Los límites del feminismo

“Hoy lo llaman a uno “machista” muchas mujeres que justamente lo son, al despreciar y denigrar a las de su sexo que no obedecen sus preceptos”.
Javier Marías

La lucha feminista no es un fenómeno nuevo. Ya desde la Ilustración, cuando los hombres iniciaron su camino hacia la emancipación individual, hubo mujeres, como Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft, que reivindicaron igualdad de derechos políticos. Era una época en la que la sociedad se dividía en estamentos sociales, cada uno con su propio código legislativo, de modo que las leyes que se aplicaban a un aristócrata no eran las mismas que la que afectaban a un clérigo o a un campesino. Las revoluciones políticas de los siglos XVIII y XIX trajeron esa unificación de códigos legislativos: todos los hombres son iguales ante la ley (y la ley es la misma para todos). Los viejos estamentos sociales fueron sustituidos por unos nuevos, en los que ya no se hacía distinción por estatus político y ley aplicada, sino por el nivel económico (burgueses y proletarios). Aun así, las mujeres poco se beneficiaron de toda esta tormenta revolucionaria, y siguieron supeditadas al varón en la mayor parte de aspectos de la vida política, legal, económica…

Fue en el siglo XX cuando la mujer obtuvo el mismo reconocimiento que el hombre en términos políticos. A partir de entonces no había ya leyes, en teoría, que diferenciaran entre sexos; las mujeres pudieron integrarse (aunque a paso lento) en las estructuras de poder de las naciones. Además, con el libre acceso a educación y trabajo, se emanciparon económicamente de la tutela masculina. Sin embargo, algo no funcionaba. A pesar de toda esa igualdad ante la ley entre sexos, la mujer permanecía anclada a roles sociales que estaban más cerca del siglo XVIII que del XXI.

Y es que la igualdad democrática, en la práctica de la vida diaria, posee una influencia muy limitada. La vida en sociedad es mucho más compleja que un puñado de normas escritas en los libros de políticos y juristas. Más aún, no hay código legislativo tan extenso y minucioso que sea capaz de reglamentar todas y cada una de las decenas de millones de formas de pensar y obrar individuales. La sociedad, democrática o no, va más allá del ámbito de decisión de los políticos. Influye la Tradición, que es un poder predemocrático, supuestamente previo a la constitución de la sociedad como tal, y que legisla sobre las almas de los ciudadanos. Influye el Poder, poder parademocrático (incluso predemocrático), que controla el Discurso de la sociedad: qué, de entre la vasta nube de información generada, se considera correcto y qué se margina en el rincón de la locura. Influye el Mercado, poder parademocrático, que rige los intercambios de bienes entre los ciudadanos. Aunque las leyes democráticas sean iguales para todos (y para todas), aún existen estructuras de poder (Tradición, Poder,  Mercado) que clasifican, segregan y alienan según modos no democráticos… independientemente del grado de democracia obtenido por la sociedad.

La mujer es una de las paganas de estos poderes parademocráticos y predemocráticos. La Tradición, el Poder y el Mercado son claramente machistas, pues han sido enfocados desde tiempos pretéritos hacia el hombre. Sitúan a la mujer en una posición de inferioridad. Es por ello que, aunque en materia de legislación todavía se puede trabajar más en pos de la igualdad, las nuevas luchas feministas no van ya tan dirigidas hacia las viejas reivindicaciones políticas del siglo XX. El feminismo del siglo XXI tendría como objetivo transformar, más que la democracia, esos poderes no democráticos previamente descritos.

Arduo trabajo el del feminismo, que debe luchar contra instituciones cuyos centros de decisión no se encuentran en el despacho de un presidente del gobierno, o en secretas reuniones de oscuros y poderosísimos hombres de negocios desde las que supuestamente mueven los hilos de la sociedad. Tradición, Poder y Mercado están descentralizados; no existe una cabeza que guillotinar como sucedía en las revoluciones modernas. Todos (y todas) formamos parte de ellos: somos a la vez protagonistas, instrumentos, víctimas y verdugos.

