Hacia una (imposible) Tercera Oralidad (I): Autor y texto

Quand je prenais un livre, j’avais beau l’ouvrir et le fermer vingt fois,je voyais bien qu’il ne s’altérait pas. Glissant sur cette substance incorruptible: le texte, mon regard n’était qu’un minuscule accident de surface, il ne dérangeait rien, n’usait pas.
Jean-Paul Sartre. Les mots

Ya lo dijo Walter Ong: lo oral ha sido el sistema de comunicación por excelencia del ser humano desde que éste adquirió esa capacidad, allá en las lejanas épocas prehistóricas. A través de la palabra hablada las personas nos queremos y nos odiamos, nos ponemos de acuerdo o declaramos guerras, construimos sociedades, levantamos poblados, villas, ciudades, megalópolis… Pero también la palabra hablada divierte e instruye, con chistes, narraciones épicas, cuentos, noticias…

Antes del surgimiento de la escritura (y, sobre todo, de la imprenta) la vida de la comunidad oral estaba fuertemente vinculada al presente, pues los actos pasados, por muy memorables que fueran, se diluían como terrón de azúcar en el tiempo; al final, lo que quedaba de ellos era un mito, un conjunto de ideales que, repetidos, simplificados y exagerados, poco tenían que ver con el acontecimiento histórico real que tuvo lugar. La memoria oral no era exacta; tampoco era un atributo que se le exigiera. Su cometido no era recuperar ese recuerdo “al pie de la letra”, anclado al suceso primario o autor original; sino que debía contener elementos pasados que fueran útiles en el presente.

El autor de la Oralidad Primaria era etéreo, anónimo. De ahí que la mayor parte de las obras literarias, artísticas, inventos, obras de ingeniería… que nos han llegado hasta el presente de nuestros antecesores orales son de autor desconocido. Y si se conoce la autoría,  suele ser la de la primera persona que recogió todo ese saber oral y lo dispuso en escrito. Homero no fue, probablemente, el autor original de la Odisea y la Ilíada pero sí el primero que se preocupó en compilar por escrito todos los cantos épicos orales que se glosaban en la época. En la Primera Oralidad se disuelve el autor original: los cuentos, las épicas, las canciones… pasan de voz en voz. y cada una de esas voces, haciendo uso de esa memoria “útil en el presente” (y no “al pie de la letra”), modifica a su gusto (o al gusto de la audiencia que quiere escucharlo), los diferentes pasajes de esos cuentos, canciones… El autor y el texto de la Primera Oralidad son inestables, pero no como atributo peyorativo, negativo, sino como elemento indisociable y, casi, indispensable, de su naturaleza. La memoria importa mucho en lo oral, y la estabilidad del texto “a pie de la letra” y el recuerdo continuado del autor exigirían un inútil consumo de recursos memorísticos, lo que iría en contra de esa naturaleza utilitaria y centrada en el presente de la Primera Oralidad.

Desde el nacimiento de la escritura cuneiforme en Mesopotamia, hasta la invención de la imprenta por Johannes Gutenberg, la Primera Oralidad se vio enriquecida por la escritura caligráfica. El texto escrito a mano permitía una transmisión más “estable” de la información, de modo que ya no se dependía tanto de la memoria. Aun así, siendo la inmensa mayoría de la población analfabeta, el objetivo principal del texto caligráfico era el de soporte de lo oral: así, los dramaturgos podían redactar obras de teatro que luego declamarían los actores; o los políticos podían estructurar sus discursos políticos en base a notas escritas a mano. El texto caligráfico nunca se independizó de lo oral: perdió, eso sí, el anonimato bajo el que se había cobijado durante milenios el texto oral y su contenido quedó adherido, de modo estable y perenne, al de su autor original. La caligrafía, sin embargo, no consiguió ofrecer estabilidad al texto; escrito a mano, página a página, volumen a volumen, por copistas y escribas que añadían o eliminaban pasajes, según fuera su gusto personal, o el de la época y sociedad en la que trabajaban.

