Grados de libertad en la contradicción (I)

Una de las bases sobre las que se asienta el pensamiento occidental es el principio de no contradicción. Aunque filósofos anteriores, como Parménides o Platón, la describieron, fue Aristóteles quien le dio la forma y el vigor con el que ha llegado hasta nuestros días. El principio de no contradicción ha sido pieza fundamental en los pensamientos antiguo, medieval, moderno e, incluso, postmoderno. Difieren éstos en cómo se llega a la no contradicción, o cuales son las fuentes de la misma. Los premodernos creían que sólo se podía llegar a la no contradicción a través de los dioses: la Verdad era por ellos revelada y, sin ella, la vida del ser humano caía en el infierno de la contradicción. Los modernos, por su parte, aceptaban que no poseían la Verdad y, por lo tanto, podían incurrir en contradicciones; sin embargo, a través del trabajo de la ciencia y la razón, algún día se alcanzaría ese estado de no contradicción, esto es, de la verdad no contradictoria tal como se comprendía en la Antigüedad. Finalmente los postmodernos, decepcionados por los límites de la razón humana, aceptaron la contradicción, pero no como un estado o atributo natural del pensamiento humano, sino más bien como una tara que había que asumir con tristeza y dolor.

El pensamiento occidental, desde Aristóteles hasta nuestros días, considera a la contradicción como un mal de la razón que impide alcanzar la Verdad, el cual se considera el estado máximo de bondad. No existe, en mi conocimiento, ninguna corriente filosófica que acepte la contradicción, no como un mal, sino como un atributo inmanente, constitucional de nuestro pensamiento y, por ello, de valor neutro.

El principio de no contradicción tal como lo definieron los Clásicos es posible encontrarlo y demostrarlo en análisis teóricos, sobre todo lógico-matemáticos. El papel lo aguanta todo y sobre éste se construyen modelos teóricos, exentos de “ruidos” que puedan alterar el cálculo exacto de la porción de verdad que se estudia. Pero, aunque resultan de gran ayuda, los modelos teóricos difícilmente pueden ser ejecutados ad integrum en la práctica mundana. Y los que sí son factibles, suelen ser inútiles: de poco vale saber que todos los hombres son mortales (y Sócrates también); lo realmente importante es dilucidar, por ejemplo, qué cretenses son mentirosos (algo que los libros de lógica y metafísica nunca nos podrán enseñar).

El éxito y grandeza de la ciencia experimental es su capacidad de obtener resultados de valor casi universal a través de la observación de fenómenos en entornos aislados. El físico puede estudiar la gravedad según Newton en un laboratorio donde se controlen todas las variables que puedan alterar los resultados (altitud, latitud, resistencia de fluidos gaseosos, viento…). El químico puede mezclar en sus matraces compuestos puros en condiciones de temperatura y presión atmosférica controladas. El astrónomo que se dedica al estudio del Sistema Solar trabaja con un objeto aislado, donde las influencias externas pueden ser ignoradas. La ciencia experimental demuestra la validez de los modelos teóricos que previamente han sido construidos sobre un papel. Sin embargo, demostrar su validez no significa dar fe de su verdad, de su no contradicción. Y es que en ciencia se habla de la no refutabilidad de una teoría: ésta no es verdadera, sino que, con la evidencia científica en mano, no se puede demostrar contradicción alguna en su estructura.

Cuando abandonan el calor de los laboratorios, los eventos estudiados por los científicos se ven sometidos al “ruido” ambiental. La manzana no cae del árbol cumpliendo solo la ley de la gravedad formulada por Newton, sino que esa caída se verá también afectada por otras circunstancias (estado de maduración de la fruta, época del año, climatología) que en investigación experimental se controlan y aíslan. El resultado final de esa caída puede contradecir algunos postulados de la ley de Newton, incluso negarla (¡la manzana no cae!). Fuera del laboratorio de experimentación hay que aceptar que circunstancias no controlables alteren nuestros cálculos.

Así, se observarán contradicciones en toda observación o ensayo en condiciones no ideales (no experimentales): la caída de la manzana antes explicada, la tectónica de placas, medicina, economía, sociología, política… Ante todo argumento a favor de una teoría podrá plantearse un conjunto de sucesos que la contradicen. Cuanto más “ruido”, cuantas más circunstancias no controlables rodeen al suceso (físico, químico, geológico, médico, económico, social, político…), las leyes que lo explican (que en un primer momento han sido construidas en la teoría y, posteriormente, validadas cuando es posible en un ensayo u observación experimental), errarán.

El principio de no contradicción, tan incrustado en el pensamiento occidental, considera un fracaso a todas estas situaciones en las que el resultado práctico de una investigación, conferencia, discusión o plática es un vago “así es, pero…” o un aún más indefinido “bueno, sí es y también no lo es”. Nuestra mente ha sido condicionada, a través de la educación (escolarizada o no) que recibimos en sociedad, para rechazar todo aquello que se nos presenta de forma ambivalente, incongruente… contradictoria. Si existe contradicción, no es verdadero. Algo falla: la contradicción es una tara, ergo hay que buscar otra explicación alternativa que solucione este fenómeno. Tal vez la Postmodernidad ha restado tensión a la idea contradictoria, pues aunque ésta sigue considerando a la contradicción una lacra de la razón, la acepta como mal inevitable, eso sí, sin poder despojarse de cierto poso de melancolía. Pero la Postmodernidad también abre la puerta al escepticismo científico, a la siembra de dudas. Los movimientos antivacunas, por ejemplo, se nutren de esa imposibilidad de demostrar en términos 100% no contradictorios que las vacunas son seguras. Un solo caso de entre un millón les es suficiente para contradecir los excelentes resultados de seguridad y eficacia que, durante décadas, han ido recopilando los científicos acerca de este procedimiento. Y es que las vacunas, como la medicina en general, no se aplican en entornos aislados, con control absoluto de todas las variables. La exigencia de la no contradicción en medicina debe ser una meta, pero hay que aceptar que, hoy por hoy, no es alcanzable. Si no se acepta esta contradicción como un hecho indeleble, inevitable y, por lo tanto, de valor neutro, cualquier dato desfavorable a una teoría podrá desbaratarla y, lo que es peor, como en el caso de los movimientos antivacunas, poner en peligro la vida de millones de personas.

Pero para aceptar el valor neutro de la contradicción habría que derribar los cimientos de nuestro pensamiento occidental: arrasar con los fundamentos aristotélicos de la no contradicción y fundar unos nuevos en los que se libere a la contradicción de los pesados grilletes de la lógica. Ofrecer a la contradicción un espacio de libertad donde no se le considere una lacra que mancille los resultados obtenidos por la razón. Harta difícil tarea, pues el principio de no contradicción es uno de los paradigmas más aceptados, más primitivos, y que se sitúan más profundo “core” de nuestro pensamiento: creer que se puede llevar a cabo una revolución científica de la lógica es, desde mi humilde punto de vista, una fanfarronada. Fanfarronada a la que se procederá en un próximo artículo.

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