Perdonad nuestras contradicciones, así como nosotros perdonamos las vuestras

La_masacre_de_San_Bartolomé,_por_François_Dubois
La masacre de San Bartolomé. François Dubois (1529-1584)

La violencia física, afortunadamente, ha sido suprimida de los enfrentamientos que vivimos (y que aún nos quedan por vivir) durante los tiempos de la exageración. El verbo ha sustituido al garrote, y a lo más que podemos llegar a herir es con una retahila de insultos mal gestionados. La sociedad democrática contemporánea es pacífica, incluso cuando hace uso de su violencia.

Las matanzas de San Bartolomé o las conjuras de Venecia han sido sustituidas por debates más o menos acalorados. Versan de asuntos cuya importancia ha sido previamente hipertrofiada hasta la exageración por aquellos que regentan el poder y controlan los medios de comunicación (en eso no se ha cambiado nada desde los siglos XVI-XVII hasta la actualidad). No nos retamos en duelos a espada, pero tampoco podemos vanagloriarnos de que en nuestros combates dialécticos abunden el razonamiento estructurado y las buenas formas. Y es que, cuando hay orgullo herido y sentimientos ultrajados, las vísceras toman el control de nuestro discrurso.

Son momentos en los que las discusiones se convierten en verdaderas guerras de trincheras. Cada facción se resguarda en los supuestos valores que cree defender y, desde allí, casi sin levantar la cabeza ni un palmo para ver la posición del rival, lanza un ataque desaforado a base de slóganes, tweets y frases chistosas que puede haber aprendido de alguno de los payasos que abundan por los hemiciclos contemporáneos. El enemigo, a su vez, se agazapa en su trinchera, impenetrable a los débiles pero contumaces ataques de su adversario. Y viceversa; así hasta la extenuación y el delirio.

Una frase, por muy ocurrente que sea, no recoge una verdad. Si no se desarrolla luego con un comentario razonado, el poso de convencimiento que pueda contener se diluye como azucarillo en un vaso de agua. Su efecto dura unos pocos segundos, el tiempo que permanece vibrando su onda sonora… a no ser de que esa frase ocurrente sea lanzada desde decenas, cientos, miles de posiciones diferentes, hacia un mismo objetivo. Cuando se vierte un exceso de azucar en el vaso de agua, llega un momento en el que se produce la saturación de la solución y, con ello, el azucar precipita al fondo del vaso. Atribuyen a Goebbels la cita de que una mentira mil veces repetida se convierte en verdad. Los propagandistas actuales le han versioneado, aduciendo que una tontería mil veces repetida en redes sociales se convierte en argumentación razonada.

La guerra de desgaste que supone el ataque a base de slóganes suele ser infructuosa, a no ser de que uno de los contendientes se haya memorizado todos los tweets de ese intelectual de la izquierda plural y universalista que es Gabriel Rufián. Es por ello que es necesario buscar debilidades en la trinchera enemiga; hay que demoler ese parapeto en el que está cobijado nuestro testaduro contertulio. Y ahí entran en escena las contradiciones. Las utilizaremos como ariete contra murallas para así abrir grietas a través de las cuales acribillaremos  al enemigo a golpe de tweet.

Ayn Rand (1905-1982). Apóstol de la no-contradicción

Las contradiciones, tanto en la vida como en el discurso, nunca han estado bien vistas, y se les considera un síntoma de debilidad. La escuela aristotélica, que tanto ha influido en el pensamiento europeo (premoderno, moderno y postmoderno), invalidó la contradicción y la desterró, para siempre, de los procedimientos de lógica y razonamiento. Durante los siglos de la escolástica, la demonización de la contradición era útil, e incluso necesaria, para la justificación del estado sólido del pensamiento premoderno. Sólo había una Verdad, y esa era la que el ser supremo había revelado a los hombres. Fuera del camino iluminado por la divinidad sólo había oscuridad y mentira. Dios o muerte. El principio de no contradición sobrevivió a las revoluciones de la Modernidad. El enconamiento para con el principio de no contradicción es uno de los (muchos) elementos que el pensamiento moderno tomó prestado del antiguo. El deseo (y la ambición) de los Modernos por alcanzar cuotas de verdad tan rígidas y estables como de las de los Antiguos, exigió retomar la lucha contra la contradicción. En las corrientes de pensamiento radicalmente más todo-racionales (comunismo, anarquismo, libertarismo…) no hay cabida para ella. Por ejemplo Ayn Rand la desprecia, incluso niega su existencia, en esa ética para superhéroes que es realidad su movimiento objetivista. La Postmodernidad acepta la existencia de la contradicción, pero la sigue observando desde esa arrogancia aristotélica-escolástica-objetivista. Y es que si la tolera, es como un mal inevitable, fruto de la incapacidad del ser humano de deshacerse del relativismo y la suspicacia.

La contradicción es un error sistemático de la verdad. Quien cae en una contradicción está mostrando a los demás un déficit de veracidad en sus planteamientos. Por ello, es una arma dialéctica excepcional: en el momento en el que descubramos, dentro del discurso del enemigo, una contradicción, podremos argumentar la falsedad de sus valores defendidos y, así, someterle y vencerle con los nuestros.

Utilizar el argumento de la contradicción en un debate es querer vencer sin realmente razonar sus propias ideas. Mediante la contradicción no se ataca lo que realmente piensa el adversario, sino que se le desacredita porque sus planteamientos no contienen una Verdad Absoluta que sea Una, Única e Irrefutable. Su verdad es parcial y lacunar, imperfecta, ergo su argumentación queda invalidada. Pero, a fin y al cabo, nadie posee el privilegio de la Verdad Absoluta.  Todos somos detentores de una porción de esa Verdad, y que queda representada en nuestra verdad lacunar. Todos caemos en contradicciones. Si no queremos ser derrotados deberemos defender nuestras contradicciones, alejarlas del debate, ocultarlas al enemigo. Así desde esa defensa a ultranza de la no-contradición, los debates son más defensivos-introvertidos que comunicativos-expansivos. Salimos a la palestra con la intención, no de ganar, sino de no acabar derrotados.

En los tiempos de la exageración los debates están viciados por el abuso del eslogan y la no-contradicción: el primero trata de atacar sin razonar; el segundo, exige priorizar la defensa de nuestras contradicciones a la argumentación constructiva. Si, desde el inicio de la discusión, en vez de encondernos, mostráramos al rival cuáles son las debilidades de nuestra posición y, a la vez, las de la suya, podríamos construir, más que un debate, un diálogo, una conversación entre iguales. Sin vencidos ni convencidos. Así que, por favor, la próxima vez que discutamos perdonad nuestras contradicciones, así como nosotros perdonaremos las vuestras.

2 comentarios en “Perdonad nuestras contradicciones, así como nosotros perdonamos las vuestras

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