Sobre el tabú en el humor

La sensibilidad a la ofensa y al agravio ha ido en aumento en las sociedades contemporáneas ultraconectadas. Cualquier producto publicado en una de las múltiples modalidades de mass media es duramente analizado, no por un equipo especializado de censores (como sucede en las dictaduras), sino por una horda infinita de activistas, ciberactivistas, asociaciones cívicas y sociales, trolls, bufetes de abogados y buitres… Todo lo publicado (discurso en un acto académico, opinión en un periódico, comentario de twitter, canción, anuncio publicitario…), por muy neutro que sea su mensaje, siempre podrá ser víctima de algún neocensor que descubra, escondida entre las líneas de texto u oculto en oscuros fotogramas, algún contenido pernicioso o humillante para la causa neocensora. Que si tal canción ampara el imperio del heteropatriarcado violento y machista; que si en tal comentario ha podido utilizar la palabra “islam” con cierto tono peyorativo; que si tal humorista pervierte la imagen de Carrero Blanco, asesinado por ETA (aunque la imagen de éste sea ya de por sí execrable por haber sido uno de los más altos cargos de la dictadura franquista), y así un interminable etcétera…

Según los expertos en lingüística e historia del pensamiento, el paréntesis Gutenberg se está cerrando. Este paréntesis se abrió cuando Johannes Gutenberg imprimió en su taller de Maguncia la Biblia de 42 líneas mediante la aplicación de los tipos móviles. Esta técnica permitió difundir el conocimiento y, con ello, promover una revolución cultural y científica sin parangón en la historia de la Humanidad. La base de esta expansión del conocimiento fue el texto impreso: libros, revistas y panfletos. Si bien el acceso a la información se democratizó, la impresión de textos era limitada, pues las imprentas eran pocas y la edición de un libro precisaba de fuertes y riesgosas inversiones: de ahí que se considerara que si un texto había sido publicado, esto es, impreso en tipos móviles, era porque tenía algo de significativo y trascendental. De ahí la autoridad otorgada al texto impreso, que se suponía inmóvil, estable (las palabras contenidas en un libro no podían ser modificadas), individual (tiene un sólo autor o grupo de autores) y canónico (recoge fielmente la expresión de su autor). Pero la democratización de los sistemas de edición (simplificados con el software de ordenadores personales), impresión (impresoras de inyección de tinta, tiendas especializadas en reprografía…) y publicación (internet) ha corrompido la autoridad del texto impreso. Es por lo que se considera que, actualmente, se está cerrando el paréntesis Gutenberg para dar entrada a una Segunda Oralidad.

Fuera del paréntesis Gutenberg toda expresión pública corre el riesgo de sufrir recontextualizaciones por parte de los receptores. Eso significa que la intención primaria con la que el emisor creó su mensaje poca o ninguna importancia tiene en el imperio de la Segunda Oralidad. Lo que prevalece es la emoción que dicho mensaje produce sobre el que lo recibe o, mejor aún, sobre los potenciales miles de millones de receptores. El texto se disecciona, se recontextualiza, se reinterpreta y, finalmente, se republica, aún bajo la autoría de su creador, pero transformado por alguno de los receptores. El impacto de esta recontextualización puede ser superior a la del texto original, sobre todo si la primera implica ciertos resortes emocionales y polémicos de los que carece la segunda. Un claro (y dramático) ejemplo de este proceso de fagocitación del texto original por parte del texto reinterpretado está en la condena a muerte por parte del régimen de los ayatolahs a Salman Rusdhie cuando se publicaron sus “Versos Satánicos”. En las imágenes de televisión de la época se podían ver turbas enfurecidas de exaltados que quemaban libros del autor en piras similares a la «Aktion wider den undeutschen Geist» nazi. Probablemente ninguno de los que lanzaban los libros al fuego habían leído una sola página de “Versos Satánicos”. Y digo “probablemente”, porque la edición del libro que se veía en sus manos era la inglesa, idioma que gran parte de ellos no dominaba. Los exaltados no hacían caso de lo que Salman Rusdhie había querido expresar en su novela, sino de la reinterpretación que unos fanáticos de oficina habían orquestado a su alrededor. Frente al mensaje del primer autor, se extiende la versión más dramática, más polémica del lector ofendido, contrariado.

