Del relativismo a la incertidumbre: los roles de lo acientífico

Cuando no se busca una verdad sólida, única, externa, y aceptamos que nuestros pensamientos se sitúan en un área de incertidumbre que rodea a esa misma Verdad, debemos tolerar también que otros, con ideas alejadas de la nuestras, emplacen sus cogitaciones en esa misma región de incertidumbre. Lo contrario, considerar que lo nuestro es todo-verdad, sería posicionarnos en la idea que lo nuestro es Verdad Absoluta, y lo de los otros, mentira. Pensamiento que, sin duda, también podría ser recíproco. La razón y la ciencia, con sus limitaciones, son instrumentos de búsqueda de esa verdad no contradictoria, sólida, única y externa. Persiguen la Verdad. Aunque quedaría para otro tema, habría que preguntarse si realmente, de alguna forma, éstas alcanzan sus objetivos o si, simplemente, se aceptan sus resultados no contradictorios como verdaderos (o no falsacionables, según Karl Popper).

Pero, aun aceptando que sus descubrimientos no contradictorios son, a la vez, verdaderos (Verdad), hay ciertas regiones del conocimiento que aún son “opacas” o completamente “oscuras” a la razón y la ciencia. Esto suele suceder bien por falta de paradigmas, de instrumentos de medición o, por imposibilidad de desarrollar el método científico. A toda esa (vasta) región de conocimiento no cuantificable por la razón y la ciencia la denominaremos aquí como acientífica. El conocimiento acientífico es manejado de dos formas por la razón y la ciencia. Por una parte, se ejecutan censuras y omisiones, típicas del Discurso del Poder (según Foucault), de modo que se desprecia todo aquello que no es cuantificable, medible o explicable por métodos razonados. Este mecanismo es diferente al operado por el paradigma científico (según Kuhn): el paradigma científico calla o “no ve” aquellos resultados que no concuerdan con la teoría en vigor; si se aceptaran, podrían “falsacionar” y destruir la teoría. Por el contrario, el discurso científico coloca tabús sobre los conocimientos, enterrándolos en lo más profundo de la psique irracional, de modo que nada ni nadie puede recuperarlos, so pena de ser considerado loco o charlatán.

Pero, por otra parte, la ciencia también suele “racionalizar” conocimientos acientíficos. Esto sucede en aquellas teorías basadas en datos más observacionales que experimentales, y que explican más el “cómo” que el “qué” o el “por qué”. Gran parte de la revolución científica positivista del siglo XIX se basó en la repetición de los esquemas que había descrito Newton en su teoría clásica de la mecánica. Éste era capaz de explicar “cómo” se movían los cuerpos y así predecir su posición en el espacio según la fuerza ejercida sobre ellos. Newton comprendió cómo funcionaba la gravedad, pero nunca consiguió dar con una teoría que esclareciera qué era realmente la gravedad. Muchos otros conocimientos científicos operan de este mismo modo: interpretan datos y realizan predicciones, pero no aclaran cuál es la fuente primigenia o su ejecutor.

Cuando la ciencia trata de esclarecer el origen o los actores principales de algunas de sus teorías, cae en conocimientos acientíficos, frente a los cuales no cuenta con recursos para desenvolverse cómodamente. La única herramienta que tiene la ciencia para abordar estos temas es la especulación racional no probada: “a tenor de los datos recogidos por los instrumentos de medición, cabe suponer que…”. La razón y la ciencia tratan de explicar conocimientos acientíficos, pero para ello tienen que alejarse, aunque sea un paso, de sus métodos. Cuando recurren a la especulación, la razón y la ciencia entran en conflicto con otros sistemas que también la utilizan como fuente de su conocimiento. Y, así las cosas… ¿qué especulación es la correcta? ¿solamente la racional y científica, por el peso de su prestigio y reputación? Entonces… ¡peligro!, pues se penetraría en el tenebroso mundo del “principio de autoridad” que fue derribado por los Modernos, y del cual huyen todos los científicos que se precien.

Cuando la ciencia penetra en el terreno de lo acientífico con las únicas armas de la especulación debe aceptar que sus conocimientos se asientan en la incertidumbre: se han alejado de la Verdad: no son todo-verdaderos, no contradictorios. Y, por lo tanto, debería tolerar que, a su alrededor, pululen otras teorías “no científicas” “menos racionales”, pero situadas en su misma órbita de la incertidumbre.