La imprenta de tipos móviles de Gutenberg revolucionó la comunicación, pero también las relaciones del texto con el pensamiento. La imprenta permitía imprimir cientos, miles de volúmenes de un determinado texto, todos ellos copias exactas, palabra por palabra, del texto original que se dio a la editorial para su publicación. Por primera vez en la historia esa memoria “útil en el presente” fue suplantada por otro tipo de memoria, más exacta, más “a pie de la letra”, que establecía un vínculo de unión indestructible con un autor que, ya desde la época caligráfica, nunca más sería anónimo. Un texto impreso era un universo cerrado, acabado, perfecto. El pensamiento se liberó de los grilletes memorísticos (rimas, epítetos, redundancias, repeticiones, ciclos…) exigidos por una oralidad sin referencia escrita. Así, dio rienda suelta a unas estrategias cognitivas diferentes a las de la Primera Oralidad: ya no era necesario vivir atado al presente; el texto escrito permitía recuperar del pasado ideas y teorías que, de haber sólo contado con textos orales, bien se habrían perdido, bien habría sido necesaria su simplificación-reducción a lo “útil en el presente”. A partir de Gutenberg, el texto es propiedad intelectual de un autor. La estructura interna del mismo sólo puede ser alterada por el mismo autor, el editor (que organiza el texto y decide sobre la edición del mismo), el compilador (que elige de diferentes textos ciertos capítulos, fragmentos o frases), o el traductor.

La revolución tecnológica del siglo XX ha traído consigo la democratización de los sistemas de edición, impresión y publicación de textos. Cualquiera, desde su ordenador, puede tomar un texto impreso en medios digitales, utilizar la herramienta “copiar-pegar” y manipular el contenido del texto seleccionado. Es la edad de oro del “meme”. Además, gracias a internet y las redes sociales, se puede publicar ese contenido hacia una audiencia potencial de cientos de millones de internautas. Cualquiera de nuestras más mediocres creaciones pueden llegar a más público del que jamás soñaron Cervantes o Shakespeare. En la Segunda Oralidad el texto se vuelve inestable, aunque sin alcanzar las cotas de la Primera Oralidad. Eso sí, por mucho que se manipule, la autoría del texto sigue inalterable: de lo contrario se hablaría de “plagio”.

En la siguiente gráfica se representa la distribución de la relación del texto con su autor original a través de las diferentes épocas, según se ha explico anteriormente. En abscisas se marca la distancia de la autoría del texto que recibe un receptor (oral, caligráfico, impreso, digital) de la autoría del texto original-tal-como-lo-ideó-el-autor. En ordenadas se representa el porcentaje de textos que se encontrarían a esa distancia. Huelga decir que se trata de una representación simbólica, no correspondiendo estos datos con la realidad objetiva, la cual tal vez nunca pueda ser expresada en términos numéricos y/o estadísticos:

CALIGRAFÍA

En la siguiente gráfica se representa la distribución de la estructura íntima del texto a través de las diferentes épocas, según se ha explico anteriormente. En abscisas se marca la distancia de las diferentes formas del texto para con el texto original-tal-como-lo-ideó-el-autor. En ordenadas se representa el porcentaje de textos que se encontrarían a esa distancia:

warabilidad

La escritura, en cualquiera de sus formas (caligráfica, imprenta o digital) ha supuesto una ruptura radical, en términos de autoría y estabilidad textual, para con las formas de la Oralidad Primaria. El anonimato en el que se transmitía el texto oral deja de ser tal cuando a éste se le adjunta el nombre de su autor, ya sea sobre una estela de diorita, un papiro, un libro o un fichero .txt. Por otra parte, aunque la caligrafía y los sistemas actuales de edición digital ofrecen cierta estabilidad al texto, sólo es con la imprenta donde se obtienen cuotas de estabilidad tales que permiten considerar al texto como una estructura fija, inmutable, tanto en el tiempo (a lo largo de las ediciones que se realicen del mismo durante el tiempo, a excepción de las modificaciones que realicen editores, compiladores y traductores) y en el espacio (a lo ancho de todos y cada uno de los volúmenes de los que cuenta cada edición: todos los libros son idénticos los unos a los otros).

2 comentarios en “Hacia una (imposible) Tercera Oralidad (I): Autor y texto

  1. […] La estabilidad textual y del autor tras la aparición de los tipos móviles de Gutenberg es un hecho fácilmente analizable, pues son dos elementos objetivos que se encuentran inscritos en la estructura concreta del texto-libro. Sin embargo, los textos, orales o escritos, contienen otra serie de características no menos importantes, pero sí más difícilmente cuantificables. Aspectos subjetivos del texto, como lo son la interpretación y la contextualización, no pueden valorarse tomando el texto-en-sí como elemento de estudio. Se necesitaría analizar toda la sociedad receptora de ese texto, a lo largo y lo ancho del tiempo, para poder hacerse una vaga idea de cómo ese texto ha sido interpretado por cada uno de los receptores, así como en qué contexto lo sitúan o lo utilizan. […]

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