El humor es una de las víctimas propicias de esta oleada de ofensas y agravios que ha surgido en las postrimerías del paréntesis Gutenberg. Que si es humor machista, que si es un chiste racista, que si ofende a los catalanes, andaluces, musulmanes, católicos, taxistas, bomberos… Hoy en día el humorismo es una profesión de riesgo: el más mínimo desliz que suponga una ofensa a uno de los innumerables colectivos de esta sociedad puede dar al traste con la carrera de cualquier cómico o monologuista. Al día siguiente de su actuación saldrán en tropel cientos de asociaciones que protegen la dignidad de los agraviados, y  bien exigirán humillación públicas, bien promoverán un boicot contra quien les ha ofendido (y quienes le apoyan).

Difícil tarea, pues, la de humorista, al quien sólo le quedan tres salidas si quiere seguir subiéndose en los escenarios en busca del aplauso. La primera es cultivar el humor blanco, inocuo e inocente, en el cual nadie se sienta reflejado y, por lo tanto, ofendido. Se corre el riesgo de acabar matando de aburrimiento al respetable público. El segundo es buscar nichos de humor vírgenes a la ofensa y agravio. Suelen tratarse de grupos sociales que no se han reconocido como tales y, por tanto, no han constituido (aún) plataformas en defensa de su dignidad. Son los frikis, nerds, hipsters… Puede suceder que un buen día algún miembro de estas comunidades se conciencie de su identidad y, tras una eficaz campaña por internet (“¡Stop Frikifobia!”), el humorista se vea obligado a censurar gran parte de su repertorio de chistes.

En la tercera opción, tal vez la más eficaz, se trata de utilizar al Poder como objetivo del humor. Cuando aquí se habla de Poder con mayúsculas es para denominar los resortes de autoridad y dominación que dan forma y aglutinan la sociedad. No se trata de un poder vertical, ejercido por unos pocos y poderosos a unos muchos y débiles; sino más bien de un poder horizontal, ejercido por todos sobre todos. Un poder parademocrático, prelegal. Existe un arquetipo de ciudadano que representa el modelo perfecto de Poder. Un ciudadano homogeneizado que, aunque no tiene por qué ser mayoritario, sí posee características que le otorgan un mayor acceso al Poder. En España podría ser varón, blanco, laico, que hable español “normalizado” y viva en ciudad. Este individuo, tal vez inexistente, tal vez omnipresente, representa tanto al Poder, se siente tan poderoso, que ningún chiste o broma pueden afectarle. No puede ser ofendido ni sentirse agraviado, porque es él quien maneja el juego de identidades de la sociedad. Así, un chiste en el que se critique a los hombres tendrá mejor acogida que otro donde se hable de las mujeres. Si no se utiliza ningún acento regional para ridiculizar al objeto del chiste, tanto más tolerable. Se podrá mofar de actitudes y manías de los habitantes de la gran ciudad, pero, ¡ay si se mete con el sacrificado y mil veces caricaturizado hombre de campo! Al día siguiente arrearán las azadas sobre la cabeza del humorista.

Atacar al Poder no es políticamente incorrecto, a pesar de que algunos se vanaglorien de ello. Tal vez sea así en las dictaduras, o en democracias donde el paréntesis Gutenberg esté aún vigente (si es que aún las hay). Al cierre de este paréntesis, lo políticamente incorrecto no es un ataque a las estructuras de Poder, sino más bien al contrario: es la ridiculización, solfa o desprecio de los marginados del Poder; grupo representado por aquellos colectivos ciudadanos que, aunque empoderados y reconocidos, no se sienten ni visibilizados ni reconocidos por el Poder. Ellos son los nuevos tabús de la Segunda Oralidad.

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