Del relativismo a la incertidumbre: los roles de la ciencia y la razón

Como ya se ha comentado previamente, pensar en la incertidumbre exige modificar ciertos estándares, ciertos paradigmas, que hoy en día se encuentran rígidamente establecidos en lo más profundo de nuestra psique. Junto al principio de no contradicción, que establece que “lo que es no puede no ser a la vez que es”, se levanta una verdad sólida; rígida, exterior e independiente al ser humano. Ésta verdad sólida ha sido la piedra fundamental sobre la que se ha construido el pensamiento europeo, desde Aristóteles (o incluso antes) hasta nuestros días. La verdad líquida de Zygmunt Bauman tan solo sería la constatación de la frustración por no poder alcanzar ese estado físico de la verdad por medios “humanos”, esto es, mediante la razón.

Pensar en la incertidumbre aleja, en parte, esa necesidad, ese anhelo de encontrar la verdad sólida, la verdad no contradictoria que durante la época premoderna se creía encontrar en los textos sagrados dictados por los dioses, y durante la modernidad se aspiró a alcanzar con las armas de la lógica, el empirismo y el método científico. La verdad en la incertidumbre tiene algo de cuántico, que aquí ya hemos denominado quiral: la verdad en la incertidumbre no es imagen superponible de la Verdad, tal como proponía la verdad sólida, sino que se trata de una verdad-no verdad, entre la Verdad y lo Falso. Su espacio de existencia se situaría en un área de consenso, dentro de la cual se aceptaría como verdadero un enunciado que no es completamente verdadero; esto es, falso según el principio de no contradicción. Esta área de consenso va a variar según la naturaleza del enunciado: será estrecha, cercana a la verdad sólida, cuando se traten de elementos lógico-matemáticos o científicos experimentales. Pero cuanto más abstracto y menos defendible desde la teoría lógica y matemática, o menos comprobable empírica y experimentalmente, más amplia será el área de consenso, pudiendo incluso acercarse a la verdad líquida postmoderna.

Por lo tanto, cuando se piensa en la incertidumbre, la razón va a tomar una serie de roles diferenciados, según cuáles sea el enunciado discutido y su área de consenso. A medida que se estreche el área de consenso, y más plausible sea obtener una verdad sólida, la razón tomará una posición dominante, monopolística, sobre otros modos de pensamiento. Pero, cuando el área de consenso se amplíe, la razón no sólo irá perdiendo influencia, sino que se deberá permitir la existencia de otros modos de pensar, más arracionales o irracionales. Cuando la razón genera modelos teóricos o experimentales poco convincentes, discutibles o, incluso, fallidos, no puede exigir una posición dominante sobre otros modos de pensar que generen modelos tan poco convincentes, tan discutibles y tan fallidos como los suyos.

Un claro ejemplo está en las ciencias económicas: por mucho que haya avanzado esta ciencia humana, y su estructura teórica se acerque al arquetipo de ciencia experimental de la naturaleza, sus observaciones y fórmulas matemáticas pocas veces van a predecir con exactitud el comportamiento económico de una estructura social. El economista no es capaz de vaticinar una crisis económica del mismo modo que el astrónomo puede calcular la órbita de un planeta. Muchas veces yerran, por mucho que las ciencias económicas sean una disciplina todo-racional. Los diferentes aspectos que engloban la economía, como en muchos otros asuntos humanos, no pueden analizarse de una manera aislada, reduciendo el “ruido” de variables ajenas a ella (temas culturales, sociales, políticos…), o transformando esas variables en constantes, como sucede en un laboratorio de física o química. Pero además, probablemente, en la economía confluyan elementos no-racionales impredecibles, que no puedan ser controlados-aislados-neutralizados con ninguna magistral fórmula matemática. Las personas no actuamos de manera racional con nuestra economía: las pasiones ejercen gran influencia, y de ahí que en el juego de los mercados de valores se alternen momentos de euforia y depresión no justificados. El análisis de la economía, por lo tanto, exige que los resultados de concienzudos análisis razonados del mercado no sean leídos del mismo modo que una publicación de física cuántica: hay que dejar un espacio a la incertidumbre, al error de la razón, y permitir que otros elementos acientíficos y aempíricos jueguen un importante rol en su interpretación.

La incertidumbre traslada a la razón desde el centro del pensamiento en el que se haya situada desde la Modernidad, a una posición más periférica. Su capacidad de dar respuestas convincentes a preguntas fragmentarias le otorgaron tal posición nuclear, estática, con la esperanza (o la ilusión) de que, tal vez un día la razón fuera capaz de desentrañar casos más generales. Sin embargo, no ha sido así.

Desde la incertidumbre, la razón perdería, no su aura de imprescindible (tal vez así lo sea), sino su monopolio inexpugnable a la hora de ofrecer respuestas, incluso cuando la pregunta no se ajuste a modelos todo-racionales. El pensar en la incertidumbre rompería con dos axiomas de la Modernidad y Postmodernidad. El primero, es el de la existencia de la verdad sólida. El segundo, el raciocentrismo del que beben ambos pensamientos, y que ofrece a la razón un papel, no solo preponderante, sino radicalmente exclusivo, en el desvelo de la verdad. La incertidumbre “baja” los humos a la razón (y a la ciencia), y relega su rol en el teatro del pensamiento: nunca más será la única protagonista de un monólogo en el que sólo hable ella; sino que se deberá contentar con un papel protagonista (tal vez el principal) en un sainete en el que participarán muchos otros actores secundarios. Secundarios sí, pero con interesantes intervenciones que no deberemos dejar de escuchar.

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