País Vasco 2001… Cataluña 2017

País Vasco 2001: una época de exageraciones. Por una parte, el acuerdo de Estella (que buscaba un fin dialogado a ETA sin imponer a ésta una tregua previa) escocía entre los partidos políticos que veían cómo, una semana sí, y otra también, los terroristas asesinaban a algún concejal suyo. Por otra parte, el discurso simplista de vencedores y vencidos, malos y buenos que se lanzaba desde el gobierno Aznar no ayudaba a serenar los ánimos. En las elecciones al Parlamento Vasco de 2001 se produjo una presión mediática exageradísima por parte de los poderes estatales. Se intentó criminalizar al nacionalismo vasco, asociándolo a los asesinos de ETA. Los nacionalistas, a su vez, untaron sus discursos con la pátina de victimismo que se les ofrecía en cantidades industriales desde Madrid.

Si bien hubo dos actores en la guerra de frentes durante estas elecciones, tan sólo el llamado “Frente constitucionalista” (en el que se situaba el PSOE y, sobre todo, el PP) hizo alarde de frentismo: para ellos, sólo había dos opciones: o con los buenos (nosotros), o con los malos (el “Frente nacionalista”).  Y utilizó todos los recursos mediáticos a su alcance para dar eco a esa idea. La posverdad no es algo novedoso y original. Recuerdo las tertulias de María Teresa Campos y demás periodistas de magazines televisados, donde se premiaba al que decía la mayor de las barbaridades acerca de los políticos nacionalistas, aunque todo fuera una mentira que siquiera necesitara ser desmentida.

Gran parte de la opinión pública del resto de España estaba convencida de que, por primera vez en la democracia, el nacionalismo iba a ser derrotado. Lógico: el “Frente nacionalista” era un grupo que enaltecía el terrorismo etarra; y la sociedad vasca era lo suficientemente “sana” como para no aceptar esos radicales posicionamientos. Sin embargo, desde el País Vasco, incluso los que no comulgamos con las tesis nacionalistas veíamos las cosas con otros ojos. No nos creíamos lo que decían los medios de comunicación del resto de España. Incluso nos sentíamos humillados, insultados, por no opinar como opinaba el “mainstream” constitucional. Porque no pensar como ellos era síntoma de tibieza, cobardía y, finalmente, colaboracionismo etarra. No valía la equidistancia: había que mancharse. Pero no nos daban la opción de mancharnos cómo, dónde, y con quién quisiéramos. No, no nos creíamos la propaganda que llegaba del resto de España. Aunque nunca llegó a los niveles de la censura de los fascistas proetarras (a la que, desgraciadamente, tan acostumbrado estábamos), sentíamos que nuestro criterio propio quedaba violentamente invalidado.

El resultado de las elecciones de 2001, en las que ganó el nacionalista Ibarretxe, debería haber sido todo un baño de realidad para el gobierno de José María Aznar (quien dijo, tras conocer los resultados, que “la sociedad vasca no estaba aún madura”). Sin embargo, en vez de aceptar errores y fracasos, hubo una larga temporada de criminalización de lo vasco, como si todos fuéramos nacionalistas, “abertzales” y terroristas.

Dieciséis años después, en Cataluña, se van a producir unas elecciones con una intensa carga emocional. De nuevo dos bloques, el constitucionalista-catalanista y el independentista. Esta vez no hay pacto de Estella, pero sí un intento de referéndum independentista. No hay muertos, como en 2001, pero sí mucha rabia, mucha agitación. Hay mayor pluralidad de medios, y unas redes sociales que ahora nos quieren hacer creer que están manejadas por intereses extranjeros de baja calidad democrática (hackers rusos, venezolanos…). Tal vez exista por parte de alguno de estos dos bloques la tentación de estimular el enfrentamiento sectario, de criminalizar al contrario, de convertir un acto cívico como es el voto en una estratificación moral y ética del ciudadano: si votas a tal eres buen ciudadano; si, por el contrario, votas a los otros, eres un traidor a la patria, un vendido.

Quien trate de jugar al frentismo debería aprender de las lecciones que nos ofrecieron las elecciones al Parlamento Vasco de 2001: no venció quien intentó tensar la cuerda, quien trató de “enfermos”, “monstruos” o “terroristas” a los que no comulgaban con sus ideas. Muy al contrario, los ciudadanos, incluso en las épocas de exageración, suelen huir de los discursos sectarios. Ellos llevan una vida normal en un espacio social normalizado, muchas veces incompatible con las descripciones tétricas y derrotistas con las que se adornan las soflamas.

Hay quienes han triunfado con el frentismo: Trump, Brexit… A otros, como a Marine Le Pen y Jaime Mayor Oreja no les fue tan bien. Y es que el jugar a enfrentar es como lanzar una moneda al aire: puede salir bien… o no. Tan sólo aquellos que no tienen apenas opciones de victoria son los que pueden beneficiarse de esta estrategia: total, no tienen nada que perder. Pero en lo que a coste social se refiere (y ya lo estamos viviendo en Cataluña), el precio del frentismo puede llegar a ser desolador. No repitamos, pues, las erróneas recetas que, utilizadas durante las elecciones al Parlamento Vasco en 2001, solo sirvieron para calentar los ánimos dentro y fuera de esa comunidad autónoma.

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