Traducción y paréntesis Gutenberg

Desde este blog se ha venido apoyando la tesis de que el paréntesis Gutenberg fue más un deseo de estabilidad del texto impreso, que una verdadera estabilidad del mismo. Y es que la impresión con tipos móviles se inició todavía en una época de pensamiento en estado sólido, esto es, en la Premodernidad. Entonces se consideraban virtudes a la perennidad e inmutabilidad… Todo cambio era vicioso e imperfecto. Verdad sólo había una; el estado máximo de perfección era lo eterno.

La Modernidad trajo consigo el final del pensamiento sólido premoderno. Ya no se aceptaban verdades preestablecidas por dioses, sacerdotes o sabios de la Antigüedad. La realidad de las cosas había que demostrarla, bien empíricamente, bien a través del método científico. El pensamiento moderno se “ablandó” con respecto al pensamiento premoderno. Sin embargo, no fue capaz de abandonar esa Verdad Absoluta que tanto veneraban los antiguos y creían descubrir en las lecturas de sagradas escrituras. Los modernos no poseían tal verdad, pero la consideraban objetivo alcanzable (y deseable) gracias a los recursos que les otorgaba la Razón. El pensamiento moderno era más blando que el antiguo, pero aspiraba a alcanzar sus mismas cotas de rigidez.

El texto impreso, venido a este mundo a caballo entre la Antigüedad y la Modernidad, bebió de ambas aguas: adquirió ese carácter estable, canónico y permanente que tanto alababan los premodernos, y tanto anhelaban los modernos. Sin embargo… ¿no es esa estabilidad una mera ilusión? Actualmente se acepta que el texto impreso ya no posee los atributos que el paréntesis Gutenberg le otorgaba; así mismo se habla del advenimiento de una Segunda Oralidad, en la que la estabilidad, canonicidad y permanencia del texto impreso han sido sustituidas por la apropiación, reinterpretación y recontextualización. Se suele atribuir ese cambio a las sucesivas revoluciones en los sistemas de edición, impresión y publicación (editores de texto en ordenadores personales, imprentas offset, internet…), como si tales cambios tecnológicos hubieran sometido al texto impreso a una tábula rasa para, posteriormente, asignarle unas cualidades que contradicen las anteriores.

Desde antes incluso de la existencia de la imprenta de tipos móviles, los traductores han tenido una gran importancia en la expansión de la cultura. Gracias a ellos han llegado hasta nuestros días copias de libros tan antiguos como los de la Biblia, o los de los filósofos griegos y romanos. El anónimo esfuerzo del copista-traductor medieval nos ha proporcionado un opíparo surtido de fuentes a través de las cuales llegar a los orígenes del pensamiento occidental. Por ejemplo, hoy podemos disfrutar de las enseñanzas de Aristóteles gracias a las traducciones que los árabes realizaron en la Edad Media.

Sin embargo, ¿cuál fue, es y será la labor del traductor? ¿Es posible traducir un texto de un idioma a otro, manteniendo no sólo la estructura formal del mismo, sino además su contexto, interpretación y significado? Pregunta harto difícil a la que no cabe una única respuesta. Habría que empezar por preguntarse sobre las características de la lengua de origen y la de destino; sobre las cualidades del autor y del traductor (¿y si es el propio autor quien traduce sus propias obras?); sobre el momento en el que se ejecuta la traducción (¿es contemporánea a la redacción del texto o, por el contrario, ya han pasado años, décadas, siglos, desde que se escribió?)… La relación entre el texto de origen y su traducción es compleja, multívoca. Pero, independientemente del ecosistema en el que se fragua esa relación, y de sus protagonistas, la traducción siempre dejará, por lo menos, un poso de duda acerca de su fidelidad al texto original.

Y es que el traductor, aunque no sean ésos sus objetivos ni deseos, va a estar obligado a reinterpretar el texto, aportarle nueva significación e, incluso, reinscribirlo en un nuevo contexto para el que no fue escrito. Todo ello en mayor o menor medida, dependiendo de su pericia, dominio idiomático y empatía para con el autor original.

El traductor niega el paréntesis Gutenberg… incluso durante los casi cinco siglos en los que se considera que tuvo vigencia. La traducción es un ejercicio de emancipación del texto escrito, que se desprende de ese rígido corsé de estabilidad, canonocidad y permanencia. Abre las puertas a un texto liberado de la interpretación única de su autor original, que pasa a pertenecer, aunque sea de manera casi furtiva, al profesional de la traducción.

Posiblemente el paréntesis Gutenberg no haya sido más que una mera ilusión de solidez. La revolución que se produjo en ese taller de orfebres de Maguncia, allá en el siglo XV, no supuso el paso de la Primera Oralidad al Paréntesis Gutenberg, sino más bien una transición directa y sin intermediaciones, desde la Primera hasta la Segunda Oralidad. Las actuales tecnologías en edición, impresión y publicación no han propiciado, por lo tanto, el cierre del paréntesis Gutenberg, sino que su única (e importantísima) labor ha sido la de arrancar del texto impreso esa falsa estabilidad, canonicidad y permanencia que le otorgaron los modernos. Los traductores debían (y deben) apartar, aunque fuera sólo durante un sólo momento, esa careta, para así apropiarse del texto, y poder llevar a cabo su tan importante empresa cultural. Eso sí, una vez acabada y publicada la traducción, el texto volvía a vestirse con el disfraz del paréntesis Gutenberg. De ese modo el texto mostraba ante el público, pero ya en otro idioma, el mismo aspecto estable, canónico y permanente que el original. Lo único que quizás sí ha traído la oficialización  del cierre del paréntesis y el advenimiento de la Segunda Oralidad ha sido la democratización de la apropiación del texto: si antes era un privilegio en manos de unos pocos (editores, traductores, compiladores…), hoy en día es un derecho que compete a todos y cada uno de nosotros.

2 comentarios en “Traducción y paréntesis Gutenberg

  1. […] La imprenta de tipos móviles de Gutenberg revolucionó la comunicación, pero también las relaciones del texto con el pensamiento. La imprenta permitía imprimir cientos, miles de volúmenes de un determinado texto, todos ellos copias exactas, palabra por palabra, del texto original que se dio a la editorial para su publicación. Por primera vez en la historia esa memoria “útil en el presente” fue suplantada por otro tipo de memoria, más exacta, más “a pie de la letra”, que establecía un vínculo de unión indestructible con un autor que, ya desde la época caligráfica, nunca más sería anónimo. Un texto impreso era un universo cerrado, acabado, perfecto. El pensamiento se liberó de los grilletes memorísticos (rimas, epítetos, redundancias, repeticiones, ciclos…) exigidos por una oralidad sin referencia escrita. Así, dio rienda suelta a unas estrategias cognitivas diferentes a las de la Primera Oralidad: ya no era necesario vivir atado al presente; el texto escrito permitía recuperar del pasado ideas y teorías que, de haber sólo contado con textos orales, bien se habrían perdido, bien habría sido necesaria su simplificación-reducción a lo “útil en el presente”. A partir de Gutenberg, el texto es propiedad intelectual de un autor. La estructura interna del mismo sólo puede ser alterada por el mismo autor, el editor (que organiza el texto y decide sobre la edición del mismo), el compilador (que elige de diferentes textos ciertos capítulos, fragmentos o frases), o el traductor. […]

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