Arduo trabajo el del feminismo, porque carentes de enemigos concretos, es difícil definir una línea de acción efectiva. ¿Cómo atacar a una estructura como es la Tradición, que es la base de todos nuestros juicios y prejuicios? ¿Cómo modificar el Discurso, si nuestra cogitación se mueve en el correcto sendero que ha sido señalado por el Poder? Aquí radica el verdadero problema del feminismo. Porque, en suma, todos, salvo los dinosaurios, somos feministas en cuanto a que estamos de acuerdo en los objetivos. Pero donde no acertamos a ponernos de acuerdo es en el Enemigo a Batir.

Thérèse Dreaming, Balthus (Balthasar Klossowski) (French, Paris 1908–2001 Rossinière), Oil on canvas
“Thérèse Dreaming” por Balthus en 1938. New York Metropolitan Museum.

Siendo el feminismo un movimiento coral, cada cual elige, de entre todos los posibles objetivos, el que considere más conveniente. Así, hay quienes aún luchan incansablemente por mejorar las leyes democráticas. Otros se centran en el aspecto místico de la Tradición, acusando a las religiones de todos los males que aquejan a las mujeres. Otros, sin embargo, luchan contra el capitalismo, al que consideran vil, injusto y machista. Finalmente hay quienes buscan una mayor visibilidad, representatividad e inclusión para las mujeres, y piden la censura de ciertos artistas a los que se les acusa, con o sin razón, de machistas. Es cierto que la Iglesia Católica, como otras muchas iglesias y religiones, es machista y heteropatriarcal. Pero también es verdad que la religión, por lo menos en democracias liberales, ya no posee el monopolio de la Tradición. También el capitalismo, tal como se concibe hoy en día, posee unos valores que favorecen a los hombres frente a las mujeres. Pero el capitalismo tan solo es una manera de concebir el Mercado; el Mercado va más allá del capitalismo. La destrucción del capitalismo no conlleva obligatoriamente a la feminización del Mercado; peor aún, tal vez se masculinice más. Finalmente, tal vez “Lolita” de Nabokov no tendría cabida en muchas editoriales actuales, o ningún museo jamás accedería a colgar algún retrato infantil de un Balthus contemporáneo. Pero cerrar los ojos ante el machismo, el heteropatriarcado, o la pederastia (que es, de cierto modo, una perversión de los dos anteriores), no soluciona el problema; lo transforma en tabú, de modo que las pulsiones machistas seguirían existiendo, aunque se vehiculizarán de modo furtivo por canales paralelos a la sociedad abierta. Por lo tanto, tal vez, más que censurar esas obras de arte, habría que criticar, contextualizar e interpretar los textos y los cuadros. Y es que, por ejemplo, se puede leer el “Mein Kampf” de Hitler sin caer en las redes del nazismo, siempre que se realice con sentido crítico y ayudado de abundantes notas a pie de página que faciliten su comprensión. Lo mismo sucede con un poema antisemita de Quevedo o un ensayo machista de Rousseau.

No existe una interpretación unívoca del feminismo; cada interlocutor coloca en ese cajón desastre aquello que crea que más conviene a la causa. Así, el feminismo es anticapitalista, pacifista, ecologista, antiheteropatriarcal, laico, inclusivo, tolerante… e incluso animalista, antitaurino, vegetariano, vegano… Cada cual puede vivir e interpretar el movimiento feminista como mejor crea, pero en todo caso y en todo momento debe tener claro que su interpretación es propia, individual y no puede ser impuesta de ningún modo a otras personas. Porque tal vez yo sea feminista y de ningún modo se me puede negar mi adscripción a ese movimiento por no ser anticapitalista, ecologista o antitaurino. Y esa es la grandeza y la debilidad del feminismo. Grandeza, porque incluye a todos y todas los que creemos que todavía queda mucho por trabajar en pos de una verdadera igualdad. Debilidad, porque no existe un mínimo acuerdo que permita aunar fuerzas y energías en una sola dirección. Si así sucediera, el feminismo se aglutinaría alrededor de un solo conjunto de ideas; un grupo de personas  “elegidas” poseería el “derecho” de interpretarlas, así como de juzgar las aptitudes feministas y machistas de cada persona. Entonces el feminismo dejaría de ser un movimiento multívoco y se transformaría en ideología. Quizás, cuando eso ocurra, el feminismo dejará de ser feminista.

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