Del relativismo a la incertidumbre

El pensamiento europeo ha situado a la Verdad en el exterior del individuo. Ésta es independiente de los deseos, necesidades y emociones de la persona, por lo que, de cierta manera, la Verdad se nos impone. No podemos manipularla, no podemos actuar sobre ella para modificar alguna de sus atribuciones: la Verdad es Una e Inmutable. Desde este punto de vista, el pensamiento europeo establece una relación unívoca y directa de la Verdad con la persona: la primera influye de modo trascendental en la segunda, pero no a la inversa. La única opción que tiene el ser humano de imponerse a la Verdad es mediante el conocimiento de la misma: si se conoce la Verdad, el ser humano podrá someterla.

Una Verdad así concebida (única, no contradictoria, no modificable, independiente a la voluntad humana) es impenetrable, infinita, y su contenido, además de inabarcable, se revela caótico, inordenable. En el caos no puede darse vida; vida intelectual, por lo menos. El pensamiento precisa de orden. Y sin embargo, pensamos, cogitamos y aprehendemos; ergo ¿eso significa que hemos conseguido subyugar a la Verdad?… La respuesta es claramente negativa: no conocemos la Verdad pero, por lo menos, nos engañamos creyendo que, a través de ciertas estrategias, obtenemos el control de la misma.

La tradición judeocristiana ha asociado esa Verdad a la figura de Dios. Éste también es único, y externo al individuo. Pero además, es infinito y todopoderoso. Hay religiones orientales que consideran al infinito como caos destructor de vida. El dios de los cristianos, judíos y musulmanes, sin embargo, lo gobierna. Dios encarna una trinidad constituida por la Verdad, el Infinito, y el Orden. Si la Verdad-sin-Dios es unívoca, la Verdad-en-Dios establece un contacto directo y recíproco con los hombres (o ciertos hombres), a los que les manifiesta su voluntad: palabra de Dios que es palabra de Verdad.

Por lo tanto, en el pensamiento premoderno la Verdad es entregada a los seres humanos por medio de las Sagradas Escrituras. Allí quedan grabados los preceptos de Dios, y sus enseñanzas sobre la Verdad. Pero las Sagradas Escrituras, aunque contengan la Verdad, pueden ser interpretadas de diferentes maneras, según las pasiones, conocimientos y circunstancias del lector. Existe una Verdad, pero también miles, millones de interpretaciones de la misma. Para evitarlo, se entrega la autoridad de interpretación de las Sagradas Escrituras a unos pocos hombres (sacerdotes), los cuales tienen como misión revelar al resto de mortales el contenido de Verdad de estos textos. No hay contradicciones en esta interpretación; y si las hay, se superan con la fe, con la confianza extrema en que lo que dice el sacerdote es la Verdad. La Verdad está por encima de la razón, de la lógica. Si alguien no comprende alguna verdad revelada tiene que aceptarla tal como se le entrega: en eso consiste el acto de fe. Así, Dios es uno y trino, María fue madre y virgen, o Jesús resucitó al tercer día.

La Modernidad revolucionó el modo de aproximarse a la Verdad, pero no modificó su naturaleza (única, no contradictoria, no modificable, independiente a la voluntad humana). La reforma luterana permitió la lectura libre de las Sagradas Escrituras, de modo que desapareció esa interpretación única y monopolizada por los ministros de la fe. También la razón dejó de estar subordinada a la Iglesia.  A partir de entonces, los filósofos y científicos podrían dar uso de ese instrumento sin tener que rendir cuentas a la religión oficial del momento. Al contrario que los sabios de la Antigüedad, que se creían en posesión de la Verdad contenida en las Sagradas Escrituras, los modernos aceptaron que no poseían (que no conocían) una verdad completa, absoluta y única; pero gracias a la razón, algún día alcanzarían a someterla.

