Hacia una (imposible) Tercera Oralidad (y II): Interpretación y contextualización

La estabilidad textual y del autor tras la aparición de los tipos móviles de Gutenberg es un hecho fácilmente analizable, pues son dos elementos objetivos que se encuentran inscritos en la estructura concreta del texto-libro. Sin embargo, los textos, orales o escritos, contienen otra serie de características no menos importantes, pero sí más difícilmente cuantificables. Aspectos subjetivos del texto, como lo son la interpretación y la contextualización, no pueden valorarse tomando el texto-en-sí como elemento de estudio. Se necesitaría analizar toda la sociedad receptora de ese texto, a lo largo y lo ancho del tiempo, para poder hacerse una vaga idea de cómo ese texto ha sido interpretado por cada uno de los receptores, así como en qué contexto lo sitúan o lo utilizan.

Los textos de la primera oralidad no necesitaban de un autor concreto ni una estructura textual “a pie de la letra”, pues la función de estos textos era ser útiles en el presente; la remembranza de aspectos pasados no relacionados con la vida actual exigía un gasto de memoria que, sin papel ni boli a mano, no estaba justificada. La interpretación y el contexto en el que se utilizaban los textos orales, siguiendo esta lógica todo-presente, eran tan volubles e inestables como el autor y la estructura textual. Así, un héroe que aparecía en un poema épico podía convertirse, por necesidades del guion político y social, en un malhechor y traidor. O lo que era una narración educativa para adultos analfabetos acababa convertida en cuento infantil. Es por ello que nunca sabremos cuándo ni cómo nacieron los mitos precaligráficos: la fuente original desapareció siglos atrás. Los historiadores antiguos como Heródoto o Plutarco escribieron acerca de hechos antiguos a partir de narraciones orales. Estas narraciones, pasadas de boca en boca, de memoria en memoria, de circunstancia en circunstancia, fueron moldeando los personajes, las gestas, las batallas, las traiciones… de modo que, cuando éstas fueron apuntadas con tinta sobre un papiro o un pergamino decían más de la sociedad de la que los historiadores formaban parte, que de los imperios y reinos a los que aludían.

La caligrafía cierra en parte esa incesante fuga de interpretaciones y contextualizaciones de la Primera Oralidad. Sólo en parte, pues la caligrafía está destinada a una transmisión oral de la información contenida en el papel. La caligrafía, como simple instrumento de la oralidad, no puede fijar, estabilizar firmemente ni la interpretación ni la contextualización del texto. La copia caligráfica se comportará del mismo modo que el boca a boca oral: sufrirá transformaciones en la interpretación y contextualización según necesidades del momento, o los gustos del copista.

La verdadera revolución en la interpretación y contextualización de textos se producirá con la aparición de los tipos móviles. La estructura textual estable de los libros impresos propiciará que la interpretación y contextualización se ajuste más a aquellas con las que originalmente pretendió escribir la obra el autor. Cada lector manipulará la información recibida en las páginas impresas según su experiencia, conocimientos y ánimos, pero lo que aprehenda él no se alejará tanto del objetivo original como sucedía en las épocas del texto oral y caligráfico.

Una de las características del texto impreso es la unidireccionalidad del mismo: la información se dirige de autor a lector, y no a la inversa. La interpretación y contextualización del autor permanece “fija” a lo largo de las tiradas de las diferentes ediciones de su obra. Sin embargo, las interpretaciones y contextualizaciones de los cientos, miles, millones de lectores se comportan de un modo oral, esto es, que sus estructuras originales desaparecen y se evaporan con el tiempo. Sólo los editores, compiladores, traductores, críticos y eruditos podrán dar razón impresa de sus diferentes interpretaciones y contextualizaciones del texto. Por ello, a pesar que con Gutenberg, la interpretación y contextualización se estabilizan “levemente”, la apariencia de las mismas, estranguladas por la dictadura de la estabilidad textual, la autoría y la unidireccionalidad, es mucho más rígida.

La democratización de las técnicas de edición, impresión y publicación ha dado paso a la llamada Segunda Oralidad. Con ésta, el texto impreso se libera del yugo que le impuso la imprenta de tipos móviles. El texto mantiene su autoría, pero ya no es tan estable. Además, la unidireccionalidad ya no es tal, pues el lector puede publicar su interpretación del texto leído a través de blogs y foros. Con sencillas aplicaciones incluidas en los editores de texto, como puede ser el cortar-pegar, cualquier lector puede tomar una frase, un párrafo, un capítulo de un libro y, a través de sus comentarios, recontextualizarlo. La reinterpretación y la recontextualización de textos ya se realizaban antes de la era digital, sólo que, al manejarse de modo oral, nunca llegaban a “fraguar” o “estabilizarse”; algo que si ocurre en la Segunda Oralidad.

INTERPRETACIÓN

A partir del momento en el que se rompe la unidireccionalidad del texto escrito, y el lector es también agente activo y manipulador del mismo, puede llegar a suceder que su versión textual, su reinterpretación y su recontextualización puedan sufrir esos mismos procesos en manos de otros potenciales lectores. Éstos, a su vez, también serían versionados, reinterpretados, recontextualizados. Se conformaría así una inmensa red textual multiversa, multiinterpretada y multicontextualizada, tejida desde un texto de autoría reconocida. Sería el tiempo de una Tercera Oralidad, la cual se daría la mano con la Primera Oralidad, tan inestable, tan caprichosa a los avatares del presente.

tercera

Probablemente nunca se llegue a dar una Tercera Oralidad. No por falta de memoria física en los sistemas informáticos (tal vez se necesitarían varios yottabytes para hilar semejante red textual), sino porque ni el cerebro humano, ni la agregación de todos los cerebros humanos disponibles sería capaz de hacer uso y, mucho menos, sacar partido, de semejante maremágnum de información y datos. El conocimiento exige orden: empoderarse de la información. Por eso la Primera Oralidad se movía en el tiempo presente, ajustada a la sociedad donde se producía. Por eso Gutenberg y la Segunda Oralidad pudieron apropiarse del pasado y superar las barreras argumentativas que le infligían los usos y costumbres presentes. Sin embargo, la Tercera Oralidad no supone ni orden, ni empoderamiento: más bien al contrario. Por ello, por mucho que avancen los mass media y las tecnologías de almacenamiento de información, el cerebro humano tiene y tendrá un límite en el manejo de textos; y éste se sitúa, muy probablemente, en la Segunda Oralidad.

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