hoy tú tienes derecho a decidir, pero mañana te lo arrebataremos.

La confusión entre derecho a decidir democrático y nacionalista no es un mal exclusivo de ciertos políticos catalanes. Se aprovechan de ella todas las naciones que han cimentado sus estructuras etáticas sobre la ideología nacionalista europea, que son la inmensa mayoría (España incluida). El Brexit, el referéndum griego de 2015 o las decisiones populistas de Szydło y Orban son un claro ejemplo de esta fraudulenta manipulación.

El derecho a decidir democrático solo es posible en una nación de ciudadanos, esto es, en la nación de Diderot, de Kant, de Todorov… Y no en una nación de patriotas, como las de Spengler, Arturo Pérez-Reverte o Puigdemont.

Aceptar que no existe el derecho a decidir nacionalista (o, al menos, reconocer que no es democrático) obligaría a replantear muchas cuestiones sobre fronteras e identidades. No hay fronteras perfectas (no son perfectas las de España, ni las de un hipotético estado independiente catalán). No existen identidades puras (no existe la identidad catalana, vasca, española, francesa… sino millones de identidades diferentes, todas ellas bastardas, mestizas, impuras). Es lo mismo que reconocer que no existe una patria española, catalana, alemana… algo que, hoy por hoy, es una quimera. Quimera que, de materializarse, muchos dolores de cabeza nos evitaría.

Este referéndum no democrático, como otros muchos, lejos de solucionar un problema identitario, lo recrudece, pues enfoca la solución allí donde se halla la raíz del mismísimo mal. Propone y ensalza que haya diferencias étnicas, históricas, religiosas, culturales. Diferencias que, además, considera irreconciliables, incluso enemigas. Y exige, por lo tanto, fronteras herméticas que les alejen del distinto.

Pero esas fronteras sólo están en las cabezas de algunas personas. Las reales, las de alambre de espino y garita militar, separan, aislan a iguales y encierran en una misma celda a diferentes. Y recrudecen el odio entre ellos.

No más fronteras. No más referendums nacionalistas disfrazados de falsa democracia.

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