Pero pronto la razón dio signos de agotamiento. La lógica, el método empírico y la ciencia experimental eran capaces de avanzar enormemente en amplios campos del conocimiento. Pero, o bien los avances se restringían solamente al ámbito teórico, o bien sólo eran capaces de dar respuestas satisfactorias a problemas fragmentarios. Los instrumentos de la razón no solventan problemas generales. La ciencia, por muy eficaz que sea, no está diseñada para tal menester. Y la lógica limita su campo de acción al papel y bolígrafo de las teorías. La desconfianza hacia la razón como instrumento de sometimiento de la Verdad se hizo palpable durante la Postmodernidad. El pensamiento postmoderno acepta la Verdad como única, no contradictoria, no modificable, independiente a la voluntad humana. Pero, al contrario de en los tiempos premodernos y modernos, el ser humano claudica, capitula ante ella, y se deja envolver por su caos inordenable. No podemos alcanzar la Verdad, por lo tanto todo nuestro conocimiento contiene un hálito de falsedad. Todo es relativo. El relativismo postmoderno está impregnado por la melancolía de lo que pudo ser y no fue: quisimos someter a la Verdad, y hemos acabado vencidos por ella. Se acepta la realidad, pero con la amargura del ejército que ha sido derrotado en una batalla.

Tal vez la única salida al relativismo postmoderno esté en volver a revolucionar el pensamiento europeo: aceptar que no existe una Verdad única, no contradictoria, no modificable, independiente a la voluntad humana. Y si existe, no la necesitamos, pues se trataría de un elemento inútil, poco o nada práctico, cuyo discernimiento no acarrearía ningún beneficio a la humanidad. Por contra, podría establecerse una red de verdades incompletas pero útiles, que sirvan como referencia a cuestiones generales. Esas verdades incompletas no son Verdad, pero tampoco aspiran a ello. Limitan el área de la Verdad: de lo infinito se pasa a lo finito. Del caos se pasa a un espacio ordenado. La persona que utilice esas verdades incompletas, podrá rechazar el relativismo, podrá enunciar sus verdades y falsedades. Pero, como instrumentos incompletos e imperfectos que son, deberá aceptar que sus juicios estarán embebidos de incertidumbre: La verdad no es Verdad (y ni falta hace que la sea), y como tal no podrá imponerla a los demás. Deberá revisar periódicamente sus verdades y, en caso necesario, modificarlas.

¿En qué se diferencia el relativismo y la incertidumbre? En ambos casos se acepta la imposibilidad de alcanzar la Verdad. Pero, mientras en el primero se considera una tara, un defecto, una derrota; en el segundo se valora como una circunstancia neutra. En el relativismo todo vale porque todo es, en parte, falso. En la incertidumbre hay una verdad “válida”, aunque imperfecta y sometida a revisión. Para aceptar la incertidumbre habría que acabar con la milenaria concepción de la Verdad como única, no contradictoria, no modificable, independiente a la voluntad humana; paradigma que se encuentra grabado en lo más profundo de todos los sistemas de pensamiento europeos y que, a día de hoy, posee unos cimientos tan profundos que lo convierten en indestructible, invulnerable.

Un comentario en “Del relativismo a la incertidumbre

  1. […] Como ya se ha comentado previamente, pensar en la incertidumbre exige modificar ciertos estándares, ciertos paradigmas, que hoy en día se encuentran rígidamente establecidos en lo más profundo de nuestra psique. Junto al principio de no contradicción, que establece que “lo que es no puede no ser a la vez que es”, se levanta una verdad sólida; rígida, exterior e independiente al ser humano. Ésta verdad sólida ha sido la piedra fundamental sobre la que se ha construido el pensamiento europeo, desde Aristóteles (o incluso antes) hasta nuestros días. La verdad líquida de Zygmunt Bauman tan solo sería la constatación de la frustración por no poder alcanzar ese estado físico de la verdad por medios “humanos”, esto es, mediante la razón. […]

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