La identidad del populismo

Las sociedades democráticas contemporáneas son complejos entramados humanos interconectados entre sí. Las fronteras políticas se han disuelto, no sólo para bienes, capital e ideas, sino también para los propios seres humanos. Cruzamos las alambradas y las aduanas que separan unos países de otros sin importarnos si es de manera ordenada y legal (acuerdo de Schengen), o de modo anárquico y desregulado (crisis de los refugiados). Ya no se es independiente y soberano, mas interdependiente y cosoberano. Las decisiones que un día se tomen en un lugar tendrán consecuencias al día siguiente en regiones alejadas y sobre ciudadanos que no han podido siquiera tener representación en sus deliberaciones. Y viceversa.

Este movimiento desnacionalizador afecta al modo de ver y de sentir las identidades. Hasta no hace muchos años, cuando aún las fronteras no eran permeables a bienes, capital y personas, se podía sostener la (falsa) ilusión de una identidad única que englobara a todos y cada uno de los ciudadanos del país. De cómo esas garitas de la policía aduanera y las concertinas permitían preservar puros e inmáculos una serie de valores que constituían el core de esa identidad nacional. Mientras se mantuviera la identidad alejada de influencias externas, las virtudes nacionales empaparían el alma de todos y cada uno de los ciudadanos de bien. Sí, de cada uno de los ciudadanos de bien, y sólo a los de bien; porque los malos ciudadanos, los locos, los traidores de la patria… ésos eran apartados, excluidos de la sociedad, no fuera que su perfidia contaminara el muy honorable espíritu común.

Habría que buscar otro nombre a esas identidades comunitarias. Ésas que aparentemente comparten los miembros de una nación, religión, ideología, partido político, equipo de fútbol, profesión… Realmente no hay nada de identidad en ello, sino más bien un deseo, una aspiración a cumplir con los preceptos de esa identidad. Las identidades comunitarias están más cerca del mito novelesco que de la sociedad real. Porque nacen allá donde se generan los mitos: en la Historia. En el caso de los mitos patrióticos, son las mismas naciones quienes eligen de entre su pasado, las fechas, los acontecimientos y los héroes que más les convienen, a la vez que olvidan los más vergonzosos. Las identidades comunitarias recogen de esa misma historia ciertos arquetipos de comportamiento, componentes culturales, registros idiomáticos… Todos ellos deben cumplir dos requisitos: uno, ser diferenciales para con comunidades vecinas; y dos, dar lustre y llenar de orgullo. Así, en Irlanda del Norte, donde todos los ciudadanos hablan inglés, la identidad se basa en la confesión religiosa (católicos y protestantes). En España, por el contrario, con una religión mayoritariamente católica, es el idioma el que crea identidad (catalán, gallego, vasco, español…). En las naciones donde hay una unidad estructural rígida y unívoca, como lo puede ser Francia, la identidad está asociada con el origen del individuo: “extranjero” o “nacional”. A pesar de que dos grupos puedan tener unos nexos identitarios fuertes y casi indiferenciables, la hipertrofia del elemento diferenciador, por muy mínimo, por muy insignificante que en verdad sea, establecerá una línea divisoria mental entre las dos comunidades, que casi se puede asemejar a una frontera  física.

La identidad comunitaria siempre es positiva. Refuerza al grupo. El miembro se siente orgulloso de pertenecer a esa comunidad y hace propios los valores que recoge el mito. Satisfecho de ser quien dice que es su identidad, exterioriza los elementos decorativos de la misma. Así, una mujer musulmana puede usar el velo islámico como declaración de identidad diferenciada. Un forofo del fútbol lleva siempre encima la camiseta de su equipo favorito. Un patriota se convierte en abanderado durante las manifestaciones nacionales, y de diario llevará, aunque sea en un minúsculo pin, la imagen de su enseña. Quien milita en una ideología, suele gustar de estampar en sus camisetas frases y slóganes que resumen su pensar político.

