El debate sin vencidos ni convencidos como instrumento de reconciliación social

 

Lectura de Molière. Jean-François de Troy (1679-1752)

 

Vivimos en una época en la que recibimos un exceso de información a través de un gran número de canales (radio, televisión, prensa escrita, internet, redes sociales…), la cual no podemos analizar en profundidad. Decenas de miles de megabytes transitan delante de nuestras mentes sin que éstas puedan digerir siquiera una décima parte. Así, toda aquella información que, habiendo llegado hasta nosotros, no es asimilable, pasa directamente la barrera del discernimiento y penetra en los territorios de la visceralidad y de la emoción.

Pero no sólo ese ingente excedente de datos entra en nuestra psique sin ser filtrado por la razón y el sentido. El slogan, el tweet, la frase ingeniosa… son afilados instrumentos de comunicación que son capaces de evitar esa barrera de discernimiento, incluso cuando realizamos una labor activa de análisis sobre ellos. El exceso de información y la propaganda son poderosas armas de control social. Lejos de informar, desinforman; impiden una correcta digestión de los datos y, con ello, sitúan al ciudadano en una posición más frágil a la hora de enfrentarse contra áquel que ejerce el poder (y controla el flujo informativo).

El ciudadano, su raciocinio arrasado por el big data, se siente perdido en un caos de noticias, contranoticias, contra-contranoticias, bulos, fakes, postverdades… El caos es descontrol, y el descontrol genera miedo. No hay vida en el caos; se necesita de un orden. Y a falta de un ordenamiento propio y claro de las ideas, el Poder ofrece al ciudadano un instrumento eficaz para que éste ordene la información recibida y, con ella, supere esa terrible fase de caos. Ese instrumento es el Discurso.

Como muchas veces hemos comentado en este blog, Poder se escribe con mayúscula cuando nos referimos a un poder horizontal, ejercido por todos y para todos (e incluso contra todos). No es democrático, sino predemocrático, parademocrático. Todos participamos de él, pero con cuotas desiguales: Hay quien que, por poseer ciertos atributos (por ejemplo: hombre, blanco, católico, de altos recursos económicos y que viva en ciudad), se beneficia del Poder, mientras hay quien, por carecer de ellos (mujer negra inmigrante musulmana de bajos recursos económicos y que viva en los extrarradios), bien es excluido del Poder, bien se le ofrece una raquítica porción del mismo. El Discurso se escribe en mayúscula cuando nos referimos a aquel conjunto de saberes e informaciones que el Poder elije de entre todo el marasmo de datos que contiene la sociedad, y les asigna los atributos de verdad y realidad. Toda aquella información que queda fuera de los estrechos márgenes del Discurso se convierten en mentira y tabú, territorio de los locos y los proscritos.

El Discurso es necesario para la pervivencia del Poder. Y el Poder es condición sine qua non para la estabilidad de la sociedad. Sin embargo, eso no significa que, en pos de la armonía de la sociedad, haya que aceptar el Discurso como si se tratara de un acto de fe. Dentro del Discurso hay elementos, tal vez justos y necesarios, que favorecen sanos mecanismos de socialización, pero también hay otros que son más discutibles, injustos, que colocan a cierta parte de la sociedad en franca desventaja. Todo cambio en el Discurso provoca una marejadilla, una tormenta o una revolución en el seno del Poder. Las batallas ganadas (y las que aún estar por ganar) de l@s feministas y de los colectivos LGTB son un claro ejemplo de ello.

Puede darse la situación que, dentro de una sociedad, existan dos Discursos o, por lo menos, que una parte de un mismo Discurso sea diferente para dos colectividades de una misma sociedad. Podemos observarlo estos últimos tiempos, con gran tristeza, en el asunto catalán. Dos Discursos, dos Poderes, y una sociedad en conflicto.

Frente al Discurso de “nuestro” Poder, ordenado, comprensible y lógico, se sitúa el Discurso del Poder de los “otros”, que nos llega embarullado, caótico, deforme. Un amasijo impenetrable de información que no podemos asimilarlo, no podemos controlarlo. Y lo que no podemos controlar es amenazante, pues sentimos que puede llegar a someternos. Además, “nuestro” Discurso selecciona de modo muy poco ponderado su información acerca de los “otros”, de modo que se les margina de la realidad y la verdad. Son, pues, desalineados del Poder: se les considera locos, enemigos, malas personas… Así, desde la atalaya independentista catalana se observa al “español” como un intolerante que no acepta el sano ejercicio de la discrepancia política; al mismo tiempo, desde la torre españolista se atisba a un “catalán” fanatizado, irracional, impermeable al sentido común.

Es en esos momentos de crispación y disputa cuando debemos tratar de volver a enfocar nuestra razón. Sí, es verdad, está sobrepasada. Está sesgada por la propaganda, los tweets, las frases grandilocuentes de los líderes. Pero sigue siendo nuestra razón; es de nuestra propiedad. Por ello, un excelente (y muy saludable) ejercicio para ahuyentar dogmatismos es el intercambio de opiniones e ideas con aquellos que están “al otro lado”. No frases hechas, tweets y propaganda (para eso ya están las redes sociales), sino debates razonados en los que cada uno, de manera no agresiva, pueda expresar su enfoque personal del conflicto. En esos debates no hay que buscar el consenso. Pocas veces se conseguirá. Ni derrotar al contrario, pues existe el riesgo de generar enroques perniciosos para el diálogo. La finalidad del debate debería ser, simplemente, recibir esa información acerca del “otro” a través de otras fuentes diferentes al del amasijo caótico de los mass media, y de los filtros de un Poder interesado en su propia supervivencia.

Debatir sin buscar convencer ni ser convencido. Tan sólo escuchar y ser escuchado.  Volver a esas tertulias de salón, como en las que intervenía La Rochefoucauld, allá en el siglo XVII, donde se conversaba sobre lo humano y lo divino, y con ello se elevaba el espíritu. Ahuyentar así el miedo que genera el caos con el que percibimos a los “otros”. Mantendremos firmes nuestras convicciones. Incluso éstas serán más fuertes, pues las habremos verbalizado, las habremos razonado. Pero lo que habremos debilitado por completo es ese miedo al “otro”, esa demonización malsana que convierte a una persona igual que yo, pero con diferentes ideales, en un monstruo que, ante la imposibilidad de imponerle nuestra “razón”, sólo quedan dos opciones: someterlo o eliminarlo. La violencia, al fin y al cabo.

Aconsejo ese tipo de debate. Yo lo he probado. Y merece la pena.

2 comentarios en “El debate sin vencidos ni convencidos como instrumento de reconciliación social

  1. […] No corren buenos tiempos para la moderación. El estilo de debate que se ha impuesto en las sociedades hiperconectadas no invita al acuerdo entre diferentes, sino más bien a lo contrario: la sectarización y a la confrontación visceral. Es por ello que urge a transformar el modelo dialéctico de discusión: aceptar los argumentos contradictorios de nuestros adversarios (los nuestros también presentan multitud de contradiciones, comprender que las bases paradigmáticas de los discursos enfrentados puedan ser incompatibles y evitar cualquier atisbo de superioridad moral en nuestras posturas. Así, y solo así se podrá lograr un debate en el que no se busque derrotar al otro, sino tal vez convencerle. Y dejarse convencer. […]

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