La miseria de la historia justificativa*

“Los hombres… han sabido discernir en la historia una trama, un ritmo, un patrón determinado… Yo sólo puedo ver un acontecimiento a continuación de otro…, un solo gran acontecimiento, con respecto del cual, como es único, no puede haber generalizaciones.”

Herbert A. L. Fisher. History of Europe

Hay quienes creen que las patrias son estructuras orgánicas, completas, aisladas las unas de las otras, y que cuentan con atributos propios, incompatibles con los de las otras patrias vecinas. Esos atributos permanecen inalterables a lo largo de los años, de los siglos. Así como una persona sigue siendo la misma persona en su infancia, madurez y vejez, la identidad de una nación es la misma en el siglo XXI, o en el siglo XVII. Sólo cambian la experiencia de los años, y las arrugas en la piel.

Es en la Historia donde los que apoyan esta teoría (historicistas, decadentistas, nacionalistas) encuentran aquellos atributos que otorgan a la nación un sentido de unidad. Se trata de una tarea harto fácil: a lo largo de los tiempos históricos se han ido acumulando interminables documentos acerca de gestas, batallas, descubrimientos, inventos y obras artísticas. A partir de esta información se generan los mitos nacionales, los cuales se acumulan en los archivos de los historiadores alistados para la causa. A partir de estos mitos nacionales, desordenados, inconexos los unos con los otros, se teje una fina urdimbre de datos históricos, de modo parezca que la historia de los mitos nacionales es un proceso unitario, contínuo en el tiempo y comprensivo para todas y cada una de las partes que constituyen la organicidad nacional. No es necesaria una coherencia absoluta con la discursividad temporal: puede que sucesos acaecidos durante un periodo de veinte años, hace más de dos siglos ocupen vastos capítulos de los anaqueles de los historiadores, mientras periodos más extensos, y más cercanos al presente, carezcan de interés alguno. La historia así estudiada, y así enseñada, permite comparar una organicidad nacional con otras que, bien coexisten con ésta en el tiempo y en el espacio, bien desaparecieron siglos atrás. De ahí el nacimiento, crecimiento, esplendor, ocaso y, finalmente, muerte de las naciones, como bien explicaría Spengler.

La historia de los mitos nacionales se comportaría como una historia justificativa: a través de ella se predicen ciertos acontecimientos futuros y, con ello, se puede intervenir políticamente para, bien evitarlos, bien acelerar su advenimiento. Así, algunas acciones ejecutivas de nuestros gobernantes son argumentadas en base a hechos sucedidos años, siglos, milenios atrás; hechos, que, por supuesto, ya no poseen, realmente, ninguna conexión con la sociedad contemporánea. La historia justificativa, pues, no se construye desde las causas hacia los efectos, sino en sentido contrario: se decide primero qué acciones políticas se desea llevar a cabo para luego seleccionar, de entre el amplio muestrario de que nos surte la Historia, aquellos eventos que mejor se adapten a los fines. La apariencia del constructo histórico justificativo es inapelable, con aspecto indudablemente científico: explica empresas presentes y futuras a través de la observación de una serie de sucesos históricos concatenados que van desde un punto del pasado (elegido de modo arbitrario, pues no existe ningún suceso histórico que pueda servir de referencia universal, y sobre el cual orientar y localizar los demás hechos históricos), hasta nuestros días e, incluso, proyectados hacia un futuro más o menos lejano. Sin embargo, se trata de una observación “a medida”, que no ha sido realizada de modo científico, esto es, tratando de refutar una hipótesis previa a través de una revisión sistemática de la Historia. Ocurre más bien al contrario: se picotea de esa misma historia aquellos datos que permitan validarla.

La historia justificativa posee un halo positivista: parece que las tesis más actuales asientan sobre las tesis pasadas, y todas ellas juntas, corroboran la unicidad y organicidad de la nación a la que hacen mención. Sin embargo, el devenir de la historia justificativa es más paradigmático que positivista: la doctrina justificativa se construye y se va desarrollando a partir de unas necesidades políticas. Cuando las necesidades cambian, la doctrina justificativa se viene abajo y todo el constructo ideológico debe ser levantado de nuevo. Algunos de los elementos de la vieja historia seguirán siendo igual de válidos en la nueva; otros precisarán de ciertos cambios estéticos; pero muchos datos que eran base y sustento de la antigua historia justificativa tendrán que ser borrados, olvidados, pues entorpecen o, incluso, niegan, las nuevas necesidades. La nación, pues, no se comporta como un organismo unitario, con un devenir histórico propio y autónomo. Las patrias no nacen en el día y en el año que aparecen en los libros de texto adoctrinadores: se inventan de novo, se recrean, con cada cambio de necesidad justificativa.

Por ejemplo, el independentismo catalán ha construido un corpus doctrinario justificativo en el que se ensamblan diferentes acontecimientos históricos que, uno detrás de otro, demuestran la existencia de una patria catalana y, con ello, la licitud del proceso de desconexión con España. Cataluña sería una organicidad nacional, celular y estanca, absolutamente diferente de otra organicidad nacional: España. Desde la Corona de Aragón hasta el advenimiento del procés, pasando por la sublevación de 1640, la anexión de Cataluña a la Francia napoleónica y el nacimiento del nacionalismo catalán, la historia del nacionalismo catalán justifica la necesidad de una desconexión entre España y Cataluña. La doctrina está perfectamente estructurada y ordenada; la mayor parte de los datos históricos son correctos y acreditados. Sin embargo, estos datos han sido seleccionados según necesidades políticas, obviando otros que, indudablemente, pondrían en tela de juicio, o incluso refutarían, la tesis independentista. Que la Corona de Aragón haya sido independiente de la Corona de Castilla hasta el matrimonio de los Reyes Católicos no justifica que hoy, o mañana, Cataluña tenga derecho a ser independiente.

Por su parte, los detractores de la independencia de Cataluña desarrollan ellos también una historia justificativa de la “españolidad” catalana. Eligen otros datos históricos, muchos de aquellos que han olvidado los independentistas, y crean una doctrina que demuestra detalladamente cómo, a través de la Historia, Cataluña ha sido, es y será parte de España. Muchos exponen que Cataluña no tiene derecho a ser independiente porque nunca se ha constituido como nación de modo estable y duradero. Pero que Cataluña nunca haya sido independiente no justifica que hoy, o mañana, no pueda llegar a serlo.

La historia justificativa de los historicistas, decadentistas y nacionalistas es una simple manipulación subjetiva de datos históricos que se envuelve y presenta como concienzudo estudio objetivo, científico y erudito. Frente a esa historia justificativa se sitúa la Historia, o historia explicativa. Ésta no acepta los hechos históricos como elementos pertenecientes única y exclusivamente a una nación que nace, crece, se desarrolla y finalmente muere; sino los sitúa en un contexto universal del que no se conoce su génesis, y a cuyo final aún no se ha llegado. La historia explicativa no consideraría a la nación una organicidad, sino un accidente; no hay un devenir histórico que prediga o justifique actos políticos futuros. En los legajos que recuperamos de la Historia, pues, no se puede leer nuestro destino: tan sólo podemos comprender cómo hemos llegado a donde hemos llegado. Y eso es mucho.

* Inspirado en la lectura de “La miseria del historicismo” de Karl R. Popper.

 

2 comentarios en “La miseria de la historia justificativa*

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