Frente a todo mito histórico existe una “leyenda negra”. Mito y leyenda negra comparten un mismo origen: la Historia. Pero al contrario que el mito, la leyenda negra colecciona fechas, acontecimientos y personajes que llenan de vergüenza y oprobio a la nación señalada. Son creadas por naciones vecinas, muchas veces enemigas o que guardan viejos rencores mal gestionados. Con las identidades comunitarias pasa lo mismo: las diferentes comunidades que conviven en un mismo lugar suelen elegir, de entre todos los elementos diferenciadores de las comunidades vecinas, aquellos que las denigran. Estas “identidades negras” son, al fin al cabo, el germen de los prejuicios. La “identidad negra” permite a la comunidad rival situarse unos peldaños por encima de todas las demás; sentirse “superior”, “más moral”.

En tiempos de crisis e incertidumbre los ciudadanos se encuentran perdidos en el complejo entramado socio-político globalizado. Muchos de ellos sienten que la apertura de fronteras les ha restado calidad de vida. Y es que, aunque tal vez el enfoque sea incorrecto, la realidad es esa: hay ciudadanos que han sido marginados por el multiculturalismo. Es por ello que necesitan de elementos sólidos a los que asirse y así enderezar el rumbo de sus vidas: y ahí están las identidades comunitarias. Los excluidos del paraíso global se transforman en patriotas convencidos, fanáticos religiosos, hooligans de su equipo de fútbol, o en radicales de cierto movimiento político. Cuanta mayor sea la crisis, mayor será la masa que se identifique con lo común.

Las identidades comunitarias no son verdaderas identidades: no pueden ser; tan sólo pueden “aspirar a ser”. Pero eso poco importa en los momentos de incertidumbre social y política. Y eso lo saben muy bien los populistas. Éstos dan respuestas fáciles a cuestiones complejas porque se apoyan en los elementos que constituyen la identidad comunitaria. Porque manejan a su antojo datos históricos que han sido entregados en bandeja de plata por los historiadores a sueldo del nacionalismo. Porque sitúan como víctimas a todos aquellos que se sienten defraudados por la globalización. De la misma manera que una comunidad minoritaria puede sentirse excluida, invisibilizada, infrarrepresentada en los círculos sociales y de poder, los detentores de la identidad comunitaria mayoritaria pueden sentirse damnificados por haber tenido que entregar parte de su poder a esas otras comunidades que ellos consideran extranjeras, extrañas al sentir comunitario y, por lo tanto, perjudiciales para la pervivencia de su identidad.

La única verdadera identidad es la una propia: personal e intransferible. Está compuesta de retazos de decenas, cientos de esas identidades comunitarias. La persona aprende y aprehende esas diferentes identidades comunitarias; las reinterpreta a su manera de ver y según su experiencia de vida; y extrae de ellas todo aquello que le puede ser útil para su identidad propia. Porque nadie es sólo español, sólo catalán, sólo católico, sólo del Real Madrid… Es todo eso, a la vez, y muchas más cosas. El pop británico habrá dejado prendido un jirón de identidad anglosajona a no poca gente. Quien gusta de leer a los novelistas y ensayistas franceses queda irremediablemente empapado del sentir de esa nación. Los apasionados del manga japonés, los seguidores de la NBA, los practicantes de capoeira, los fans de la comida china, del vino argentino, de la pasta y las pizzas… Todos nosotros poseemos una identidad propia que no es única, uniforme y homogénea, sino mestiza, creada a base de los remiendos que la experiencia de vida nos va entregando. Ninguno de esos pedazos es lo suficientemente grande como para someter a los demás y monopolizar la identidad del individuo; salvo que, desde el exterior, algún populista que agite banderas hipertrofie el valor de ese jirón de identidad.

No es que la sociedad sea plural: es que nosotros interiormente somos también plurales. Tratar de uniformizar la identidad comunitaria, sea ésta nacional, religiosa, laboral, deportiva o política, es tratar de jibarizar la identidad individual. Alejémonos, pues, de aquellos que, en sus discursos, defienden una sola identidad, pues están atacando los más íntimo, lo más irrenunciable, de todos y cada uno de nosotros.

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