La Teoría de la Evolución de las Especies de Charles Darwin ha revolucionado el modo de observar la naturaleza. Rompió con la antigua idea de que todo ser vivo había sido “diseñado” por un ser supremo en el minuto “cero” de la creación, y así habían perdurado durante siglos y milenios en la faz de la Tierra. Los restos paleontológicos de animales ya extintos eran explicados por el “Gran Diluvio”. Pero la teoría de la evolución cambió de raíz esta concepción cerrada y aislada de la naturaleza. A través de la descripción racional de una serie de descubrimientos observacionales, Charles Darwin explicó que todo ser vivo es el producto de una selección natural, operada por medios no divinos. La teoría de evolución, por muchos datos que la corroboren, es una teoría observacional, a la cual no se le puede aplicar un método científico tal como se realiza en los laboratorios de física o química. Para obtener resultados de estos experimentos habría que esperar cientos, miles de años.

Como gran parte de las teorías constituidas a lo largo del siglo XIX, Charles Darwin explica cómo trabaja la evolución, pero es incapaz de explicar “qué” es la evolución y, sobre todo “cuándo y por qué” se inicia la vida en la Tierra. Por ello, todos los intentos “evolucionistas” de dar respuesta a esas preguntas son meras especulaciones. Por ejemplo, la hipótesis del “gen egoísta” de Richard Dawkins atribuye el inicio de la vida a la aparición, cientos de miles de años ha, de moléculas con capacidad autorreplicativa, ancestros de los genes que poseemos todos los seres vivos en nuestras células. La hipótesis del “gen egoísta” es muy atractiva (personalmente, a mí me convence), pero no pasa de mera especulación: no es posible, a día de hoy, obtener pruebas de esos protogenes, de esas moléculas autorreplicativas. Y, aunque se obtuvieran, un potencial experimento científico que demostrara su involucración en la aparición de la vida exigiría cientos de miles de años. Que haya surgido la vida a través de una supuesta evolución de las moléculas autorreplicativas, o que haya llegado a nuestro mundo dentro de un meteorito, las teorías racionales del principio de la vida se sitúan en el mismo área de incertidumbre que las teorías creacionistas que se conceden crédito a ideas predarwinistas. Por lo tanto, por lo menos en lo que incumbe a la hora de argumentar cuál es el origen de la vida, tal vez  habría que sentar en una misma mesa de discusión a creacionistas y evolucionistas, sin que ello signifique una aceptación de postulados, o una rendición de la ciencia ante la superstición y la religión.

También puede suceder que dos teorías (científica y acientífica) no compartan una misma área u órbita de incertidumbre. Y es que, hay veces que la ciencia es capaz de explicar y demostrar fehacientemente con datos escrupulosos sus planteamientos, aunque los resultados no sean universalmente no contradictorios y, por tanto, se abra una pequeña grieta de no-verdad. Es a través de esas grietas, de esas contradicciones, que las teorías acientíficas tratan de destruir el constructo científico. En estos casos no hay lugar a un “área de consenso”. Por ejemplo, los antivacunas utilizan incidencias graves de vacunas (una de entre un millón) y estudios casos-control mal diseñados para tratar de aniquilar el amplísimo arsenal de datos científicos que avalan las vacunas. Aquí no puede existir tolerancia hacia los antivacunas (o viceversa): la evidencia científica pro-vacunas no es mera especulación. La distancia entre los antivacunas y los pro-vacunas es tan enorme, que a los primeros cabría situarles fuera de la órbita de la Verdad, en el oscuro espacio de lo todo-relativo. Huelga decir que la comparación entre antivacunas y provacunas también tiene importantes efectos prácticos. Porque poco importa y poco influye en nuestra supervivencia y calidad de vida si creemos que la vida ha sido diseñada por un ser superior o es el fruto de una evolución de un “gen egoista”, pero la decisión de vacunarnos o no contra graves enfermedades puede suponer nuestra vida… o nuestra muerte.

La incertidumbre es esa zona alrededor de la Verdad donde se sitúan la mayor parte de nuestros pensamientos, ideas y descubrimientos. Está limitada centrípetamente por la Verdad, y centrífugamente por el Relativismo. Muy pocas de nuestras cogitaciones (quizás tan sólo cálculos matemáticos y asociaciones lógicas) orbitan tan cerca de la Verdad que pueden estimarse como “verdaderamente verdaderas”.  La razón y la ciencia, por muy eficaces que hayan demostrado ser para dar respuestas satisfactorias a preguntas parciales, yerran a la hora de enfrentarse con preguntas generales. Esas argumentaciones, sesudas y atractivas, no pasan de ser meras especulaciones no comprobadas (o no comprobables). Cuando se piensa en la incertidumbre habría que aceptar esta perspectiva y tolerar otras explicaciones, quizás menos elaboradas y atractivas, construidas desde ámbitos no científicos.

Eso sí. No todo vale. La incertidumbre tiene sus límites y sus fronteras. No conocerlos nos pueden hacer caer en la intolerancia más rígida y radical (si solo nos pudiéramos manejar en términos de Verdad-Mentira) o en el relativismo más laxo e inútil (si aceptáramos que todo es verdad y todo es mentira).

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